El Frío que de Noche Sientes, es por Andar Desperdiciada…

 Primera Parte: La Resaca de los Caifanes.

Después del desastroso desayuno en Tres Marías y tras abordar el taxi que la llevó de regreso a su mundo, Paloma quedó profundamente marcada por la extravagante realidad que los Caifanes le revelaron la noche anterior. Entonces y solo entonces, pudo entender la superficialidad con que su vida había transcurrido hasta que los conoció. Aquello fue la libertad, la impunidad, la noche más larga y la gota que derramó el vaso de su huida.

Para Paloma, la atmósfera de aquella madrugada, las risas, las disertaciones sobre la vida, el humo, las miradas cómplices y su extraño lenguaje, representaron la certeza que usaría para terminar su relación con el arquitecto Jaime de Landa.

“Nunca más” se dijo mirándose al espejo, y pese a la insistencia de Jaime, en los días posteriores a su encuentro con los Caifanes, no le contestó llamadas y no lo recibió en su domicilio. Por el contrario, destruyó, muy a pesar de su familia y del compromiso que ya existía entre ambos, la relación que tenía con él. Fue un trago amargo, que le incomodó más en lo social, que en el hecho de conservar un sentimiento de amor hacia el arquitecto.

Sus días se convirtieron en una constante meditación sobre él y fue de esta manera que, siguiendo una corazonada atravesada por el Estilos, el 31 de diciembre de aquel mítico año de 1967, Paloma tomó una decisión radical. Empacó unas cuantas pertenencias, subió a su auto y partió rumbo a la ciudad de Querétaro, con la esperanza de reencontrar el alivio que sintió en los brazos del Estilos, durante su breve caminata por las vecindades del centro de la ciudad. No vaciló, y con la seguridad de que habría de hallarlo, encendió el motor.

Aquella nueva versión de Paloma, tomó el periférico a la altura de San Jerónimo, para encontrar una ciudad casi vacía y sin tráfico. El frio del atardecer le recordó lo poco que sabía sobre su propia vida, más allá de los cuidados de su padre y de la posición social que Jaime le ofrecía.

Manejó con la calma de quien ha sido liberado y no teme encontrarse con su destino. Durante su trayecto, las luces de la ciudad destellaron intermitentemente en el retrovisor, mientras un futuro incierto se desplegaba frente a ella. Paró en una estación del municipio de Tlalnepantla para cargar gasolina y revisar la presión de aire de los neumáticos. Al volver a encender el motor, sintió el vendaval de adrenalina recorrer todo su cuerpo y le dijo adiós a un mundo lleno de promesas vacías.

“To live intensely is to get an impression of living”. Recordó de repente, haciendo una mueca, que no podríamos definir como una sonrisa.

Durante el camino, pensó en los rostros de sus acompañantes de aquella noche bohemia, especialmente en el del Estilos, cuyas palabras parecían resonar en cada kilómetro recorrido y cuyo beso le fue imposible separar de sus labios. A manera de presagio, en la radio empezó a sonar la voz de Al Suarez y su interpretación de “Fuera del mundo” cuyos acordes le erizaron la piel mediante una descarga intensa de dopamina.

Para las 9 de la noche del preludio del fin de año de 1967, los primeros letreros de su llegada a Querétaro empezaron a aparecer frente a su mirada inquieta. Ella tenía algunas referencias del taller donde trabajaba el Estilos, sabía que este, estaba ubicado en el antiguo barrio de la Cruz, por lo que no le costó trabajo dar con él. Un par de preguntas y de inmediato localizó la calle correcta.

