Manual de vuelo para oficinistas


Siempre he pensado que las mañanas grises son un mal augurio, un recordatorio celestial de que la vida urbana es un campo minado, y hoy no fue la excepción. La lluvia golpeteando en los cristales de las ventanillas y los charcos multiplicándose  en el asfalto, anunciaban el desastre, como si la ciudad quisiera ahogarse a sí misma. 

Antes de comenzar la travesía, revisé mi celular, las noticias pronosticaron mal clima, e incluso, el aeropuerto tuvo que cerrar sus operaciones por unas cuantas horas, causando caos y pánico entre los viajeros. Una vez que confirmé mis sospechas sobre el largo y tedioso día que me esperaba, me resigné y no les di mayor importancia, por el contrario, me apresuré a tomar mi lugar y clavé la mirada en un horizonte gris y melancólico.  

El inicio del viaje fue brusco, como si el personal al mando hubiera tenido deudas pendientes con toda la humanidad y, para vengarse, quisiera separarse del suelo con un gesto suicida. Yo iba incómoda, mirando por la ventanilla ese paisaje urbano que, aunque parecía sacado de una postal del fin de los tiempos, tenía algo de hipnótico: techos de lámina brillando como charcos metálicos, antenas de televisión convertidas en cruces torcidas, anuncios espectaculares de tristeza delirante, y un cielo tan bajo y cargado, que parecía la entrada a otra dimensión de la ciudad de México. 

Las malas compañías me persiguen, a mi lado se sentó una señora que mascaba chicle con el descaro de quien cree que sus mandíbulas son engranajes de precisión suiza. Masticaba con tal ritmo que pensé que podría marcar la pauta para una orquesta fúnebre. En otro asiento, un señor de traje intentaba leer el periódico, aunque la verdad, la turbulencia con la que nos movíamos convertía al acto de lectura, en un malabarismo imposible de lograr

- Pobre cabrón -

Pensé, mientras el tipo fruncia el ceño. Del otro lado del pasillo, un joven con ojos vidriosos, probablemente víctima de la resaca o del desamor, se tocaba el pecho como si hubiera dejado el alma en solitud y quisiera recuperarla.

Recordé entonces una máxima de Juan Villoro: Vivir Mata.

A pesar de lo bizarro del inicio de está crónica, todo parecía ir dentro de lo normalidad estadística ya vivida, sí es que la normalidad, puede incluir esa mezcla de ansiedad, humedad y cuerpos encerrados en un artefacto que vibraba más de lo debido.

El personal al mando anunció con voz solemne que no llegaríamos  “a tiempo” a nuestro destino. Yo sonreí: qué ridículo. En este país y en esta ciudad, nada llega a tiempo, ni el amor, ni el salario, ni siquiera los difuntos al panteón; aquí todo se retrasa por el mínimo detalle,  un chubasco, una marcha, un error burocrático. 

Pero me daba igual, las palabras ajenas que brindan esperanza o lo contrario me dan asco. Sobre todo, cuando se viaja suspendida en el aire, con los pies colgando de un futuro de hojalata. Pensé en mi jefe, en su sonrisa de absurdo contable, y me tranquilizó la idea de que si algo fallaba, al menos no tendría que soportar otra reunión sobre “como aumentar la productividad”.

El silencio fue la antesala del desastre. Luego ocurrió, un estruendo seco, como si alguien hubiera pateado un tambo metálico desde dentro. El aparato tembló, primero suavemente, como un escalofrío eléctrico, y después con la violencia estremecedora de quien se hace consciente de la muerte. Algunos pasajeros hicieron lo que dicta el manual de supervivencia urbana: rezar aunque no crean, llorar aunque no sientan, y culpar al gobierno aunque no venga al caso. Yo solo me sujeté fuerte de lo primero que encontré, mientras el estómago se me escapaba hacia los tobillos y sentí esa certeza repentina de que la vida es un chiste contado por alguien con pésimo humor.

A falta de preparación, los pasajeros improvisamos. La señora del chicle empezó a murmurar oraciones en un español atropellado, tan torpe que sonaba más a conjuros improvisados que a plegarias serias. El señor del periódico dejó de fingir interés en las noticias y lo usó para secar el sudor que le bajaba por la frente. Una niña más atrás preguntó con voz de azote celestial

- ¿Mamá, nos vamos a morir?- 

Todos callamos, porque la respuesta estaba flotando en el aire, más sólida que las nubes, más evidente que cualquier consuelo. Otra mujer abrió una bolsa de plástico, como si el oxígeno viniera en envolturas desechables, alguien más sacó un rosario de plástico fosforescente que brillaba como juguete barato, y un joven comenzó a grabar con su celular, convencido de que la posteridad necesitaba ver su rostro desencajado. 

Yo, por mi parte, sentí esa punzada absurda de enojo

- ¿justo hoy en mi cumpleaños, que había desayunado algo decente y que me había puesto el labial rojo, justo hoy me iba a morir?-  

Las luces titilaron como si fueran parte de una discoteca barata donde nadie quiere bailar. En algún momento, juré escuchar cómo se desprendía algo del fuselaje: una puerta. un tornillo, la dignidad colectiva, qué más daba. Y mientras la velocidad hacía su espectáculo, rematé

- Qué ironía, vivir en una ciudad hecha para la catástrofe y aún así sorprendernos de la caída - 

Era como si todos fuéramos recién llegados a la desgracia, aunque llevábamos años conviviendo con ella: sismos, inundaciones, políticos, nosotros mismos.

Los gritos se mezclaron con el rechinido metálico, componiendo una sinfonía grotesca. Una mujer aseguraba haber visto fuego en una de las ventanillas, otro juraba que era humo, y yo pensé que tal vez eran solo los recuerdos ardiendo de tanto miedo. 

Entre mareada y resignada, imaginé que mi epitafio sería algo así como: “Aquí yace una oficinista más”. Porque al final, qué otra cosa es vivir en esta ciudad: una tragedia lenta, adornada con bocinazos y anuncios espectaculares.

El impacto fue inminente. Cerré los ojos, no porque creyera que la oscuridad podía salvarme, sino porque me harté de ver la cara desencajada de los demás. El estruendo final fue brutal: un choque seco, un frenazo violento, el aire cortado en pedazos como si alguien hubiera rajado el cielo con un cuchillo oxidado. El olor se volvió insoportable: quemado, combustible, desesperanza enlatada. El tiempo se hizo una bola negra en el pecho, y por un instante, la vida entera se redujo a un latigazo de dolor y un silencio pesado.

Cuando abrí los ojos, el rompecabezas se armó de inmediato, el microbús verde en el que viajábamos, había perdido los frenos al ir de bajada, por una pendiente del circuito interior. El chofer con audífonos puestos y la mirada ida, había perdido el control por tratar de ganarle a otra unidad de la misma ruta.  

El estruendo había sido provocado por el impacto contra una unidad de carga pesada que terminó por arrastrar indefinidamente la micro que habíamos abordado frente al aeropuerto, en esa parada infame donde uno sube creyendo que va a llegar vivo a su destino. 

El micro quedó atravesado como un animal herido, y mientras algunos lloraban y otros corrían, yo pensé en voz baja, casi con alivio

- Esto fue solo otro día normal en la Ciudad de México. Aquí nadie vale un centavo…- 

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