Nada es para Siempre

La tarde se esfumo minuciosa y furiosamente ante la mirada inquieta de Cesar, que se encontraba fumando lentamente a la entrada de la estación San Pedro de los Pinos. Fumaba a pesar del asma, que de cuando en cuando le venía a recordar lo obvio, fumar no era una opción. Lo sabía y lo entendía, pero aun así, ciertos días decidía cometer el error a propósito. Su condición de viajero en el tiempo no lo hacía inmune al error, por el contrario, parecía disfrutar de cada mala decisión. Como aquella tarde en que la tos lo delató en Ñacangüazú y le costó la vida. Sin embargo, la tarde a la que hace referencia este relato no tiene que ver hechos históricos. 

Entre cada bocanada, Cesar se dio a la tarea de meditar sobre la prisa y la velocidad con la que siempre se vive y que impide reflexionar en lo simple de los pequeños detalles, en lo poco probable que resulta que nos pasen cosas inverosímiles y en la postal fotográfica que cada persona representa. Cosas sin importancia en las que disfruta detenerse a pensar, mientras a su alrededor, todo pasa. En este caso, la avenida Revolución, que es un incesante monstruo que nunca se acaba, su fluir no se detiene. Igual que la vida, es una constante supuración de hechos irrelevantes que se van sumando uno a otro y que siempre terminan en el mismo final. El olvido. 

No fue un día cualquiera. El ruido de vehículos y personas que van hacia ningún lugar y vienen de ninguna parte, hizo que nuestro protagonista se detuviera un momento a terminar de sentir lo que acababa de ocurrir. Otro final. Tomó una buena bocanada de humo y la inhaló con ganas de que la toxicidad del cigarrillo le arrancara para siempre la respiración. No paso. Pensó entonces que nada de lo que valga la pena mata de inmediato, los placeres de la vida se disfrutan con la plena conciencia de que volveremos a verlos en la hora marcada de nuestra caducidad. Llegado el momento, nos reprocharan todo, incluso la cobardía de no haberse atrevido a más. De no haber llegado hasta las últimas consecuencias. ¿Qué sería de las personas si fueran hasta el final de sus decisiones?

Ocurrió el día menos pensado. La conoció por equivocación,  entre detalles técnicos de su trabajo y en una atmosfera seca de preguntas sin respuesta, sobre las que no tenía verdadero interés. Él nunca creyó en las casualidades y las causalidades le tenían sin cuidado. Vivía sus días con el anhelo de alcanzar un mínimo de libertad, aunque siempre prisionero de si mismo y de su lejanía social,  de su anti poesía y de sus fronteras para con los demás. 

Su primer encuentro fue transitorio, un pequeño paréntesis, una grieta por donde se filtró un brevísimo pero mortal intercambio de miradas, en donde sin decir palabra, se dijeron lo que hubieran podido haberse dicho en una vida entera y no solo eso, sin tocarse si quiera, se acariciaron el alma con la fuerza de quien domina el lenguaje del soplo vital. Como si dos planetas hubieran coincidido en una misma orbita fatal. No conformes con tal singularidad, se decidieron instalar el uno en el otro sin tenerse que mirar. Fue un momento y nada más, fue una eternidad y nada más.  

Tras esa primera vez lo supieron, pero estaban separados por todo lo que antes había impedido que se conocieran. La geografía, las fronteras, sus respectivas obligaciones y la monotonía de vivir siempre el mismo momento, los hechos vividos ya tantas veces, los memorándums y acuses de recibo, las mismas firmas, los mismos días. Fue entonces que las circunstancias insistieron de forma misteriosa, donde había dos caminos separados, surgió una brecha de eventos que terminaron en lo que ambos concluyeron, era amor. Tales circunstancias no estuvieron a salvo de la fatalidad. Un beso llevo a otro, una caricia a la cama, un momento al día entero, un mensaje de buenos días a una taza de café, un olor, un perfume, varios libros, canciones con versos capaces de armar el rompecabezas de una historia de amor, preguntas en solitario, respuestas al amanecer. Todo eso de lo que están hechos los sentimientos y los pasajes de vida que vale la pena recordar. Del absurdo pasaron a lo tangible y de la fantasía a la realidad. Pero la realidad también está repleta de absurdos, donde solamente hay una máxima; Nada es para siempre...

Hay amores que desafían la eternidad y los atavismos. Pero también existe la objetividad y eventos que se deben afrontar. Ambos supieron de inmediato que podrían estar juntos por el resto de sus días, pero sus contextos fueron definitivos e intransigentes. La realidad los bajó de la nube en la que la estimulación de sus respectivas circunvoluciones cingulares, los había subido. Ahí estaba la vida, parada frente a ellos, riéndose de ambos, con todas sus decisiones, burlándose del equipaje rutinario en que se guardan los errores. Al final la vida es eso, una colección de tristezas que no se pueden abandonar en el aeropuerto o en medio de un naufragio. Ella era todo lo que él siempre quiso, todo, punto por punto, respiración a sístole, mirada a tacto, piel a sentimiento, inteligencia a decisión, ingenio a libertad. La leía como un soneto de métrica perfecta, en la que la rima ha sido eliminada de forma intencional para bien del texto. Él era todo eso que ella deseaba de un compañero, un entendimiento sin palabras, un lenguaje a ciegas, una última oportunidad de ser lo que siempre había querido.

Finalmente los estándares de la cotidianidad se impusieron. Seguro de que no habría podido sostenerse en la cuerda floja, Cesar decidió acabar con todo. Incluida su propia visión de lo circunstancialmente inevitable. Dejó que el amor su vida se fuera y él mismo se fue para siempre sin dar más que una sencilla explicación. Con él no podía haber medias tintas, ni historias incompletas, borradores de lo que pudo haber sido y la editorial no dejo ser, cartas sin remitente, composiciones inconclusas en el eco de una sala vacía, tonos de teléfono ocupado de un numero que nunca existió. Era el amor u olvidarse. Cesar eligió la segunda opción...

Para cuando terminó de fumarse lo que le quedaba de aliento, bajó por las escaleras de acceso, pasó por los torniquetes, se dejó golpear por el contraflujo de personas que intentaban alcanzar la superficie;

- Allá fuera no hay nada - 

Les dijo desde su silencio. Esperó impaciente en el andén, finalmente abordó un tren que lo llevaría de vuelta a la realidad. Partió con la esperanza de encontrarse consigo al final de la línea. El tiempo lo apuñaló por la espalda. Al salir de nuevo de las venas de la ciudad en Barranca del muerto, llovía torrencialmente, pensó que era un buen momento para caminar y decidió desafiar al diluvio universal, el agua impactó su rostro de forma violenta, pero él no se detuvo, siguió su paso apresurado por el callejón que lo dirigiría a la vialidad principal. El ruido de motores y la poca iluminación le hicieron pensar en aquella canción; 

¿Qué nos va a pasar?

 

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