Estacionó su auto y bajó sintiéndose liviana como la bruma del ambiente. Se acercó cuidadosamente a la cortina del taller que se encontraba a medio cerrar y aproximó su oído para escucharlos. Su corazón fue un mar de emociones al percibir la guitarra que había pertenecido al cien sombras y la voz del Estilos cantando “Relámpago furia del cielo, que has de llevarte mi anhelo…”  

Paloma no apuró en anunciar su llegada, por el contrario, encendió un cigarrillo y se recargó en una pared derruida de adobe. Su figura fue percibida a lo lejos por el Azteca, que había salido a comprar una botella de San Marcos. No se atrevió a interrumpirla, él sabía que aquella silueta iluminada apenas por un humilde foco de 75 watts, representaba el final de una época. Mientras la observó, tarareó en voz muy baja “Al toque de Diana me llevo a tu hermana. Al toque de Elisa le paso revista” finalmente las piernas le temblaron cuando se decidió a cruzar la calle para saludarla e invitarle a pasar.

El rencuentro con el Estilos y con el resto de la banda fue intenso y sencillo como aquella primera ocasión. Cuando él la vio, agachó la mirada, metió la mano izquierda al bolsillo trasero del pantalón y pasó la derecha por su pelo hacia atrás. Fue ella quien lo abrazó y rompió el hielo. Después de saludarse, decidieron pasar el fin de año cantando y bromeando.  El capitán Gato sugirió que fueran al centro de la ciudad. Nadie lo contradijo. Paloma y los Caifanes terminaron aquel año de 1967, en una banca del jardín principal, justo frente al templo de San Francisco. La noche los rodeó de alegría, canciones, festejo y de una densa nube de humo que entraba y salía de sus pulmones. En un momento, Paloma y el Estilos se apartaron, mientras el resto de los Caifanes los miraron con una mezcla de envidia y felicidad. “Verdad de Dios, que la vida puede ser distinta” recordó el Azteca, mientras le dio el ultimo trago a la botella de San Marcos que los acompañó durante la madrugada.  

Segunda Parte: Encontrarte es perderte primero.

No pasó mucho tiempo para que Paloma y el Estilos se casaran en una ceremonia sencilla, sin más testigos que los propios Caifanes, quienes, para no perder la costumbre, llegaron tarde y tambaleantes, pero con sonrisas cálidas y palabras salidas de un tostacho tan arraigado, que Paloma nunca las pudo entender.

“La noche es larga Caifanes” dijo el capitán Gato tras la ceremonia civil de casamiento y se entregaron de nuevo a la celebración total, recorriendo festiva y caóticamente las apacibles calles Queretanas. Haciendo un homenaje póstumo a la noche en que se habían conocido.

Durante sus primeros años de matrimonio, las risas y los bailes improvisados llenaron las tardes del pequeño departamento de Paloma y el Estilos. Pero la vida no suele ser tan sencilla, los padres de ella nunca aceptaron la decisión de su hija y su apoyo a la familia, fue nulo, por lo que Paloma tuvo que acostumbrarse a vivir modestamente, al grado que, al poco tiempo, se vio obligada a vender el automóvil que le había regalado su padre un par de años atrás.

No fue fácil adaptarse a su nueva vida, y de vez en cuando, el recuerdo de Jaime y las disertaciones inconscientes sobre el “If”, la hacían dudar. Las limitaciones económicas, a las que ella no estaba habituada, fueron mellando de a poco su relación. El taller no terminaba de aclientarse y la renta no se pagaba sola, lo que contribuyó a que el amor se fuera desgastando. Ella, por su parte, trató de iniciar un negocio de venta de maquillaje, que nunca terminó de funcionar.

Mientras Paloma y el Estilos aterrizaban de nuevo, el resto de los Caifanes también se fueron haciendo de un camino individual. Sobre todo, después de que el Azteca fuera perdiendo el control sobre su manera de beber, que llegó a tal extremo, que una tarde tuvieron que salvarle la vida entre el capitán Gato y el Mazacote, debido a una riña que el Azteca había iniciado, tras insultar a un cliente, que se fue del taller pistola en mano y extremadamente molesto, jurando volver. De pronto todo fue claro, la vida los había aplastado para siempre, con una dosis de verdad tan grande, que todos supieron de inmediato que el amor no había sido suficiente, que la amistad también es eternamente fugaz y que para sortear las cadenas invisibles que habían creído superar, se necesitaba mucho más que una noche de juerga.

