Esta Plática, No La Tendremos

Esta platica, no la tendremos

Después de un análisis detallado, objetivo e imparcial sobre su situación, Alatriste procedió durante varios meses a planear minuciosamente la ejecución de su final, siempre tuvo un plan B para todo y esta vez no era la excepción, a su familia le dejó ver apenas los detalles mínimos para que en el momento preciso no tuvieran la menor duda de su actuar y lo pudieran entender. Hábil para las matemáticas, doctor por el Colegio Nacional, prodigio del ajedrez, aficionado a los acertijos, de perfil bajo pero enérgico, capaz de ver el mensaje oculto en las situaciones más absurdas, fue armando minuciosamente el rompecabezas de su desenlace personal. Todo empezó con una mala racha que inició en su última visita al nuevo secretario de Gobernación, aquella reunión trajo más dudas que certezas.

- Tenemos varias cosas que aclarar Alatriste -

- A sus órdenes secretario - 

Por si fuera poco, su salud había venido a mal, la última revisión con su médico fue el punto final de un largo recorrido de estudios y análisis a los que había tenido que "someterse", o por lo menos así se lo había hecho saber su médico y amigo mediante los reportes de laboratorio que él mismo le entregaba en cada cita.

- Lo siento mucho Rafael -

- Ni una palabra Alejandro, por favor -

- Deberías hablar con ella -

- Ya lo hare en su momento -

El Arquitecto Rafael Alatriste vio venir su inevitable conclusión desde todos los ángulos posibles y sin más opción que jugarse la partida en un final de peones pasados, salió del consultorio resignado a enfrentar las inevitables consecuencias.

- Cuídate -

- No me vengas con chingaderas Alejandro - 

Médico y paciente se despidieron en el pasillo del séptimo piso del hospital Español, el arquitecto se arregló el saco y emprendió su camino, entró en el elevador y presionó el botón de la planta baja, siete pisos de especialidades médicas lo separaban de la salida y ninguno podía saber lo que en verdad ocurría. El recorrido nunca le había parecido tan largo ni tan exasperante, sin quererlo se enteró de la fecha de parto de la pareja que abordó en el sexto, detestó al hombre de mediana edad que negaba padecer síndrome metabólico y lamentó saber que el seguro de gastos médicos no cubriría la enfermedad de esa mujer anciana que lo miró constantemente durante todo el descenso. 

- Puta madre - 

Dijo en voz baja, aunque le hubiera gustado haberlo dicho en el sistema de altavoces del edificio, mentarle la madre a la vida hubiera sido perfecto para él en aquel momento. Al llegar a la plata baja, Alatriste esperó en el fondo del elevador con la paciencia colmada de quien tiene ganas de tomar venganza, todos salieron antes que él, le hizo una mueca parecida a una sonrisa a la anciana y finalmente bajó del ascensor, se detuvo en la cafetería del hospital, pidió un expreso doble cortado y se lo fue bebiendo mientras caminaba despreocupadamente hacia su automóvil, lo abordó y de inmediato pensó en hacer uso de sentimentalismos inútiles y banales que tanto le gustan a la gente para dar el siguiente paso.

Salió del estacionamiento del hospital Español por el lado de Ejercito Nacional y en dirección a periférico norte, la maldita hora pico de la salida de oficinistas lo obligó a reventarse una hora y media de camino hasta Ciudad Satélite, donde se desvió en circuito Centro Comercial, Héroes, Navegantes y finalmente  Historiadores, calle donde se ubicó su domicilio desde hace treinta años y en donde los retratos de sus predecesores daban la bienvenida a los visitantes en el vestíbulo, Barragán, Pani, O' Gorman,  Sordo Madaleno. Al entrar saludó desinteresadamente al personal de servicio.

