Inventario del Miedo

 

Inventario del Miedo

Sin temor a equivocarme es una frase que se pronuncia cuando uno está a nada de cometer una pendejada mayúscula, bueno, este no es el caso y es la excepción que hace a la regla, pues sin temor a equivocarme, les digo que en todo intento de crónica, siempre se llega al punto en que se debe abordar el tema del terror, del cuento de miedo, de las historias de los abuelos y de la media noche solitaria y lúgubre, aunque no debemos confundirnos, aclaro que no soy un hombre de creencias sobrenaturales, de hecho, no creo en casi nada ni nadie, desde mi perspectiva no hay un plan divino, un destino o algo más allá del momento que nos toca vivir, ojalá me equivoque, porque hay momentos que francamente, sí deberían ser eternos, ya veremos, aclaro también que no pretendo influenciar a nadie con mi modo de pensar, si es que así se le puede llamar, y que tampoco trato de abrir debate alguno, pues tengo bien presente que, mi punto de vista no es más que el otro lado de la moneda de un atavismo que ha cruzado generaciones enteras y sobre el cual no tiene caso alguno argumentar, “Cada loco con su tema” dijo el maestro Serrat y me quedo con eso, más me vale.

La cuestión es que a pesar del escepticismo universal, en esta ocasión quisiera hacer un inventario de situaciones extrañas que me han ocurrido, más que nada para rescatarlas del baúl de la memoria y no tanto para que las crean, situaciones también de cosas que me contaron mis abuelos o mis padres y que se contaron en la sobremesa de una noche en que se fue la luz o en que jugábamos cartas y la bohemia derivaba en la memoria fantasmal de los presentes, situaciones que no tuvieron explicación o a las que no les di el tiempo suficiente para buscarla, circunstancias que en ocasiones le ocurrieron a alguien más y que en su momento marcaron los miedos de mi infancia, como ese miedo a subir a la azotea o a dormirme solo en una habitación, como el miedo a cruzar aquella calle de madrugada o salir a tal hora, y es que los relatos de terror son un imán para mí, me atrae la sugestión y el hecho de poner en duda todo lo que me estén contando al respecto.

No creo que sea casualidad,  tampoco causalidad, todo viene de aquellas ocasiones en que en la cocina comedor donde nos reuníamos y donde nunca más nos volvimos a reunir, se empezaba a hablar de ruidos, de voces, de sombras y de objetos que cambiaron de lugar, de ecos y quejidos, de aparecidos y cambios de temperatura, de gritos en la madrugada de San Juan, de amaneceres en la nopalera, de muertos que desaparecieron al apagarse la luz de las veladoras en el monte, de linchamientos de brujas descubiertas a la mitad de su trance, de dinero que hacía ruido y se transformó en polvo, de juguetes moviéndose por si solos, de saludos en la calle a personas recién muertas, de luces en el camino que acabaron por extraviar a más de uno, de sueños de amigos que vinieron a despedirse y de tumbas profanadas, además, desde que el “Doble crimen en la calle de la morgue” me encontró en la secundaria, sentado en un pupitre verde bandera y escuchando al profesor de literatura leer a Edgar Allan Poe, me interesé mucho más por lo relatos del género. Dejarnos al final de la clase queriendo saber más y con ganas de que no llegara el titular de matemáticas para poder seguir escuchándolo era la regla de la materia de literatura.  

- Me caes bien Rodríguez, por sincero – Me dijo una de las últimas veces que vi a Pacheco.

Vamos pues sin rodeos, porque la modernidad se ha llevado a los fantasmas a un limbo incierto, quizás parecido al que fueron a parar las casetas telefónicas, las cartas, los pactos de amistad, los trompos y los buenos modales, ellos nos miran desde el olvido, nos observan y nos hacen preguntas que ya no escuchamos, nos gritan en vano y en silencio verdades que jamás sabremos, se han cansado de hablarnos en la oscuridad,  de tocarnos a la mitad de nuestro descanso, de habitar debajo de la cama, de guardar su esencia en los rincones, de mover las cosas de lugar, principalmente porque nuestra prisa nos ha vuelto lerdos, seres incapaces de notar las diferencias y sus significados. No hay vuelta atrás.  

