Ciudades Rotas
El timbre del teléfono rompió la monotonía del amanecer en la Unidad Habitacional El Rosario. Manuel abrió los ojos con un gesto de fastidio y tanteó el buró hasta encontrar su celular. La pantalla marcaba las 6:00 AM. Contestó sin ver el nombre del contacto, pero reconoció al instante la voz ansiosa de su amigo Julián. “Necesito que me hagas un paro”, dijo sin preámbulos. Manuel se sentó en la cama y se frotó el rostro. Afuera, el resplandor naranja del amanecer apenas se filtraba entre los edificios de concreto, y el rumor de los primeros camiones y vendedores de tamales comenzaba a llenar el aire. “¿Qué pasó?”, preguntó, pero Julián evadió la respuesta. “Pásame a buscar. Te veo donde siempre, en Calzada de las Armas y San Agustín. Es urgente”. Manuel suspiró, sabiendo que discutir con su amigo sería inútil. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y salió del departamento con la sensación de que este martes sería todo menos normal.
Manuel bajó las escaleras del
edificio con el ceño fruncido y los tenis desamarrados, esquivando un charco de
agua sucia en el descanso del segundo piso. “Chingada madre… ¿y ahora qué
quiere este cabrón?”, pensó, todavía con la voz de Julián rebotando en su
cabeza. No tenía trabajo, y aunque eso le dejaba tiempo para hacer favores a
sus amigos, también significaba que cada litro de gasolina dolía mucho más, y
su Tsuru 2005 ya andaba en los últimos jalones. Se metió las manos a los
bolsillos de la sudadera y bufó. Pensó en Mariana, en lo distantes que estaban
últimamente, en la forma en que ella lo miraba cuando hablaban, como si
estuviera calculando cuánto tiempo más aguantaría. “Pinche vida”, murmuró al
salir al estacionamiento. Antes de recoger a Julián, tenía que pasar a la
gasolinera que estaba cerca del Parque Tezozómoc. Sin eso, no llegaban ni a
Periférico. Encendió el coche y, mientras el motor tosía para despertar, no
pudo evitar preguntarse: “¿En qué desmadre se habrá metido ahora este güey?”.
Manuel encendió el motor después
de cargar gasolina y revisó el saldo de su cartera con resignación. “Ni pedo”,
pensó, guardando el cambio en la guantera. Cuando reanudo el camino, la
estática de la radio fue reemplazada por la voz rasposa de Joaquín Sabina: “Que
el fin del mundo te pille bailando…”. La letra de Tan joven y tan viejo
lo atrapó por un momento, llevándolo a recuerdos de noches de borrachera con
Julián, de tiempos en los que las preocupaciones eran más simples y la vida no
pesaba tanto. Pero un claxon detrás lo sacó de su trance. Se quitó el cigarro
de la boca, metió primera y arrancó rumbo a la Calzada de las Armas.
Al llegar a la esquina con
Avenida San Agustín, vio a Julián recargado contra un poste, con las manos en
las bolsas del pantalón y la mirada clavada en el suelo. Manuel tocó el claxon
tres veces y asintió con la cabeza cuando su amigo levantó la vista. Julián
subió al coche con una sonrisa torcida y, en lugar de un saludo formal, soltó:
“Qué pedo, pinche huevón”. Manuel se rio y negó con la cabeza. “Sube, cabrón.
Hoy va a ser un día de tráfico de la chingada”, dijo mientras ponía primera y
se lanzaba de nuevo al camino.
Avanzaban por Calzada San Isidro
cuando la aplicación de tráfico soltó la mala noticia: Periférico estaba
cerrado. “No mames, qué chingados ahora”, gruñó Manuel, girando el volante para
meterse por San Isidro. Julián revisó su propio teléfono y chasqueó la lengua.
“Pinche ciudad, güey. A esta madre le da por colapsar justo cuando uno tiene
prisa.” Ambos maldijeron entre dientes mientras la nueva ruta los obligaba a
intentar llegar al Circuito Interior.
Después de un rato en silencio,
Julián soltó la pregunta: “¿Y qué pedo con Mariana?”. Manuel endureció la
mandíbula y mantuvo la vista fija en el camino. “Bien”, respondió seco, sin
ganas de abrir ese pinche cajón de broncas a las siete de la mañana. Para
desviar el tema, bufó y soltó la pregunta que le daba vueltas desde que salió
de su casa. “A ver, güey, dime de una vez: ¿Qué chingados tienes que hacer en
Ciudad Universitaria?”. Julián miró por la ventana, como si buscara la
respuesta en las fachadas grises de los edificios. Luego se encogió de hombros
y sonrió de lado. “Todavía no, cabrón. Primero llévame y luego hablamos.”