- Buenas tardes Mary -

- Buenas tardes Arquitecto -

El reloj antiguo y elegante de la sala marcó las seis de la tarde, no se quedó mucho tiempo en casa, no quiso esperar a que ella llegara, no tuvo el valor para enfrentarle y devastarla con la noticia, le dejó una nota en el tocador de su recamara, ella entendería, era un juego frecuente entre ambos dejarse recados rebuscados para comunicarse las cosas más simples de la vida, un simple "te invito a cenar" podía aparecer cualquier día en una serie post-its regados por espacios estratégicos de la casa y disfrazados de palabras incoherentes. La nota de apenas veinticinco palabras bien dirigidas, aguardó silenciosa a ser encontrada e interpretada. Llamó a su contador y brevemente le explicó la situación, llamó a su abogado y le pidió proceder como ya lo habían platicado, se cambió de ropa y guardó en el maletín su libro preferido, una antología de poemas de Antonio Machado que su padre le había regalado cuando tenía quince años y que entre sus páginas contenía todo lo necesario para poder salir.

- ¿No va a comer arquitecto? -

-  No Mary, llevo un poco de prisa -

- ¿Qué le digo a la señora? -

- Dile que volveré tarde -

- Como usted diga...-

Alatriste cruzó el patio de la casa como si de verdad hubiera tenido un motivo para ir de prisa, la verdad era que los motivos finalmente lo habían alcanzado, imparables, tramposos, innegociables y detestablemente impertinentes. Al salir notó que su hija estaba llegando, fingió no verla y se metió al coche, lo prendió y fue sorprendido por el llamado en la ventana.

- ¡Papá! ¿Vas a tardar mucho? -

- Algo hija ¿Cómo estás? -

- Bien, solo quería platicar lo del viaje -

- Lo vemos mañana, tengo que ir a la oficina - 

- Cuídate Pa -

Sin un destino aparentemente real, el arquitecto Alatriste manejó por vialidades que lo llevaron de un lado a otro y que en realidad nunca lo condujeron a ningún lugar, lo hizo instintivamente, igual que lo había hecho todos los días de su vida, hasta que, en un breve lapsus, detenido en un semáforo de la calzada México - Tacuba, reconoció lo torpe que habían sido sus decisiones. Fue ahí, donde sintió el peso inmenso de sus errores sobrepasar sus capacidades y fue también ahí, que finalmente se vio obligado a gritar desesperado dentro del BMW, que para ese momento no representó más que un vulgar objeto de uso y desuso. 

- ¡Chinguen todos a su madre, esto no se va a quedar así! -

Gritó desde lo más profundo de su rencor, para luego reírse de su hipocresía mientras el prólogo de su inminente final se empezó escribir en aquel solitario trayecto, fue tal su desesperación que no notó  el asalto que ocurrió a unos pasos de donde él maldecía, no se dio cuenta de la niña que fue robada y separada para siempre de sus padres, de la lluvia mojando a todos y a ninguno, de la "mordida" que cada uno de nosotros le damos a la vida para seguir existiendo en este disparate metropolitano, de la velocidad con la que cada persona se consume irremediablemente. Él no era mejor que todas esas personas.

Recuperó el aliento y su itinerario lo llevó a Santa María la Ribera, específicamente a la calle de Fresno, donde se detuvo frente al número 84, apagó el carro y bajó en una calle mal iluminada sobre la cual apenas había pasado el tiempo. Tocó el timbre y recibió un sobre.

- Dentro está lo solicitado -

- Más te vale cabrón - 

- Oye, te aviso, Azuela ya la puso al tanto -

- Me lo imagine, es un hijo de la chingada, pero es mi amigo -

- ¿Estás seguro de lo que vas hacer? -

- Chinga tu madre - 

Guardó rápidamente el sobre y se tomó un momento para reflejarse en la lejanía de su infancia habitando aquella colonia, la casa de su mocedad no estaba lejos, apenas a unas calles, los recuerdos de sí mismo regresando del colegio, apurando el paso para ir a la tienda, dejando la casa de sus padres al amanecer para ir a la universidad, fueron escenas que lo maltrataron por algunos segundos. No podía creer lo que estaba pasando, se sentó en la banqueta y se llevó las manos a la cabeza, la ciudad lo acorraló, sus recuerdos lo hirieron y la ausencia de tiempo y esperanza lo abofetearon por enésima vez en el día. No existía ruta de escape, en realidad no existe para nadie.