Tratare de llevar un orden cronológico, pero no prometo rigurosidad total, porque todo vendrá de un acto de recodar y viniendo de la evocación, todo puede o no ser posible, créanme, los primeros en mentirnos somos nosotros mismos, pero ese no es el tema, mis encuentros “paranormales” empiezan cuando aún no tenía conciencia de que estaban ocurriendo, es decir acababa de nacer, y mi madre, a la que le han tocado varios de ellos, cuenta que en la habitación del hospital donde se recuperaba de la cesárea que me trajo al mundo, fue visitada por la famosísima “Planchada”, que con su uniforme impecable le ayudó a   revisar sus signos y arroparla bien, ya saben, clásica historia, mi madre le da las gracias en el turno matutino al personal por la atención nocturna, a lo que el personal responde que no hubo nadie de guardia y procede a persignarse,  quizás el metabolismo de la anestesia hizo que mi madre tuviera una alucinación, aunque en favor de la veracidad de su relato, su acompañante de cuarto de recuperación, también vio a la enfermera nocturna. Vaya usted a saber a cuantos pacientes haya ayudado la bien presentada enfermera.

Ya entrados en el tema, le sigo en la época en que yo era un lactante y vivíamos en el último piso de la casa de mis abuelos paternos, lugar del que más adelante hablaremos porque no se queda atrás en la materia. Mi padre se encontraba aun estudiando la carrera, por lo que esa noche se había ido de guardia al hospital (o eso dijo, nunca lo sabremos) y nos había dejado solos a mi querida progenitora y a mí. Todo bien, todo normal y fluyendo,  hasta que ya entrada la noche mi madre cuenta que, estábamos dormidos y hacía mucho viento, cuando de repente le tocaron la puerta del departamento de manera estrepitosa, puerta que  como estaba hecha de metal, provocó un ruido estridente, mi madre asustada y pensando que ya había amanecido, se dispuso a ver quién llamaba, pero justo antes de abrir, un escalofrió le advirtió a revisar la hora, dos de la mañana, por lo que ya no abrió y se abrazó al bebé que dormía a su lado, ósea un servidor. Es probable que ambos quedáramos atrapados para siempre en una dimensión del más allá, y todo por no abrir la puerta. Ya no importa.

De lo siguiente que me acuerdo en este inventario del miedo (o de la risa, como usted quiera) es que cuando nos mudamos con mis padres y mi hermano a la casa que nos vio crecer, fuimos víctimas de toda clase de ruidos y espantos. Cuentan mis papás que por las noches los cajones no dejaban de sonar, por lo tenían que levantarse para revisar si todo estaba bien en la habitación, pero a pesar del ruido, nunca encontraban nada, más que a mi hermano y a mí profundamente dormidos. Al parecer el espíritu responsable de tal desmadre había perdido algo en los muebles y quería recuperarlo, nos ha pasado a todos, abres un cajón y y te encuentras la cartilla del servicio militar, las llaves de quien sabe que puerta, calcetines sin pares, partes que alguna vez pertenecieron a un todo, pero que ahora forman parte de la basura del olvido, es lo que es y no hay esperanza de remediarlo. También recuerdo que fue en esa época en que mi padre solía rezar el rosario (hágame usted el favor), por lo que un día estando solo en la casa y muy metido en su oración, empezó a escuchar a su alrededor voces que rezaban con él, para luego abrir los ojos y descubrir que estaba acompañado de varios familiares que ya habían fallecido y que lo custodiaban en su oración.

-          ¡Puta madre! – debió haber dicho mi papá, la verdad no se me ocurriría decir otra cosa en tal situación ¿y a usted?

Bueno, las cosas llegaron a tal grado que de inmediato se llevó al sacerdote para aventar agua bendita en la casa, acción que tuvo resultados nulos, pues los ruidos continuaron, así que, en la desesperación, se realizó una limpia en el inmueble, no recuerdo exactamente cómo o quién, pero sí que se prendió un anafre en el interior, se humeó toda la casa y se habló de forma sensata con nuestro roomie de ultratumba.