El tráfico se los tragó en los
puentes de Azcapotzalco. Una fila interminable de coches avanzaba a paso de
tortuga bajo un cielo grisáceo, cubierto por el humo de los camiones y la furia
contenida de cientos de conductores. En el estéreo, la voz melancólica de Los
Tres Caballeros flotaba entre el caos: “Cuatro palabras solamente…”.
Julián hizo una mueca y apagó su cigarro contra la guantera. “Neta, güey, ¿por
qué te gusta esta pinche música de abuelo?”
Manuel rió sin apartar la vista
del camino. “Porque ya me conoces, cabrón. Igual que conoces mi pinche obsesión
con esta ciudad.” Julián sonrió de lado y sacó otro cigarro. Afuera, la Ciudad
de México se mostraba en su versión más monstruosa: calles saturadas, edificios
cubiertos de anuncios descoloridos, el sonido incesante de cláxones y motores
tosiendo. El humo de sus cigarrillos se mezcló con la bruma sucia de la mañana
mientras el tráfico los mantenía atrapados en el mismo maldito puente.
“¿Te acuerdas de la secundaria?”,
soltó Julián, con la mirada perdida en la hilera de coches. Manuel asintió,
encendiendo otro cigarro. “Cuando pensábamos que la vida iba a ser fácil.”
Ambos se rieron, pero no duró mucho. La bocina de un camión los regresó al
presente. Aún faltaba mucho para salir de ahí. Mientras tanto, recordaron sus
mejores tiempos.
Llegaron a la esquina de Marina
Nacional y Mariano Escobedo. Manuel bajó un poco la velocidad y dudó. “¿Le
damos por Mariano Escobedo o nos seguimos hasta encontrar el Circuito
Interior?” Julián revisó la aplicación de tráfico y se encogió de hombros.
“Dale derecho, chingue su madre.” Manuel asintió y siguió sobre Marina
Nacional, esquivando combis y peatones que cruzaban sin mirar.
El trayecto se llenó de plática
variada. Se mentaron la madre entre risas, criticaron al presidente, hablaron
de cómo todo en el país se estaba yendo a la chingada. “Te digo, güey, la
política es el mismo circo de siempre”, gruñó Manuel, metiendo segunda para
esquivar un taxi que se le cerró. “Y tú sigues siendo el mismo pendejo que vota”,
respondió Julián con una carcajada. Luego hablaron de trabajo. Julián preguntó
si Manuel ya había conseguido algo, y este bufó, echando el humo del cigarro
por la ventana. “Ni madres, güey. Todo lo que pagan es una miseria. ¿Y tú,
sigues en lo de los seguros?” Julián asintió, pero no entró en detalles.
Manuel aprovechó el silencio para
insistir: “A ver, ahora sí dime qué chingados vamos a hacer en CU.” Julián
soltó el humo de su cigarro y no respondió. “Nos va a ver Mariana, güey.
Recuerda que ella trabaja ahí en Rectoría.” Manuel apretó el volante. Sentía un
malestar en el estómago cada vez que andaba cerca del trabajo de Mariana. No
era miedo, pero tampoco era indiferencia. Julián giró la cabeza a su derecha y le
recordó a Manuel el billar donde solían jugar. Manuel se limitó a responder “Chale”,
acelerando un poco más. Ese martes seguía sin darle buena espina.
Eran las nueve de la mañana ya y
seguían atrapados en el tráfico, ahora sobre Revolución, a la altura de
Viaducto. La ciudad no les daba tregua. Manuel tamborileaba los dedos sobre el
volante mientras el estéreo escupía la guitarra sucia de Long Cool Woman in
a Black Dress de los Hollies. Ambos movían la cabeza al ritmo, en una pausa
momentánea dentro del caos. “Esa rola sí rifaba, cabrón”, murmuró Julián,
encendiendo otro cigarro. “No como tus pinches boleros de viejo.”
De pronto, Julián soltó la
pregunta: “Oye, güey, ¿Cómo te sentirías si Mariana te pusiera el cuerno?”
Manuel soltó una carcajada, sin quitar la vista del camino. “Depende, cabrón.