De nuevo en el tráfico tomó rumbo hacia la del Valle, en donde había adquirido un departamento que usaba para estar a solas cuando la rutina y lo amargo de ser se le encimaban en el alma. Aprovechó el embotellamiento para hacer una llamada.

- ¿Quedó todo listo? - 

- Sí Arquitecto, ya lo dejé en el depa -

- Gracias -

- Oiga ¿Cuándo...?

Alatriste colgó el teléfono sin terminar la llamada, luego paró en la Europea para comprar una botella de Martell XO. Fueron unos cuarenta minutos de trayecto hasta la calle de Amores. 

Lía, su esposa, nunca se enteró de la propiedad que el arquitecto Alatriste había recibido a precio muy bajo como pago por un favor realizado a un grupo de políticos cercanos al presidente del sexenio anterior, ella nunca supo que, en los momentos de mayor debilidad, él se reiniciaba la vida en ese espacio de 90 metros cuadrados. Alatriste estacionó de mala gana el coche y con mucha cautela bajó  todo lo que llevaba sin ser visto, lanzó las llaves del auto tan lejos como pudo, sin la menor preocupación material y disfrutó al descubrir lo bien que se sentía mandar todo al demonio, subió por la escalera hasta el quinto piso, prendió las luces, lo vio, abrió la botella y se sirvió generosamente, se acercó a la ventana desde donde pudo mirar en primer plano el hospital 20 de noviembre y el anochecer capitalino, donde el ya no habitaba ni habitaría nunca jamás, pensó en los pacientes del hospital.

- Pobres diablos, igual que yo - 

Bebió de la copa lentamente, el coñac pasó furiosamente de la garganta hasta su estómago, provocándole una sensación de ardor placentera que por un momento le devolvió la vida, pero no fue más que una falsedad evocada por el vino, una falsedad que le hubiera gustado eternizar, cerró los ojos y entre su memoria recordó una máxima de Antonio Machado "Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora”, le dio un segundo sorbo a lo último de esperanza que le quedaba y preparó su siguiente paso. El móvil había estado sonando obsesamente durante toda la tarde, sin embargo, Alatriste consciente de quien lo estaba llamando, no respondió, por el contrario, apagó el teléfono, luego lo miró a los ojos fijamente y empezó un discurso en voz alta dirigido a su esposa.

- Esta platica, no la tendremos, no te aburriré con los detalles de mis errores, no haremos un resumen de cuánto te he querido, no nos reprocharemos el pasado, no habrá una despedida, no te mereces un final tan triste y yo no tengo derecho a lastimarte de ese modo, me recordaras en mis canciones, en mi libros, en mi tablero, en mis necedades absurdas, en mi curiosidad por fechas y lugares, en mi gusto por el vino tinto y los edificios viejos, en mis noches de ansiedad, en mis pesadillas sin sentido, en mis errores y aciertos como padre y conyugue, pero no así, no permitiré que sepas que no me queda más tiempo y que lo irremediable finalmente me ha vencido en mi propio juego, solamente tengo un movimiento Lía y no será el del sacrificar la Dama para ganar la partida, porque ya lo he calculado y la variante en cuestión no me favorece. Confía en mí y en lo que te digo desde este sitio donde no me puedes escuchar. 

Ambos se miraron a través del espejo de pared y sintieron emociones diferentes, por un lado, la soberbia y por el otro el terror. La botella compartida de Martell se fue vaciando poco a poco y con la escasa lucidez que aún conservaba su invitado, Alatriste escribió unas ultimas líneas donde se despidió y explicó su comportamiento en una esquela dirigida a Lía. Ya no podría participar en la remodelación del Estadio Azteca, tampoco lo haría en el proyecto aeroportuario del gobierno en turno, pero nada de esto lo entristeció. Finalmente procedió a su paso y tomó los frascos de belladona que había adquirido desde las primeras visitas que tuvo con su amigo, el Doctor Azuela. Se armó de valor dándole un último trago al vino y abrió el primer frasco del alcaloide, luego el segundo y para el tercero empezó a notar que su visión ya era borrosa, aprovechó ese momento y le prendido fuego al cesto de basura, su corazón latía fuerte, ya no había retorno, nunca lo hubo en sus decisiones, y así, sin miedo, sin reprocharle nada a nadie, sin el más mínimo remordimiento, esperó a que el frio toque del final lo cogiera de la mano.