-          Llégale hijo de la chingada -  

El resultado fue digamos sui generis, aunque efectivo, pues al otro día de la limpia, una de las paredes amaneció llena de insectos muertos y los ruidos pararon, aunque de vez en cuando los vecinos nos preguntaban que quién era la mujer que se paseaba por las noches y que ellos veían desde la ventana pasar por toda la casa, qué metiches, la verdad.  Pero ahí no acaba la cosa, en esa casa también vi a mi abuelo poco después de que él muriera y de manera similar, vi a un amigo que falleció de forma nada amigable y al cual le agradezco haber venido a despedirse el día en que lo estaban velando, no entrare en detalles, en cambio les diré que poco a poco los eventos extraños se fueron retirando o ya no los notaba como antes, porque todo corre el riesgo de volverse rutina y ya lo saben, no hay nada que hacer.

Recientemente recuerdo que mi familia me contó haber visto a nuestro perro en una de las ventanas y a que a mi hermana le trataron de abrir la puerta de la azotea mientras ella estaba haciendo no sé qué, por lo que al estar sola y escuchar que trataban de entrar, pensó que quizás alguien quería ingresar a robar y se salió de la casa a armar un mitin histérico en medio de la avenida.

-          ¡Arrepiéntanse pecadores! – me imagino que debió gritar mi hermana mientras sacudía a los peatones que pasaban por la calle.

Luego de tranquilizarse y ver que no había ingresado nadie, revisó la grabación de la cámara que vigila esa puerta y nada. Desde entonces le pido un antidoping mensual, pero sabe consumir para no ser atrapada. Pienso que fuimos muy felices en esa casa y en esa época, y que esa fue la razón por la cual los fantasmas que la habitaban, hicieron las maletas y se largaron a molestar a alguien más. Es mejor para ellos.  

Les decía también que en ambas casas de mis abuelos espantan, porque de alguna manera, ambos domicilios son mansiones embrujadas que están construidas sobre cementerios antiguos y aunque ya lo dije, lo repetiré, no hay nada que hacer al respecto, persona que entre, persona que será espantada, tanto así, que de parte de ambas familias hay material para hacer una colección que bien podría ser publicada en “sepan cuantos”, vamos a ver de qué me acuerdo;

Empezare por la casa de mis abuelos maternos, que está en el centro de un pueblo con mucha historia y tradición, donde además no faltan los relatos de miedo, desde la llorona que pasó por la calle principal asustando a todo el pueblo, o la bruja que trato de robarse a un bebé y fue sorprendida tratando de apagar un foco con su pico de guajolote, pasando por el callejón en donde te llamaban si pasabas muy de noche, o la casa donde se había asesinado a una familia entera y toda clase de espantos corrían a los que llegaban a rentarla, y es que no es para menos, porque en dicho pueblo pasó el cólera, pasó la revolución y pasó el tiempo, dejando una amplia variedad de leyendas en sus habitantes, que para los fines y alcances de este relato sería demasiado ambicioso tratar de contarlos todos, así que solamente me referiré a las cosas de las que tengo memoria inmediata y que ocurrieron en la mencionada casa, dejando para otra ocasión la vez que mi papá descubrió un entierro en vasijas de barro en el terreno contiguo.

Recuerdo a mi abuela contarnos la historia de los trastes que se “cayeron en la cocina”, al parecer la cosa estuvo así, una noche en que todos estaban tranquilos y durmiendo, escucharon un ruido fuerte de cosas que se caían en la cocina, por lo que bajaron de inmediato para verificar, ya me imagino a mi abuelo bajando las escaleras en chinga y con pistola en mano, ósea, preparado con un arma de fuego, para que me entiendan, simplemente para descubrir que todo estaba en su lugar y que no se había caído absolutamente nada.

- Nos están sonando el dinero- Comentó la señora de Rojas Morlan.

Y según yo, el dinero sonó otras muchas veces, pero nunca se animaron a escarbar la cocina en busca del tesoro que habrían dejado los revolucionarios a su paso, sobre todo porque cuando se atrevieron a tomar las palas, lo que encontraron fue el mencionado entierro en vasijas, pero ya les dije que esa es otra historia y no hablaremos de ella, aunque me ponga esa cara de reclamo estimado lector. Un día conseguiré los permisos necesarios para escarbar y veré lo que me encuentro.

