Ya no te espero

Ana Sofia cerró los ojos, con la esperanza de que al abrirlos todo formara parte de un mal sueño. Luego abrió la gaveta donde guardaba papel, pluma y algunos artículos de papelería que le tenían permitidos. Tomó una hoja y el bolígrafo de tinta azul que tanto le gustaba, se sentó a la mesa de su escritorio y se dispuso a redactar su despedida. Se trataba de un acto de desahogo personal, más que una misiva con destinatario conocido. Un pendiente que llevaba meses masticando y que le despertaba abruptamente todas las noches.

Prendió la luz de la lampara, se sentó tranquila y decidida. Luego empezó a redactar:

Querido, he llegado a comprender que ya no te espero. Mi vida se ha convertido en una sucesión de mañanas solitarias, donde cada sorbo de café sabe a nuestra nostalgia. Anhelaba ese pequeño espacio de tiempo, donde al amanecer compartíamos algo tan simple como el desayuno. Pero ya entiendo que eso es un acto egoísta de mi parte hacia tu propio tiempo. Recuerdo aquellos días en que tu mirada y la mía se encontraban, cuando el silencio entre nosotros era cómodo, y nuestras manos podían entrelazarse sin razón alguna. Ahora, sin embargo, el lugar frente a mí parece más vacío que nunca, aunque tu presencia esté físicamente cerca. Estás ahí, pero tu atención está anclada a una pantalla fría, enredada en mensajes e imágenes que nunca serán parte de nosotros. Intento no culparte, pero no puedo evitar preguntarme si en algún momento llegaste a notar cuánto significaba para mí tenerte, simplemente tenerte, sin el filtro de una distracción que ha erosionado la intimidad que una vez compartimos.

Y ya no se trata de los desayunos perdidos. Es más profundo que eso, porque incluso al final del día, cuando debería ser nuestro momento de reconexión, no queda nada que nos una. Hablarte ahora se siente como arrojar palabras al vacío, como si cada pregunta se diluyera antes de alcanzarte. Tu mirada, que solía ser la ancla que me sostenía, ahora se pierde en la pantalla, ajena a la desesperación con la que he intentado hacerte ver que estoy aquí, que siempre he estado aquí. Me duele ver cómo los momentos en que podríamos estar compartiendo nuestras vidas se desvanecen, reemplazados por esa indiferencia que no necesita palabras. Intento llenarme de paciencia, de calma, pero la realidad me recuerda que solo hablo con un reflejo de lo que fuiste, un eco lejano de aquel hombre que me enseñó a amar y ahora parece perdido en un mundo que yo no entiendo y al que ya no pertenezco.

Y, luego, está ese otro hábito al que te entregas con una dedicación que jamás pude comprender. Ese compañero que elegiste incluso por encima de mí. Mientras cada bocanada se eleva, veo en ella una excusa, una elección que haces constantemente, una elección que no soy yo. Es como si cada inhalación tuya fuera una parte de ti que decides reservarte, un escape al que no puedo seguirte. Y aunque intento encontrar la paz entre ese humo espeso, solo siento que cada calada que tomas es una distancia más que nos separa. Me pregunto si alguna vez te detuviste a pensar en lo que cada humo significa para mí, para nuestra relación. No es el simple olor ni el daño de salud lo que me afecta, sino la carga emocional de verte, de saber que prefieres llegar y correr desesperadamente a compartir esos momentos a solas, y no con alguien que solía ser tu confidente, tu refugio.

Esta despedida es mi manera de decirte que ya no te espero, pero no como un reproche, sino como una decisión de dejar de esperar aquello que ya no volverá. Ya no persigo esa ilusión de que un día despertarás y comprenderás el vacío que has dejado entre nosotros. He intentado, de todas las maneras posibles, hacer que este espacio vuelva a llenarse, pero ya no tengo más fuerzas. Me despido de cada intento de conversación que quedó suspendida. Me despido de las noches en que me preguntaba si tal vez algo cambiaría. Todo se ha marchado, dejando solo un rastro de lo que alguna vez soñé, y que tú, consciente o inconscientemente, dejaste escapar. Debe ser esta mala racha que me está quitando todo.

Sí, ya no te espero, pero a pesar de todo, me quedaré. No porque aún albergue la esperanza de un cambio, sino porque he aprendido a amar incluso a este nuevo “nosotros”, con sus silencios, sus ausencias, sus sombras. Permaneceré a tu lado, pero ya no en cuerpo y alma; me quedaré como un reflejo de lo que una vez compartimos, una presencia silenciosa que, aunque no espere, tampoco huye. Tal vez, algún día, cuando mi mirada ya no busque la tuya, te des cuenta del vacío que queda cuando el amor sigue, pero las palabras y los gestos se han agotado. Cuando eso ocurra, querido, será demasiado tarde, porque yo, sin esperanzas, ya habré aprendido a vivir con esta soledad compartida, siendo solo la sombra de lo que alguna vez quise ser para ti.

Ana Sofia guardó la carta y la dejó debajo de su almohada, para después entregarse a las fiebres y a la lumbre de la ansiedad total. Los enfermeros del hospital psiquiátrico donde se hallaba desde los veinte años, entraron para sedarla, la ataron a la cama y se marcharon por aquel pasillo blanco, donde la luz es demasiado confusa.

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