Misa de Ánimas
La tercera vez que el párroco lo vio sentado en la última banca de su templo lo tuvo claro, era la única persona que acudía a las tres de la mañana a la misa de ánimas que solía celebrar de forma anual en la parroquia de la Santísima Trinidad. Al terminar la misa se le acercó, un mal presentimiento le advirtió que se detuviera, pero decidió continuar, supuso de inmediato que las recientes desapariciones en la colonia estaban relacionadas a su único escucha. Intercambiaron brevemente algunas palabras de saludo. Tras las cuales, aquel extraño hombre procedió a contarle la siguiente historia...
- Lo hice todo por venganza y lo seguiré haciendo por amor. En simples palabras soy un traidor, un desertor que siempre ha estado en el momento preciso para arruinarlo todo. El extranjero llegado de ultramar, el forastero que ha jugado a los dados con su suerte. Llevó más tiempo del que usted imagina en este sitio Padre. He servido a mucha gente y también los he visto morir. Por ejemplo; serví a Porfirio y también lo traicione. Fui yo el que delató al Ingeniero de la Torre aquella noche en que Díaz quería morirse de vergüenza, de hecho, también fui yo el que filtró la entrevista con Creelman para iniciar una nueva guerra.-
EL párroco miró a aquel hombre de aspecto lúgubre y continuó escuchándolo con atención.
- Fueron más los años que estuve con Porfirio que los que pude estar con Fernando. Lo tengo todo en la memoria. Desde mí llegada a estas tierras no he visto más que guerra seguida de un breve periodo de paz y de nuevo guerra. He sido testigo, juez, parte y cronista del devenir de estas calles. Vi la luz eléctrica llegar a la ciudad, vi su debacle, sus terremotos inmisericordes y su demografía insostenible. He llenado sus noches de horror y de criaturas desdeñables.
Conozco la sangre de sus habitantes, la he tenido entre mis manos, la he probado y también vomitado. La Revolución me obligó a esconderme a la vista de todos, aparezco en las fotos de la llegada de Madero, vi su asesinato en primera fila. Puse en las manos de Huerta varias botellas de coñac y le ayudé en su huida. No me arrepiento de nada, el me proveía de vida joven y yo le sembré un abismo de alcohol. Soy un mal presagio, mal aconseje a Emiliano, le di el tiro de gracia a Francisco y metí en formol el brazo de Álvaro.
¿Quiere saber quién soy?, se lo diré. A la vista de cualquier persona soy uno más, para quienes me conocen soy uno menos. Vivo de madrugada, soy una persona solitaria sumida en el recuerdo, dispuesta a maldecir la eternidad con la que ha sido castigada y sin más objetivo que el de buscar. Soy el último de ellos, hablo de los indecibles, los condenados, las sanguijuelas de los siglos. Soy el eco del miedo y el último aliento de quien pierde la esperanza. -
Al escuchar estas palabras, el párroco entendió que se encontraba ante una persona afectada en sus facultades mentales. Le ofreció ayuda, pero aquel hombre la rechazó. En cambio le pidió seguir escuchando.
-El amanecer amenaza mi existencia, por eso lo evito. Suelo caminar por avenidas solitarias buscando lo absurdamente perdido, hablo en solitario, recito los poemas de Don Juan, paso inadvertido por los habitantes de la noche de esta noble y muy leal. Camino a horas adecuadas para estar en paz con mis recuerdos, en momentos precisos para la meditación o para el asesinato, para el robo o para escribir una novela, nadie lo sabe, nadie conoce de lo que es capaz hasta que lo ha hecho. Solamente tomo lo necesario y nada más.
Soy cauto, hablo lo mínimo con quien debo y callo lo más que puedo. Mis días son un fastidio que no ha de terminar. Donde unos duermen, otros le dan nueva vida a la ciudad. Los he visto cambiar de rostro a través del tiempo que llevo aquí sepultado. Mi elección siempre es sencilla, personal de limpieza, putas, trasnochados, noctívagos, indigentes o taxistas. Personajes acostumbrados a las altas horas y a los vapores inhumanos que exhala el corazón de la ciudad. Gente que ha decidido vivir de noche para no tener que convivir con el resto de la población. Exiliados de la matina.
Mis ropas son muy diferentes a las que solía usar en aquel entonces. Maldigo el tiempo y su inútil caminar, maldigo los alrededores del panteón de Dolores, es infinito y no logro conseguir nada. Casi nadie se aventura a caminar por sus senderos a las horas en que yo lo hago. Llevo aquí muchos años, sé de eternidad y de soledad -
Muy discretamente, el párroco sacó su celular para llamar al número de emergencia en caso necesario, pero más que nada para grabar aquella conversación.
