Entrevista con la Ausencia
Él y yo tenÃamos años de no vernos y una larga colección de momentos que habÃamos compartido mutuamente. Fueron muchas las noches en que me acompañó, sin embargo, harto de la sociedad que habÃamos formado, fui yo el que decidió alejarse de su compañÃa. Principalmente porque empecé a tener serias dudas de su existencia.
Por un momento de mi vida pensé que nuestra
relación se habÃa terminado, pero de unos dÃas para acá, sus constantes
apariciones me ponÃan nervioso, hasta el punto de colmarme la paciencia.
- Hijo de la gran puta –
Pensaba yo al verlo.
Me buscó en el hospital, pude verle varias
veces en la mirada de los infelices a los que mis habilidades no pudieron
ayudar. Pude verle también en el metro, siguiendo mis pasos de cerca, respirándome
con su aliento de azufre. Inclusive, llegó a abordarme personalmente en las
escaleras del edificio donde habito.
Cansado de todo esto, recuerdo perfectamente el dÃa que le acepté
su última propuesta.
Llegué abatido a mi domicilio por el maldito turno nocturno. La
cabeza me martilleaba y el dolor retro ocular era insoportable.
Fue una noche compleja, el tráfico constante de pacientes y los
dos casos crÃticos que llegaron en simultáneo, evitaron que pudiera salir de la
sala de choque durante toda la guardia.
-
Pinches motociclistas –
Mi lamentable situación fÃsica y el dolor intenso en las sienes, me
orillaron a retirarme los dos globos oculares, para luego meterlos en un vaso
de agua, acompañados de un par de tabletas de alkaseltzer y un chorrito de ron.
Hábito muy común en mi persona.
Preparé una taza de café, le agregué dos cucharadas de azúcar y le
pedà a la bocina inteligente que tocara “La noche de los mayas”. Ella accedió,
no le quedó más remedio. Después me senté en el sofá a beber el lÃquido negro,
con las cuencas vacÃas y el cuerpo hecho mierda.
Si usted ha escuchado la pieza de la que le hablo, sabrá que es
una faena total, que pasa de momentos etéreamente melancólicos a
explosiones de furia rÃtmica, con percusiones
tribales que evocan un frenesà casi hipnótico.
En ese delirio estaba yo, disfrutando de la oscuridad y de las melodÃas densas, cuando sonó el maldito teléfono. Dudé seriamente en contestar, pero la insistencia me convenció.
Con la ceguera intencional, me levanté de mi
asiento y caminé hasta alcanzar la mesa de la esquina, donde el vibrar de mi celular,
intensificaba la cefalea.
- Bueno -
- Soy yo, ¿Ya pensaste en mi invitación? -
Por enésima vez, él.
- Hijo de la chingada –
Le dije, exhalando al mismo tiempo.
Su voz me hizo recordar la pelÃcula de “Simón
del desierto”, especÃficamente la escena en donde Silvia le muestra los senos
al protagonista.
- Está bien, te veo el miércoles a las siete de la noche –
- No me hagas esperar –
- Chinga tu madre -
Colgué el teléfono, tomé mis ojos fuera del
vaso aun burbujeante, les sacudà el exceso de humedad y luego los coloqué en su
lugar. Es extraña la sensación, pero gratificante. Después, me fui a dormir.
Finalmente llegó el miércoles de la cita. El viento de la ciudad
soplaba con una frialdad inusual en el mirador de la Torre Latinoamericana.
Desde ahÃ, las luces parecÃan brasas apagándose en la noche.
llevé mi grabadora y me aseguré de que el micrófono estuviera
encendido. Estaba seguro de que esta, era la última vez que lo verÃa. De
ninguna manera le permitirÃa seguir entrometiéndose en mi vida, y para cumplir
tal objetivo, le tenÃa preparada una sorpresa argumental.
Nada existe sin la razón que lo sostenga. Un objeto, una idea o
incluso una emoción no tienen verdadera existencia si no hay una mente capaz de
percibirlos, nombrarlos y darles un lugar en la realidad. La luz no es luz sin
ojos que la distingan de la oscuridad, el miedo no es miedo sin alguien que lo
sienta, y un dios o un demonio, no son más que espectros sin forma, si no hay
quien los imagine. La existencia no es solo estar, sino ser concebido,
analizado y entendido. Sin pensamiento que lo respalde, cualquier ente, por
antiguo que sea, se desmorona en la nada.
Esperé unos minutos, contemplé el horizonte en dirección hacia el
poniente y coloqué mis dos manos sobre la reja de protección.
-
Desde aquÃ, la ciudad parece un cuerpo abierto en la mesa de
autopsias… luces latiendo como órganos moribundos, calles sangrando, y yo, un
médico más, remediando heridas que el tiempo volverá a abrir –
Me dije en voz baja.
