Primero de Enero
Al despertar, María Eugenia se sintió absurdamente acompañada. Prendió la cafetera, tomó un sorbo de amargo bourbon rosado sin azúcar y se miró al espejo. Sus setenta y tres años eran más inevitables que nunca y sus navidades felices habían quedado atrás. Se acercó la ventana, apartó la cortina con temor, vacilante de mirar a través de aquella delgada tela que la separaba del mundo. Observó la calle vacía de peatones y de vehículos. Se sintió sola. Los días primero de enero siempre le causaron miedo y desolación. La ciudad vacía le hacía pensar en posibles escenarios apocalípticos. Aquel amanecer y aquella urbe deshabitada, le obligaron a recurrir al tafil, para calmar la ansiedad que le provocó ver su propia soledad reflejada en la calle de Bucareli.
El aroma a café saturó el departamento, Eugenia tomó una vieja edición del
libro de los abrazos y se redescubrió en el azar con el que leyó sus páginas;
“Otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin
parpadear, y quien se acerca se enciende”
Su dedo índice derecho se mantuvo señalando las palabras de Galeano por
largo rato, hasta que en la habitación principal, Eugenia escuchó a su esposo
jalar la cadena del baño de la recamara y en el cuarto contiguo, a su hija vestirse
- - ¡Fernanda! ¿Vas a salir? –
- - Sí mama, ayer te dije –
- - ¿Te preparo algo de desayunar? –
- - No, ya voy tarde, me compro algo en el camino –
- - ¿Vuelves temprano? -
La puerta del cuarto de Fernanda se abrió de manera brusca, o por lo menos esa impresión tuvo Eugenia, quien desde el sillón, fijó su mirada en la mucha prisa con la que su hija buscó llaves, dinero y tarjeta de acceso al metro bus. Quiso ayudar a Fernanda a colocarse la chamarra de mezclilla, pero fue en vano. Eugenia recibió un beso de despedida en la mejilla por parte de su hija. Lo recibió con un amor desgastado, casi sin tocarse, como si el tacto hubiera sido prohibido. Luego vio salir a Fernanda, escuchó sus pasos apresurados bajando la vieja escalera de madera, la siguió con la mirada desde la ventana. Fernanda cruzó el paso cebra y desapareció en la esquina que dobla hacia Reforma.
Los pies descalzos de Eugenia recorrieron la alfombra desde la sala hasta la cocina, su segunda taza de café se sirvió con la incertidumbre de quien no sabe que se ha quedado solo. Cogió la bebida y volvió a su rincón en la ventana. El amanecer le fue ganando tiempo al día, la gente salió a la avenida de poco a poco y los automóviles aparecieron de nuevo en el escenario cotidiano. Su tremor tranquilizaba a Eugenia. Se sirvió una tercera y cuarta tazas de café, la quinta y sexta vinieron acompañadas de música. Su tornamesa tocó el viejo disco de los Beatles que la había acompañado desde su juventud. La octava y novena tazas tuvieron el efecto diurético que la obligó a levantarse de su refugio. Abrió la puerta del baño, se sentó en el sanitario y orinó pausadamente. El ruido de la orina impactándose contra el agua le causó incomodidad, como si aquellos decibeles existieran solo en su espectro auditivo. La verdad fue que el exceso de cafeína le ocasionó una crisis de migraña. Salió del baño apresuradamente para buscar en el cajón de las medicinas un analgésico. Tomó dos tabletas y regreso al sillón.
Eugenia recostó la cabeza y se dispuso a esperar el efecto sedante del medicamento. No habían pasado ni quince minutos cuando el sonido del timbre la sacó del trance, al que había ingresado mediante 200 mg de tramadol. Fingió no estar en casa. De nuevo el timbre insistente. Eugenia no se levantó, tres intentos más. El sonido le estalló brutalmente en la sien y cuando pensó que ya se habían marchado, una voz le gritó desde el otro lado de la puerta principal
- - ¡Soy Carmen! márcame cuando tengas chance, o mejor, venme a buscar –
Eugenia cerró los ojos y volvió al delirio medicamentoso. Sintió la cobija posarse suavemente sobre su cuerpo
- - Gracias, siempre sabes lo que necesito –
- - Descansa, te hace falta –
- - Dame tu mano -
Respiró lenta y pausadamente se dejó llevar por las preguntas que la habían venido buscando desde que cumplió los sesenta y cinco años. Abrió de nuevo las heridas con las que acostumbraba lastimarse, reproches de metas no logradas, reclamos fundamentados en decisiones del pasado, pasajes de su vida que nunca concluyó, lugares a los que no llegó, ni intentó llegar, personas que conservó enfermizamente y adioses que no supo decir. Frecuentemente terminaba su introspección diciéndose
- Llegué al tramo final, no logre nada, no hice más que preocuparme por todos, excepto de mí –
Al cabo de unas cinco horas, Eugenia despertó agitada, la luz del sol que permeaba por el cristal de la ventana, le lastimó la piel del rostro. Se levantó mareada y desorientada. Vio la puerta de su habitación cerrarse. Se agarró a la pared para poder llegar hasta la cocina, bebió un vaso de agua y se mojó el rostro. Desde la ventana de la cocina del departamento contiguo, Carmen observó la torpeza de los movimientos de Eugenia. Se alarmó. En un momento se miraron de frente, separadas por el abismo del patio principal del edificio, mientras Eugenia solo alcanzo a distinguir sombras, Carmen le saludó con un movimiento ligero de su mano derecha, que no obtuvo respuesta. Eugenia abrió la puerta de la nevera y sacó la botella de vino tinto a medio tomar de la noche anterior, se recargó sobre la alacena y se deslizó hasta el piso botella en mano. Dio un primer trago largo y placentero, encendió un cigarrillo y lo consumió tan despacio como le fue posible. Calentó restos de la cena y masticó el sabor amargo del fin de año.
Al darse cuenta del estado de su vecina, Carmen intentó llamar de nuevo, tocó el timbre incesantemente, golpeó la puerta de tal forma, que los demás vecinos también se alertaron, con ayuda de Carlos y Genaro abrieron la cerradura. Encontraron a Eugenia tirada en la cocina, la botella de vino tinto vacía, el horno de micro ondas programado en cuarenta minutos, pero también vacío. Intentaron despertarla, al no conseguirlo, llamaron a los servicios de emergencia y la recostaron en su cama. La ambulancia tardó unos veinte minutos en llegar
- - ¿Saben si vivía con alguien? –
- - No tenia familiares –
- - ¿Alguien a quien darle aviso de su situación? –
- - Nadie, vive sola desde hace diez y siete años –
Los paramédicos intentaron reanimar a Eugenia, pero era demasiado tarde, la combinación entre benzodiacepinas, derivados del opio, cafeína y vino tinto fue letal.
- - No hay nada que hacer, está muerta –
Carmen rompió en llanto y se abrazó a Carlos. El personal de salud procedió a dar aviso formal a las autoridades para poder trasladar el cuerpo. Cuando Eugenia despertó, abrazó a su esposo y a Fernanda. Todos se sentaron al comedor a disfrutar del recalentado de la cena de año nuevo.
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