- Como muchos otros yo también fui un migrante, llegué en la fragata Novara junto al Emperador y su esposa. Les brinde mis servicios y mi lealtad por algunos años, Knechtel me llamaban. Origen Bohemio. Le hablo de la época dorada de mi vida. Del sueño que compartí junto a él, del siglo diez y nueve y de una ciudad en la que me enamoré y que me ha tomado prisionero.
La primera vez que la vi me sorprendió la delicadeza de su cuello y su manera definitiva de hablar. Ella frecuentaba a la emperatriz, yo cuidaba los jardines de Miravalle. Ella caminaba por el largo Paseo, yo la miraba desde las alturas. Ella fue lo que perdí y lo que me unió miserablemente a esta tierra. Su recuerdo es la peor de las estacas y su ausencia la más atroz forma de no morir. Cierro los ojos y la puedo palpar, las cenas en palacio, su piel tersa e inmortal habitando ese vestido, el olor de su cuerpo, el carmín de su boca, la elocuencia de su pensamiento, sus labios tocando los míos, el palpitar de su carótida, la delicia de su sangre con la que la convertí.
El sueño eterno duró poco, la guerra fue inevitable, los jardines se secaron, los viajes a Cuernavaca dejaron de ser frecuentes y la huida nos llevó a la ratonera. Fueron días de enfermedad, de fiebres interminables y de hambruna generalizada. No para mí, me bastaba con secuestrar a cualquiera para alimentarme y créame, en ese entonces, lo que sobraban eran los cualquiera.
Estuve en el momento de la ruptura, nos encontrábamos recluidos en el convento de la Cruz cuando dieron con él. No pude hacer nada, eran demasiados. Yo logre escapar a la captura milagrosamente, pero ella no. ¡Querida Inés, no pude salvarla! El ejército la usó como moneda de recompensa, la trasladaron de regreso y la maltrataron hasta dejarla en los huesos. Cuando finalmente descubrieron su identidad, le dieron muerte y sepultura secreta.
Acudí al fusilamiento del Emperador, desde una distancia segura le vi las barbas arder. Estúpido pelotón, ni siquiera pudieron apuntar correctamente. Todo había terminado. Ante la descarga le vi doblarse, ante las burlas de miré rendirse. Fueron horas de zozobra, me escabullí entre la muchedumbre y por unas monedas de plata conseguí que el Doctor Licea me entregara el corazón del Emperador, pobre infeliz, no sabía lo que le tenía preparado. Comí lentamente el tejido cardiaco. Fui testigo del estúpido método de embalsamamiento al que le sometieron y luego traje su cadáver hasta la presencia de Juárez.
Nadie me reconoció entonces y aproveché su victoria para tomar mi venganza. La noche en que el presidente se reunió con sus más cercanos ante el cadáver de Fernando, yo me deslicé hasta la habitación de su esposa y sembré en la señora Maza la enfermedad que habría de cargársela a la tumba. Mi memoria no me engaña, estuve ahí, parado afuera de la casa del Presidente, a un lado del templo de san Cosme, desde donde le oí gritar la muerte de su mujer. Ojo por ojo, diente por diente.
No encontré la paz Padre, años más tarde también fui yo quien le dio a beber la "veintiunilla" y quien le entregó al doctor Alvarado el agua hirviendo para que la derramara en el pecho de del prócer de la patria. Desde entonces busco su cuerpo maltrecho. Desde entonces visitó cada panteón de esta ciudad para encontrar su lapida y devolverle la vida. Desde entonces acudo a los templos y soporto cada miserable misa de ánimas en busca de encontrármela por equivocación. Sé que un día la volveré a ver, sé que llegara el momento, en que en una iglesia vacía, mientras yo ofrezca el santísimo a las almas en pena, la veré entrar por la puerta del lugar-
El hombre se levantó, le dio la mano al párroco y se despidió. El Padre estaba nervioso, entró a sus habitaciones y sacó vino de consagrar, se bebió media botella y se fue a recostar. Esperó al día siguiente para revisar su celular. Cuando trató de escuchar la grabación no pudo oír más que lamentos en el archivo de audio que había guardado. Ese mismo día, encontró una esquela muy antigua en la urna donde resguardaba los insumos para la eucaristía. La tomó y la leyó. Salió de su templo y se dirigió al barrio de Tacubaya. Entró a la estación del metro y se arrojó a las vías...
El nuevo párroco del
templo de la Trinidad ha emprendido un proyecto arqueológico demencial.
Exhumar todos los cuerpos enterrados ahí desde junio de 1867. Casi no
oficia misa presencial, pero cada sábado, repican las campanas a las tres de la
mañana, para llamar a la misa de ánimas.
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