Diatriba Ácida del Fin de la Infancia

 

Diatriba Ácida del Fin de la Infancia

 

“Oh Señor
En agradecimiento por todos los bienes y los males
Que traes a nuestras vidas
Brindo con el vino del éxtasis de mis orgasmos
Que tanto me acercan a ti”

Javier Corcobado

 

Entendería perfectamente si después de leer la introducción a este relato, usted se negara a continuar. Pero para los que han decidido quedarse, aquí mis palabras, infames y trepidantes:

Usted puede ser muy listo, tener mucho dinero, haber alcanzado logros académicos importantes, vivir en un lugar con todas las comodidades y tomar el mejor de los vinos, pero inevitablemente a todos nos llega la noche más fría, la más larga y la más solitaria, la noche donde tenemos que enfrentar a nuestros demonios, a nuestros miedos más profundos, a nuestras pesadillas más terribles, a nuestros deseos más indecibles y peor aún, a nosotros mismos.

Si a usted no le ha ocurrido, no se preocupe, le ocurrirá, téngalo por seguro, es absolutamente necesario y no habrá divinidad alguna que lo pueda salvar. Entonces usted sabrá de que está hecho, o talvez no, entonces ese será su día, o tal vez no, por cuestiones de inadaptabilidad o de selección natural, pero no me haga caso, probablemente se sienta más cómodo pensando que una oración es la respuesta, y esta bien, si eso le funciona. Tampoco se ofenda, recuerde que esto lleva por título “Diatriba Ácida del Fin de la Infancia”, aunque más que nada, es una descarga de coraje y ganas de romperle la madre al mundo.

No se alarme, no he perdido la razón, o por lo menos no me han llegado noticias de que así haya sucedido, pero piénselo, cualquier día a usted le  pueden arruinar el día de varias formas posibles, por ejemplo, puede llegar usted al Oxxo para realizar una transacción rápida, como comprar un par de cervezas o una cajetilla de cigarros, para descubrir que, el “Pendejete” de adelante en la fila, hará dos depósitos, tres recargas y además está preguntando por el alimento de perro enlatado que tiene enfrente de su jeta, pero no es capaz de ver, hijo de puta,  o quizás usted se levantó de buen humor, se preparó un café, empezó su rutina y descubrió que el fisco le demandaba pagar mas impuestos, que su médico le detectó una enfermedad terminal, que ya no tolera los lácteos o que el perro ha escarbado en la basura toda la noche. Qué más da, el fin de la paciencia se presenta siempre de formas asquerosas e inverosímiles.

Nada nos salva del juicio del tiempo, todo es inevitable, pero efímero también, afortunada y desafortunadamente, porque uno quisiera poder mantener latentes momentos como la risa de un bebé, el olor de su cuerpo, la marea baja de aquellas vacaciones, el final del libro que marcó la adolescencia, aquel gol que ganó el campeonato, el recuerdo de un padre cuando todavía era un padre y el alcohol no lo había convertido en un fracaso miserable.

Así que si logra despertar a la noche más amarga, quizás tenga una oportunidad, pero no sea común y corriente, tenga por seguro que no habrá una divinidad suprema que venga a reconfortarle, estará usted, ¡sí! Usted, en medio de la soledad, con apenas las fuerzas necesarias para darse cuenta y verlos llegar, a susurrarle al oído palabras que no quería escuchar, pero que son brutalmente necesarias y para las que ojalá tenga usted las lágrimas necesarias en donde poder limpiar el alma.  

Pasemos a la carnita, personalmente la he vivido en un par ocasiones, pues al parecer no es limitativa de suceder en única ocasión, ni tampoco es garantía de dejarle a uno enseñanzas duraderas, pues sin temor a equivocarme,  uno siempre encontrara la forma de caer en el mismo traspié, o usara la imaginación para crearse nuevos abismos, en fin, le cuento, hace ya casi dos décadas que me fui de casa por primera vez, una tarde agarré mis cosas y me largué a la mierda,  llamé a un amigo, le pedí ayuda y me fui, sin nada más que mi orgullo en el bolsillo derecho… pero la noche se encargó de hacerme ver mi suerte en un camión, que de madrugada me llevó de ciudad Satélite hacia las afueras de la urbe después de haber estado “mesereando” en un restaurante que ya no existe  en Mundo E, y no porque me hubieran lastimado, sino porque el frio de estar solo, sin siquiera uno mismo, es más dañino que una sobredosis de “Gansitos Marinela”.

Qué estupidez, cuando uno tiene 19 años, no hay futuro que pueda venir con amenazas ni mordazas para amagarlo a uno, no hay tiempo, no hay consecuencias, o por lo menos no las habías para mí y honestamente no le creo a nadie que afirme haberlas tenido a esa edad. Uno debe alejarse de la voz de la experiencia tan pronto como le sea posible, o se corre el riesgo de caminar sobre las huellas de los hierros heredados en la genética de aprender, uno debe de salir a contradecirse, a equivocarse en nuevos territorios o planteamientos, uno debe de buscar la identidad.

Curiosamente hoy tengo un sentimiento parecido al que me llevó a irme de casa en ese entonces, pero esta vez no soy yo el que se tiene que aventar a la vida para mentarle la madre,  porque no hay de otra, o la agarras por los cuernos, o te pasa por encima definitiva, absurda y bulliciosamente, y también es curiosa la forma en que uno afronta las cosas con el pasar de los años, cada vez importan menos, cada vez son más lejanas y distantes, cada vez son más transitorias, igual que  los momentos que te pueden lastimar, igual que los amigos que se quedaron el camino, ya sea en la Colonia Electricistas o en Ciudad Azteca, cada vez los pasos que uno dio son más lejanos y menos pesados, cada día se va uno  deshaciendo poco a poco del exceso de lo que sea.

No se vaya, la segunda vez fue surrealista y digamos de alguna forma reciente, inverosímil en todos los sentidos, cuando lejos de mi ciudad estuve a punto de autodestruirme, pero no se preocupe, no lo aburriré con detalles, abreviare, porque tampoco es que me agrade remontar al hipocampo y a la corteza prefrontal a esa época…

Llegué a una casa literalmente llena de polvo, cubierta de polvo hasta el ultimo rincón, casa de un amigo que hasta la actualidad es uno de los pocos que merece el título de serlo, y no, no me pregunte detalles de cómo ocurrió o de cómo el polvo se apodero de aquel hogar, el punto es que con lo poco que era yo, desempaqué para luego ayudarle a limpiar, para luego estar aproximadamente dos semanas reflexionando nauseabundamente entre cerveza y tabaco, donde todo tipo de pesadillas vinieron de noche y se presentaron ante mí para sacudirme, para abofetearme, para recordarme quién carajo era yo.

Usted se preguntará a dónde va todo esto, bueno, no lo sé, ahora mismo maldigo todo, maldigo del alto cielo, como dijo Violeta Parra.

 

 

 

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