Entonces apareció él, a mi lado, con la mirada afilada y una
sonrisa que oscilaba entre la burla y el hastÃo. Traje negro impecable, corbata
también negra, piel pálida y unos ojos oscuros.
-
No creas que no sé a qué has venido –
Dijo el diablo apoyando sus codos en la baranda.
-
Médicos, periodistas, filósofos, borrachos y sacerdotes, todos
quieren lo mismo: respuestas-
Encendió un cigarro y exhaló el humo con desgano.
-
Quiero algo distinto –
RespondÃ.
-
No busco respuestas, busco certezas. ¡Quiero que admitas que no
existes cabrón! -
El diablo soltó una carcajada grave, que llamó la atención del
público circundante.
-
A ver pendejete, me estás diciendo ¿Qué aceptaste mi invitación
para convencerme de que no existo? –
Se carcajeo durante unos segundos.
-
Original, lo admito. Pero no mames. ¿Cómo carajos, puedes hablar
con alguien que no existe? -
-
Fácil -
Le dije mirándolo a los ojos.
-
La historia está llena de cosas que la gente creyó reales y
resultaron ser ficción: mapas donde el mundo acababa en un abismo, dragones en
los márgenes de los pergaminos o dioses que arrojaban rayos. Bueno, hoy sabemos
que eran invenciones. Eres solo otro mito que se ha sostenido por inercia -
El diablo frunció el ceño, pero su sonrisa no desapareció.
-
Mira culero, no soy un mito. Yo estoy en cada decisión corrupta,
en cada guerra, en cada sombra detrás de la puerta -
-
No -
InterrumpÃ.
-
Todo eso es obra de los humanos. Nos gusta pensar que el mal es
una fuerza externa, pero es solo nuestra propia naturaleza. No hay demonios
poseyéndonos, no hay un ente tentando. Igual que no hay dios. Todo es responsabilidad nuestra -
El Diablo calló. Dio otra calada al cigarro y observó la ciudad.
Su expresión se ensombreció.
-
No eres más que un pobre pendejo, y no puedes probar que no existo
–
Murmuró.
-
Claro que sÃ. Tú mismo tienes dudas. Si fueras real, no estarÃas
aquà tratando de convencerme de lo contrario. Un ser supremo del mal no
necesita reafirmación. No hay diablo, solo hombres con excusas –
Nuestro debate continuó por más de una hora, y a medida que las
palabras se deslizaban entre nosotros, el diablo comenzó a perder su forma. Al
principio, aún sostenÃa su postura con la arrogancia de quien ha sido temido
durante siglos, pero poco a poco su presencia se tornó errática, como una vela
que parpadea antes de extinguirse.
Sus gestos se hicieron más lentos, su sonrisa se volvió una mueca
tensa, y su mirada, antes afilada, se oscureció con un brillo de incertidumbre.
El aire a su alrededor parecÃa menos denso, como si la propia
realidad empezara a rechazar su existencia. Trató de aferrarse a su propia
esencia, pero cada argumento lo despojaba de un fragmento más, dejando en su
lugar un vacÃo creciente.
Para cuando el silencio cayó entre nosotros, ya no quedaba nada de
su antigua imponencia; era apenas un eco, una sombra desdibujada en la brisa
nocturna, a punto de desvanecerse para siempre.
-
Para mà es claro y estoy convencido, he sido yo, el único culpable
de todo esto, y tú no eres más que un espantapájaros filosófico, un remiendo
torpe de temores humanos cosidos con hilos de ignorancia y superstición-
Sus ojos temblaban al mirarme.
-
Un mal cuento contado por siglos, sostenido solo por el miedo de
quienes nunca se atrevieron a ver que, detrás de tu máscara, no hay más que el
vacÃo-
El cigarro se le cayó de los dedos. Se quedó inmóvil, como si por
primera vez en la eternidad estuviera sintiendo el peso de su inexistencia. El temblor
de la mirada le recorrió todo su cuerpo.
-
No… no puede ser -
Susurró mientras su voz, iba desvaneciéndose como un eco lejano.
Sus contornos comenzaron a difuminarse, igual que tinta
disolviéndose en agua. Su silueta se fragmentó en sombras que el viento
arrastró. Él trató de aferrarse a mi persona, pero sus dedos atravesaron el
aire.
-
No soy… nada -
Y con un último balbuceo, se evaporó en la noche.
Me quedé solo, con la brisa frÃa y la ciudad extendiéndose bajo
mis pies. Apagué la grabadora. Bajé hasta el eje central, caminé en dirección a
Izazaga y me metà en un café de chinos. Pedà una taza de café. El dolor retro
ocular me estaba matando de nuevo. La mesera me entregó el elixir. Yo lo bebà y
le pedà un vaso de agua. Ella lo trajo de mala gana. De mi bolsillo saqué dos tabletas
efervescentes y ante la mirada atónita de la gente del lugar, volvà a sumergir
mis globos oculares en el refrescante burbujeo de la soledad.
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