Máximo Beneficio
Máximo Beneficio
El día que Pablo finalmente salió del hospital, tras una larga estancia de quince días, tuvo que soportar detenerse en el café, donde su acompañante, al que en adelante llamaremos “Dueño”, insistió en parar, justo a un costado de las torres de Satélite. Pablo conocía bien esos rumbos, le agradaba caminarlos, más aun, siempre se sintió feliz de poder pasar del otro lado del periférico y correr por el parque Naucalli, aunque desde hace un par de meses no lo había podido visitar por la enfermedad neurológica que desarrolló, extrañaba la sensación de salir corriendo de casa y ser capaz de volver por sus propios medios, orientándose únicamente por su propio rastro. El fin llega mucho antes de la muerte, el tiempo acaba el día en que ya no somos capaces.
Al llegar al café Pablo contuvo las nauseas y las ganas de vaciarle el estomago al mesero que se acercó a tomar la orden, lo que más anhelo en ese momento fue llegar a casa, el bullicio del lugar le resultó insoportable, sin embargo, tuvo que aguantar, optó por cerrar los ojos y ser paciente, recordó que nadie más lo había acompañado en el alta hospitalaria y en cierta forma le debía todo a “Dueño”, además, solamente él estuvo a su lado durante esos días, no así ella, quien no puso un pie en el hospital debido a responsabilidades que Pablo nunca pudo entender, durante todos sus años juntos siempre la vio marcharse y muy pocas veces la pudo acompañar. Más que nunca, le resultó curioso que al inicio de su relación “Dueño” se opuso rotundamente a que Pablo llegara a vivir con ellos, aun más increíble, que durmiera con ella y que en el momento más sensible de su vida fuera él quien lo acompañara. Pagar el boleto del viaje no te garantiza llegar a destino.
“Dueño” se pidió un expreso doble, Pablo se sentó a su lado, paciente y sin reclamos lo observó hacer un par de llamadas, escuchó comentarios relacionados a malas noticias, pero fiel a su costumbre, Pablo no les dio importancia, su mirada gris se distrajo con la bicicleta que pasó a toda velocidad, su oído perfecto advirtió a la ambulancia que circulaba en sentido contrario y el olor de los platillos que se degustaban a su alrededor le hicieron perder la paciencia inicial, por lo que bien debajo de la mesa y de forma disimulada le hizo un aviso a “Dueño” para que se retiraran, no recibió respuesta. El lenguaje es una forma rara de mal entendernos.
Sin muchas opciones Pablo esperó, fue entonces que de lejos pudo advertirla, levantó un poco la cabeza, afinó la mirada y discreta pero atentamente observó en la banqueta contigua la fastuosidad con la que su vecina se mostró y caminó por el rumbo, Pablo siempre la había deseado, aunque jamás se atrevió si quiera a dirigirle un saludo, un gruñido o algún ruido para que ella lo notara, Pablo se mordió los labios y volvió la atención a “Dueño” quien se dispuso a pagar la cuenta. Despertar no siempre significa estar vivo.
Cuando se levantaron de la mesa y volvieron al automóvil, Pablo guardó silencio y empezó a recapitular por el final. La última noche que estuvo en casa los había escuchado discutir por todo, por lo más mínimo y por lo menos importante, llevaban años así, atrapados en un guion redundante, mismas personas y mismos horarios, Pablo se sentía impotente de no poder aportar algo para mejorar las cosas, no por lo menos de una manera entendible. Su rutina en aquel hogar se limitaba a despertar, esperar por el desayuno, mirar por la ventana, avisar de algo sospechoso, tomar una siesta, salir al patio, esperarla. En lo efímero del momento radica también la eternidad.
Para no variar la congestión vehicular fue insoportable, Pablo se acordó entonces de su casa, lo que quedaba de aquel espacio, lo que quedaba de él y lo que le sobraba así mismo, la misma comida todos los días, el mismo cojín para dormir, la misma soledad nocturna a su lado, la misma caminata en las mismas calles, los mismos reclamos, los mismos años que llevaba planeando la fuga, su lugar en la mesa, en la sala, en la habitación, quizás pronto alguien más lo ocuparía, no le importó, recargó su cabeza y fingió dormir el resto del viaje. Cerrar los ojos es crearse otra realidad.
Pensó en ella, en todo el tiempo que habían estado juntos y en las razones por las que no quiso visitarlo en el hospital, Pablo fue preso de la angustia e imaginó la posibilidad de haber muerto para darle una lección, estuvo seguro de que en tal circunstancia ella lo extrañaría, o quizás no, quizás ella ni siquiera lo notaria, pues ya antes la había visto demostrarle cariño a otros como él, incluso en su presencia. La verdad era muy diferente, pero cada quien entiende lo que puede o prefiere entender.
Al llegar a casa bajó despacio y con ayuda, el olor del jardín le recordó que era uno de sus espacios favoritos, pues hubo un tiempo que disfrutaba de ejercitarse en ese lugar mientras el olor a pasto le saturaba la nariz, le gustaba tanto que a veces y a escondidas lo mordía para luego vomitarlo, todos en casa lo tomaban por loco. Pablo pensó que ella bajaría a saludarlo, pero no fue así, ni siquiera estaba ahí, así que un tanto melancólico se acomodó en su lugar para probar algo de alimento, apenas un poco acompañado de agua simple, al terminar le ayudaron a recostarse y se quedó profundamente dormido. El paraíso onírico, donde todo puede ser.
El día de la vuelta a casa fue triste, Pablo sabía que había tenido mejores días y sentía nostalgia por ellos, no estaba de humor para nadie y los ruidos naturales le resultaron todo un martirio ¿de verdad tenían que prender la licuadora? ¿No podían tomar sus alimentos sin hacer tanto ruido? Y el televisor ¿tenía que estar a un volumen tan alto? estar en su hogar nunca le había resultado tan incomodo, como si la parte etérea de él mismo estuviera reclamando el final.
Pablo miró a todos con la intención de destrozarlos, se paró lentamente y se dirigió a otra habitación en busca de un poco de calma, sin pensarlo fue al cuarto de ella, quiso oler su ropa, estar cerca de sus cosas, sentirla entre sus pertenecías y entre su forma de estar ausente, se preguntó si podría dormir con ella esa noche, pues no sabía cuales habían sido las recomendaciones médicas al respecto. Lo peor se preparó para entrar en escena y Pablo no estaba enterado, o fingió muy bien, igual que todos.
Pasaron dos horas como si no hubieran pasado nunca, sonó el timbre, era ella, entró haciendo su clásico desorden, subió corriendo las escaleras, tiró el suéter del uniforme y gritando su nombre lo buscó, Pablo la miró entrar al cuarto, le sonrió a su manera, recibió su abrazo y su cariño, todo había quedado en el pasado, sus dudas, sus teorías, los quince días metido en el hospital, incluso su vida. Estuvieron tendidos en la cama por largo rato, Pablo no hizo otra cosa que escucharla y olerla. Pero todo termina, al cabo de una brevísima eternidad “Dueño” le pidió a su hija un momento para platicar, aprovecharon que Pablo dormía y se sentaron a la mesa del comedor para hablar de la más cruda y sórdida realidad, la verdad era que habían dado de alta a Pablo por máximo beneficio... y así fue, durante la noche convulsionó por última vez, mientras ella, Saraí, su dueña y compañera trató de ayudarlo sin éxito, a gritos llamó a sus padres, quienes tomaron el cuerpo de Pablo, el Schnauzer color plata, que había llegado a la familia tantos años atrás a regañadientes, para llevarlo de urgencia y por última vez a recibir atención. Los finales felices tendrán que esperar.
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