Si me lo pone con un panadero, pues me la haría de pedo, pero si es con un
mecánico, igual hasta me arregla el Tsuru gratis.” Julián negó con la cabeza,
riendo. “Chingas a tu madre, güey.” Manuel se encogió de hombros. “Mejor que me
la ponga y no que me la quite, ¿no?” Ambos estallaron en risas mientras
avanzaban a vuelta de rueda. Julián leyó un mensaje en su celular y luego se
seco el sudor de las manos.
En el siguiente semáforo, un
lanzafuegos se acercó entre los coches, escupiendo un chorro de gasolina
encendida. La llamarada iluminó su rostro por un instante antes de que algo
saliera mal: el fuego se aferró a su boca, y el tipo tropezó, soltando un grito
ahogado. Manuel y Julián lo vieron caer, agitándose en el suelo. El semáforo
cambió a verde y los coches comenzaron a avanzar, rodeándolo sin detenerse.
“Verga…”, murmuró Julián. Manuel solo apretó el volante y siguió adelante. La
ciudad seguía devorando a los suyos.
Avenida Revolución los maltrataba
sin piedad. El tráfico era un castigo interminable, con filas de coches
detenidos bajo el sol, cláxones desesperados y rostros crispados asomando por
las ventanas. Como si fuera poco, al llegar a San Pedro de los Pinos se toparon
con una manifestación. Un grupo de personas con pancartas y altavoces bloqueaba
los carriles, gritando consignas que se perdían en el caos de la ciudad.
“No mames, ya valió verga”, gruñó
Manuel, golpeando el volante. Julián revisó el mapa en el celular y chasqueó la
lengua. “Nos tenemos que meter por las pinches callecitas, cabrón. No hay de
otra.”
Se desviaron entre avenidas
angostas y calles llenas de topes, avanzando a paso de tortuga. Cada semáforo
en rojo les sacaba una nueva mentada de madre. Tras media hora de insultar a la
ciudad, Julián se removió en su asiento y murmuró: “Para en la próxima
gasolinera, güey. Me ando meando.”
Manuel manifestó su malestar, pero
obedeció y se detuvo en una estación. Julián bajó y caminó apresurado hacia los
baños, mientras Manuel se quedó en el coche. Aprovechó la espera para sacar su
celular y llamar a Mariana. El tono sonó varias veces, pero ella no contestó.
Se quedó viendo la pantalla, como si esperara que el teléfono vibrara en
cualquier momento. Nada. “Chingadera”, murmuró, guardándolo de nuevo.
Cuando Julián regresó, se subió
al coche con un suspiro de alivio. “Ahora sí, cabrón. Vámonos.” Manuel arrancó y
retomaron el camino. El reloj del tablero marcaba las diez de la mañana. Para
cuando lograron salir de ese infierno de asfalto y llegaron a San Ángel, ya
habían pasado tres horas desde que salieron de Azcapotzalco. Y aún les faltaba
llegar a CU.
Manuel apretó el volante y soltó
un bufido. “No mames, Julián. Tres horas de viaje y todavía no me dices qué
chingados necesitas. Me traes como tu pinche chofer y ni una puta pista me has
dado.” Julián, con la vista en la carretera, ignoró la queja y cambió de tema.
“Oye, güey, ¿ya escuchaste Now and Then de los Beatles? No mames, qué
rolón, cabrón. Como que sí se siente bien cabrón oír a Lennon otra vez.”
Manuel lo miró de reojo,
incrédulo. Luego soltó una carcajada seca y se acomodó en el asiento. “¿Por qué
tanto pinche misterio, ojete?” El silencio se instaló entre ellos por unos
segundos, justo cuando el Estadio Universitario apareció en el horizonte,
imponente entre los árboles y edificios de Ciudad Universitaria. Julián soltó
el humo de su cigarro y señaló con la cabeza. “Toma el retorno y estaciónate en
Rectoría.” Manuel lo miró sorprendido. “No mames.” Julián sostuvo su mirada. No
había rastro de broma en su expresión. Solo honestidad brutal.
Manuel detuvo el Tsuru de golpe,
dejando que las llantas chirriaran al frenar. Bajó del coche apresurado, con
los dedos apretados en los puños. Caminó hacia Julián, furioso, y no dudó en
tomarlo de la playera, arrinconándolo contra un automóvil estacionado. “¿Qué
chingados estamos haciendo aquí, cabrón?”, gritó, su respiración acelerada, el
corazón latiendo con fuerza. Julián intentó soltarse, pero no dijo nada, solo
lo miró fijamente, sin mover un músculo. En ese momento, una voz familiar
interrumpió el tenso silencio. “Déjalo en paz.”