Entre Paloma y el Estilos, las discusiones se volvieron silencios largos y miradas cargadas de reproches, por lo que una noche, cansada y desesperada, Paloma empacó sus cosas y tomó el primer camión de regreso a la Ciudad de México, "Te quiero, pero no podemos seguir así," le dijo al Estilos antes de irse. Él no la detuvo, sabiendo que esa era la última libertad que podía ofrecerle, “El frío que de noche sientes es por andar desperdiciada” y le soltó la mano para siempre.

El golpe fue mortal para el Estilos, que vagó durante semanas tratando de llenar el vacío que Paloma había dejado. Sus amigos intentaron consolarlo, pero el recuerdo de las cosas que pudieron ser y que no se dieron, lo hicieron caer en una profunda depresión. Llegaba tarde al taller, no ponía atención y se equivocaba en las tareas más simples. Fue una caída en picada, que convirtieron sus noches en monótonos soliloquios de los cuales nunca regresó. Al cabo de unos meses, el Estilos habló con los Caifanes y se despidió de ellos. “¿Quién escoge su suerte y el tiempo para exprimirla?” les dijo y los abrazo. Lo último que supieron, es que había cruzado la frontera norte, a la altura de Laredo.

Paloma por su parte, se reintegró a una Ciudad de México que aunque familiar, se sentía distinta. Caminaba por las calles buscando algo que ni siquiera sabía definir, consciente de que cada paso la alejaba más de los sueños que había construido con el Estilos. Con ayuda de algunas de las mujeres que conoció en el baño del Géminis, consiguió montar el negocio que tanto anheló en la calle de Palma y se rentó un departamento en el primer cuadro de la ciudad. Volvería a saber del Estilos hasta el año de 1996, cuando le llegó una carta, cuyo contenido, jamás le reveló a nadie.

Tras la partida del Estilos y de Paloma, se acentuó la distancia entre el resto de la banda y el lazo que ellos creían indestructible, se terminó de romper. Las diferencias comenzaron a ser cada vez más frecuentes y de un tono cada vez menos amigable. Por lo que, en una decisión que ellos mismos consideraron necesaria, resolvieron tomar rumbos distintos y emprendieron el viaje de regreso. Por un momento, desearon haber no conocido a Paloma y a Jaime, aquel fin de año de 1967. Al cruzar el pueblo de Tepotzotlán, el Azteca y el Mazacote bajaron del coche del capitán Gato. Pasarían algunos años para volver a verse, o no.

Tercera parte: En ti habita lo que temes y lo que buscas.

El arquitecto Jaime de Landa, por su cuenta, rehízo su vida y se casó con una joven de su mismo nivel socioeconómico, organizando una boda fastuosa en San Ángel. A pesar de eso, él tampoco quedó a salvo de los recuerdos. De vez en cuando, los silencios en su casa solían ser profundos, era feliz y exitoso en su carrera, pero en sus horas más solitarias, llenaba sus vacíos pensando en Paloma. Algunas noches, mientras el viento agitaba las jacarandas del jardín, encendía un puro y se perdía en la memoria. "Nunca entendí por qué te fuiste," pensaba, mientras recorría con la mirada las calles donde alguna vez había sentido el pulso de un mundo distinto.

En una ocasión, ya entrados los años 80, el arquitecto Jaime de Landa se encontraba caminando por la avenida Juárez, dirigiéndose a un despacho mercantil de la calle de Madero, cuando cruzó por casualidad con el Capitán Gato. Fueron segundos que trajeron a su recuerdo aquella noche que perdió a Paloma. Ambos fingieron no verse o no haberse reconocido y por supuesto, fue el arquitecto quien desvió la mirada y siguió de largo entre la multitud que se disponía a cruzar el eje central. Durante su espera en el semáforo, se ajustó la corbata y continuó su camino.