Les cuento otra de esa casa, miren, en cierta ocasión en la que yo tenía alrededor de unos veinte años, me acerqué a la ofrenda de muertos que se encontraba colocada en memoria de los bisabuelos, todo para prender un pinche cigarro, de inmediato fui reprendido, pero fiel a mi nula creencia, no hice caso y prendí el pinche cigarro, entonces me di la vuelta para salir al patio a fumármelo, cuando una guayaba salió disparada de la ofrenda y me golpeo en la espalda, ante la mirada de todos los que estábamos reunidos. Es posible que a mi bisabuelo no le gustara nada la profanación de su ofrenda y al no dejarle otra opción, se fue contra mí a guayabazos, yo me lo busqué, aunque he de confesar que esa casa siempre me ha dado miedo, estoy seguro de que el ropero de la habitación de invitados guarda una maldición antigua, que en la oscuridad de la alacena habitan fuerzas más allá de nuestro entendimiento y que sea quien sea la persona que asusta en el departamento trasero, no le gustan los inquilinos. Al final, en todo el pueblo espantan y es factible que la calaveras que me cuenta mi abuelo que veía arrumbadas en la iglesia, se hayan cansado del olvido y tomaran la decisión de salir a las calles para festejar a la muerte entre los vivos.

Por otro lado, la casa de mis abuelos paternos está llena de nostalgia y de una carga sentimental tremenda, donde sin importar en que habitación nos encontremos, hallaremos voces y ecos del pasado que de inmediato reclamaran un tiempo mejor, que desafortunadamente también fue archivado en alguna carpeta extraviada para siempre, así pues, el sonido del martillo y el serrucho nunca se irán de ahí, la risa infantil siempre le asaltara en el momento de más distracción, la mirada desde las ventanas de los cuartos del segundo piso siempre estará pendiente de quien llega y quien se va, los inquilinos verán entrar a esa señora de blanco que visita la casa cada que estamos por despedirnos de algún familiar, el closet mantendrá su olor intacto y las paredes nos recordaran de cuando en cuando algún sonido que en otros tiempos era natural.

-          Ve a descansar y déjame descansar viejo – pronunciara Sofia en la oscuridad de su cuarto.

Mientras los que aún se quedan hacen todo para recodarnos que algún día vivimos, nos reímos, lloramos y fuimos de ahí, en fin. La primera situación extraña ya se las conté en uno de los párrafos anteriores, en donde el desesperado fantasma se quedó afuera en el patio, a pesar de su llamado exasperado, la segunda tiene que ver con mi amigo “imaginario”, con el que solía  jugar en los años en que yo tenía tres años y en los que mis padres me veían jugar y hablar con, digamos nadie, pero siempre interactuando como si ahí hubiera estado alguien, ya se, me faltan varias tuercas desde muy pequeño, eso es lo más lógico, pero lo cierto es que  yo lo veía y lo escuchaba, aunque con el pasar de los años, su rostro, su voz y su memoria se han ido borrando de la mía, ya lo había mencionado, nada permanece intacto, todo se evapora, todo se disuelve, e irremediablemente deje de verlo, hasta que ya con  más edad, ocurrió en otra ocasión que me encontraba escuchando música con mi hermano y un primo en una de las habitaciones del segundo piso, teníamos el volumen bastante alto y sin embargo alcanzamos a escuchar que en la sala del departamento lloraba un niño pequeño, por lo que de inmediato salí a revisar, pensando que mi hermana, que para ese entonces tendría unos 4 años, se había subido sola y al verse perdida, habría roto en llanto, pero no, nadie en la habitación y los tres nos quedamos viendo con cara de asombro, lo entendimos de inmediato, apagamos la música y nos fuimos del cuarto, tal vez al pequeñín que habita ese espacio no le gustó el unplugged de Nirvana que estábamos oyendo, o tal vez sólo quería volver a jugar conmigo, al fin y al cabo, fui yo el que crecí y me olvide de él, como suele pasar con las cosas cotidianas.

Queda mucho por contar, creo que una segunda parte será necesaria, aún restan las situaciones que se presentaron durante mi estancia en Coatzacoalcos, en la clínica del DIF de Agua Dulce, construcción de época Porfiriana, en donde tuve uno de mis primeros trabajos y donde también me tocaron varios sustos, faltaría mencionar la vez que un retrato fue lanzado al piso en la casa de Querétaro, anunciando la muerte de un tío de mi esposa,  pero de momento es todo, la memoria me traiciona y debo poner mis ideas en orden para recordar el cuándo y el cómo, además, el hombre de sombrero negro que me acompaña a escribir estas líneas, me dice que es hora de terminar.

-          No más café por favor, son las 3:33 am y debemos dormir –

 

 

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