Los días de ausencia fueron largos para Lía, las respuestas insuficientes y los motivos desconocidos, las horas fueron y se fueron. El doctor Alejandro Azuela, que siempre fue amigo de la familia, la visitó durante el periodo de más angustia, él siempre mantuvo a Lía al tanto de la situación médica del arquitecto, sobre todo cuando se dio cuenta de la gravedad de los resultados. Para Lía fue difícil entenderlo, Azuela le decía que el pronóstico no era alentador, pero, por otro lado, ella veía a su esposo más activo que nunca, practicando más deporte que nunca y hablando del futuro más activamente que nunca. Por eso no daba con una explicación de lo que estaba sucediendo, la nota del tocador le hacía sentido, pero empezaba a dudar y a sentir miedo real.  No fue sino hasta que cinco días después de haberse despedido de su compañero en el desayuno y haber puesto un reporte de desaparición al día siguiente, que se presentó un funcionario del municipio de Naucalpan en la casa de Circuito Historiadores.

- ¿Señora Lía Millán? -

- ¿Lo encontraron? -

- Así es señora Millán - 

- ¿Está vivo? - 

- No lo está, de hecho, le traigo un reporte formal de su localización, pero, además, es necesario que se presente en las instalaciones del forense para realizar algunos trámites que tienen que ver con la identificación del cuerpo -

- Dios mío -

- Lo lamento, pero es mi trabajo - 

- Entiendo, estaré ahí a la brevedad - 

- Por cierto, cuando encontramos el cuerpo de su esposo, había una carta guardada en una caja de metal con la instrucción explicita de ser entregada lo más pronto posible a usted, aquí la tiene - 

Lía tomó el sobre y la carta que ya había sido examinada por los peritos, despidió al funcionario, cerró la puerta y se venció para siempre en la soledad de su casa, entonces abrió la postal, temerosa como nunca de leer, pero valiente como siempre por saber.

- Querida Lía... -

Al terminar de leer los cuatro párrafos desglosados en seiscientas veintidós palabras, toda la tristeza que al principio sintió se había esfumado, sonrió y apretó contra su pecho el papel lleno de lágrimas que sujetaba felizmente, se levantó y dejó la misiva sobre la mesa, en cuyas últimas palabras se podía leer; Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.

El mensaje fue claro y Lía Millán lo descifró de inmediato.

- ¡Hijo de puta! -

Oculto entre lo que parecía ser una simple correspondencia de despedida, Alatriste continuó con las instrucciones que le había dado en la primera nota del tocador. Pasaportes y boletos de avión escondidos en su vieja edición del "Ulises" de Joyce, punto de reunión acordado y cuenta bancaria de donde podían disponer de dinero. Encontrarían su cuerpo, pero no tardarían en darse cuenta del error, tenían que actuar con rapidez.  Lía y su hija tomaron lo estrictamente necesario y se dirigieron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para tomar un vuelo hacia Argentina. Volverían a ver a Rafael, pero ¿Cómo?...

Los noticieros dieron la nota.

- En un incendio y aparente suicidio, el cuerpo del arquitecto Rafael Alatriste fue hallado hace un par de días en su departamento de la colonia del Valle -

El secretario de Gobernación no se tragó la noticia.

- Hijo de puta -

El doctor Azuela, consternado, notó el error que había pasado por alto los últimos seis meses.

- Hijo de puta... -

De inmediato canceló sus consultas del resto del día y salió hacia Ciudad Satélite en busca de respuestas.

 

Continuara...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Manual de aforismos para un derrumbe

Aquellos Días… de la Ignominia

Auscultar la Ausencia