El Azteca siempre fue un alma que irradió fortaleza, pero que también cargó con las cicatrices de una vida dura. Tras su regreso a un barrio al norte de la capital, se enfrentó desde la soledad a sus propios demonios. Había logrado abrir su propio taller mecánico, un espacio contradictorio, donde los motores y las historias formaban parte de una realidad alterna. Para ese entonces y sin haber podido superar sus delirios etílicos, cada auto que reparaba representaba una excusa para filosofar sobre la vida y para intentar arreglar los sueños rotos de su propia existencia. En el taller, compartía anécdotas de su juventud con los aprendices que lo miraban como un mentor. Con orgullo, les contó de la noche en que subió a la fuente de la Diana para vestirla, aunque en sus relatos, solía agregar detalles que sobrepasaban los límites de la verdad.

Su lucha interior le costó todo lo que era él.  Una tarde, mientras trabajaba en un coche antiguo, un viejo conocido se presentó para confrontarlo. La discusión escaló rápidamente, el Azteca lo llamó “Pitiflorito” y antes de que alguien pudiera intervenir, dos disparos abatieron al chicano. En sus últimos momentos, pensó en sus compañeros, en aquella noche inolvidable, y en lo mucho que había amado la vida, a pesar de sus golpes. “Hay cosas que parecen viejas, pero no lo son” recordó en el último aliento.

Sin haberse enterado de la muerte del Azteca, El Mazacote se instaló al sur de la ciudad, por los rumbos de Tacubaya, donde conoció a Martha, con quien tuvo tres hijos y con quien también construyó un hogar. Los fines de semana eran un festín de risas infantiles y aromas a guisos hogareños. Aunque su vida era tranquila, su corazón llevaba consigo el peso de los recuerdos, por lo que sus hijos solían preguntarle por qué a veces estaba tan callado, a lo que él solo respondía con una sonrisa.

Por las noches y desde su azotea, acostumbraba mirar la ciudad y recordar a sus viejos amigos. Una de esas noches, mientras sostenía una cerveza, pensó en buscar al Capitán Gato y al Azteca, "Tal vez deberíamos reunirnos" se dijo en voz baja, recordando que las conexiones humanas son las únicas que nos salvan del olvido. Pero la realidad lo abrumó de nuevo, había perdido toda conexión con ellos y concluyó que a los amigos se les quiere eternamente un instante.

El Capitán Gato no fue la excepción, se instaló en el barrio de la Merced, donde abrió otro taller mecánico. La soledad era su única compañera. Vivía en un pequeño departamento lleno de recuerdos, donde una foto descolorida de sus amigos, lo miraba todas las noches desde la pared. Donde un cenicero robado del Géminis lo acompañaba en sus delirios de humo y ron, y donde una radio tocaba boleros sin cesar.  Las noches eran largas y silenciosas, y en su introspección, solía imaginar cómo habría sido la vida, si las cosas hubieran salido de otra manera.

Una tarde en el viejo bodegón, junto a una herramienta olvidada, encontró un recuerdo que lo hizo temblar, su vieja chamarra de cuero negro parecía flotar en el fondo del taller. "Tal vez todos seguimos siendo Caifanes, de una forma u otra" murmuró, para después colgar la chamarra de nuevo, en un rincón menos olvidado de su espacio de trabajo, como un recordatorio de los vínculos que creía hasta entonces rotos.

Para la mitad del año de 1983, ni el Mazacote, ni el capitán Gato se habían enterado de la muerte y funeral del Azteca. Fue hasta que un amigo común, que les vendía baterías usadas a los tres, se lo contó al Mazacote. La noticia fue un balde de agua fría, pero cuando se recuperó y pudo hablar, el Mazacote corrió hasta el teléfono más cercano a su domicilio, depositó un veinte y marcó al número que le había referido el amigo común, esperó impaciente un par de timbrazos, hasta que, del otro lado de la línea, una voz familiar le contestó. “Qué jáis de la baraña”, “Quiobas manís, nos enfriaron al Chicano…” Ambos acordaron reunirse.

