Primero de Enero
Al despertar, María Eugenia se sintió absurdamente acompañada. Prendió la cafetera, tomó un sorbo de amargo bourbon rosado sin azúcar y se miró al espejo. Sus setenta y tres años eran más inevitables que nunca y sus navidades felices habían quedado atrás. Se acercó la ventana, apartó la cortina con temor, vacilante de mirar a través de aquella delgada tela que la separaba del mundo. Observó la calle vacía de peatones y de vehículos. Se sintió sola. Los días primero de enero siempre le causaron miedo y desolación. La ciudad vacía le hacía pensar en posibles escenarios apocalípticos. Aquel amanecer y aquella urbe deshabitada, le obligaron a recurrir al tafil, para calmar la ansiedad que le provocó ver su propia soledad reflejada en la calle de Bucareli. El aroma a café saturó el departamento, Eugenia tomó una vieja edición del libro de los abrazos y se redescubrió en el azar con el que leyó sus páginas; “Otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin p...