Manuel se giró rápidamente y vio
a Mariana, su esposa, acercándose desde la entrada de Rectoría. Estaba de pie
entre las sombras del edificio, con una presencia casi fantasmal. Era como si
hubiera estado allí todo el tiempo, como si supiera que ese momento llegaría
inevitablemente. Sus ojos lo miraban con calma, pero había algo en su mirada
que lo desarmó por completo.
"¿De qué se trata este
desmadre?", preguntó Manuel, sintiendo la presión en su pecho aumentando, y
la premonición de traición ya palpitando en sus venas.
Julián se soltó de los puños de
Manuel y, con una calma que en ese momento parecía irreal, tomó la mano de
Mariana. “No queríamos que te enteraras por alguien más, Manuel”, dijo, mirando
a su amigo con una mezcla de culpa y resolución. “Pero Mariana y yo llevamos
seis meses saliendo.” Manuel, al escuchar esas palabras, sintió como si todo su
cuerpo se desmoronara. El aire se le escapó de los pulmones y el estómago le
dio un vuelco. Durante unos segundos, no dijo nada, solo los miró, como
esperando que todo fuera una mala broma. Pero no lo era.
"¡A la chingada los
dos!", explotó, la rabia haciendo que su voz temblara. Los improperios que
lanzó fueron tan fuertes y tan llenos de dolor que algunos estudiantes y la
seguridad del edificio se acercaron para ver qué estaba pasando. “¡Te odio,
Julián, hijo de puta!”, gritó, empujando a su amigo mientras giraba hacia
Mariana. “¡Y tú, pinche vieja, ¿Qué te pasa?!
En medio del caos, Manuel alcanzó
a conectar un golpe certero en el pómulo derecho de Julián. El sonido del golpe
resonó en sus oídos, pero no lo escuchó realmente. Lo único que sentía era una
oleada de ira ciega. Se dio la vuelta y salió rápidamente, sin mirar atrás. Subió
al Tsuru con las manos temblorosas, y al arrancar, las lágrimas comenzaron a
correr por su rostro. Aceleró, atravesando las calles con el corazón hecho
pedazos. Cuando alcanzó la Avenida Insurgentes, enfiló hacia el norte de la
ciudad, con la cabeza llena de gritos y recuerdos rotos. En el estéreo, Paint
It, Black de los Rolling Stones comenzó a sonar, y la melodía pareció
encajar con su dolor.
Tras loa noticia, Manuel estaba
detenido en un semáforo de Insurgentes, a la altura de la México-Tacuba,
completamente absorto en la vorágine de su propio caos. Las horas se habían ido
diluyendo, pero él había seguido manejando sin importar mucho el rumbo, casi
como si buscara huir de algo que lo perseguía, sin saber exactamente qué.
Sacó el celular con manos
temblorosas y, por instinto, marcó el número de Mariana. El tono de llamada
resonó en sus oídos como un eco vacío hasta que finalmente ella contestó.
"¿Qué quieres?", dijo
su voz, fría.
Manuel tragó saliva, apenas conteniendo
la furia. “Que sean muy felices, hijos de puta”, soltó con la voz quebrada,
cargada de veneno. Antes de que pudiera decir más, él colgó, y se quedó mirando
la pantalla del celular apagada, como si eso pudiera darle alguna respuesta. Dejó
el teléfono en el asiento del copiloto, respiró hondo, y siguió su camino hasta
la México-Pachuca, sin un destino claro. “Vámonos a la chingada... o más
lejos”, se dijo a sí mismo en voz baja, sintiendo como la ciudad lo engullía
una vez más.
Manuel nunca volvió a la Ciudad
de México. Se alejó, dejando atrás todo: su vida, su dolor, y las sombras de
una traición que lo consumieron. Con el tiempo, encontró otros caminos, otras
ciudades, pero nunca supo qué pasó después. Jamás se enteró de que, años
después, Julián y Mariana murieron en el sismo de 2017, bajo los escombros de
un edificio en la Ciudad. Nadie le contó, y a él ya no le importaba. En su
mente, seguían siendo los fantasmas de una historia rota, perdidos en las
calles que jamás pudo dejar atrás.

Comentarios
Publicar un comentario