La muerte del Azteca, unió momentáneamente a los dos Caifanes que quedaban en la ciudad, quienes se apandillaron en la tumba del panteón de Jardines del Recuerdo, para mostrar su respeto hacia el amigo ausente.  Ellos jamás se enteraron de que Paloma sí había asistido al funeral del Azteca, porque este mantenía una relación sentimental confusa y lejana, con una de sus socias. El día que lo estaban velando, Paloma recordó la voz del Azteca dentro del ataúd donde había quedado atrapado, en aquel momento en que decidieron jugarse un rayo con la muerte.

Después del encuentro y al llegar a su taller, El capitán Gato reflexionó sobre la distancia que había entre ellos ahora, un abismo hecho de decisiones y silencios. El Mazacote, por su parte, volvió a su casa con un peso enorme en el pecho, reconociendo que los lazos invisibles de aquella noche nunca se habían roto del todo.

Cuarta parte: El ahora es todo lo que tienes.

El paso del tiempo en una Ciudad de México, tan vasta y contradictoria, siguió siendo el testigo de los recuerdos de los Caifanes, de sus amores truncados, de sus tragedias y de sus reconciliaciones. Basado en esto, el Capitán Gato decidió buscar a todos y reunirlos para una nueva noche de juerga. Buscó personalmente al Mazacote, quien aceptó de inmediato. Ambos le dejaron una carta a Jaime en el buzón de su casa de San ángel, no fue difícil dar con él, ya que era un arquitecto bastante reconocido y que había participado en obras importantes de la urbanización de la ciudad. Paloma recibió la invitación y dudó en atenderla. El paradero del Estilos, nunca lo supieron.

Para su encuentro, eligieron el fin de semana anterior a la navidad de 1983. La cita fue acordada en la plaza de la Santa Veracruz, a las 6 de la tarde. El Mazacote llegó primero, sacó una pachita de brandy “Presidente” y le dio dos tragos profundos. Enseguida llegó Paloma y a los pocos minutos el capitán Gato. Los tres se dieron un fuerte abrazo, en medio de emociones confusas pero intensas. Todos dudaron de que Jaime se atreviera a atender la invitación, pero, para su sorpresa, llegó acompañado de su esposa y sus dos hijas. Al verlo, Paloma no pudo evitar una punzada que le obligó a sentarse, quizás, esa descarga vagal que le produjo una franca sensación de náusea y mareo, fue el mejor resumen que la vida le pudo haber hecho sobre su relación con el arquitecto de Landa. Después de quince minutos, Jaime se disculpó y se despidió de ellos. Nunca más lo volvieron a ver en persona, aunque su foto, aparecería muchas veces en la sección de sociales del periódico de la época.

Lamentando que el Estilos no estuviera presente y que el Azteca estuviera muerto, el resto de los Caifanes se dirigieron a una vieja cantina del Centro, brindaron en silencio por sus amigos, por la vida, por sus errores y por haber coincidido de nuevo. Aunque su existencia individual, había tomado rumbos distintos, esa noche entendieron que el vínculo que los unía, era mucho más grande que la memoria de una aventura pasada.

Finalmente, los que fueron en aquel mítico año de 1967 y los que serían muchos años después, aceptaron las consecuencias de los hechos de aquella noche inolvidable y entendieron que lo sucedido, ocurrió exclusivamente para revelarles, tanto de lo que no conocían de sí mismos y de su visión del mundo.  Bebieron en exceso, fumaron de más, lloraron y se rieron, para luego tomar un taxi que los alejaría de la plancha principal, mientras detrás de ellos, las campanas de la Catedral repicaron al unísono con la luminaria instalada por el departamento del entonces Distrito Federal, que le daba la bienvenida al año 1984.

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