Aguas Residuales
Su evidente vocación científica, siempre le impidió caer en el embuste de lo llamado irracional. Hombre de alto raciocinio y disciplina inquebrantable, que invirtió mucho de su tiempo, en acercarse a las predicciones teóricas sobre la existencia de los bosones y la cromodinámica cuántica. Titular del departamento de física y matemáticas avanzadas en el Instituto Politécnico Nacional. Heredero de los colores y de la filosofía. Profesor de rutina inalterable, que perdió a su padre durante el terremoto del 28 de julio de 1957, que derrumbó varios edificios del Casco de Santo Tomás. Persona solitaria, que vivió con su madre hasta la mayoría de edad, y que terminó de conocer al que había sido su figura de autoridad, a través de fotografías y recuerdos vagos que solían visitarlos a la hora de la cena.
El afán de explicar cada faceta de su vida de
manera lógica, lo llevó frecuentemente a existir de mal humor y a aparentar ser
olvidadizo. Sin importar que se tratara de la ecuación de
Rayleigh-Plesset, describiendo el comportamiento de la ebullición en el café matutino, o la
complejidad abstracta de la investigación científica, su mente siempre divagó
ante la más mínima manifestación matemática. Fue este hecho, el que le impidió
darse cuenta de las primeras ocasiones en que el agua apareció de manera
incomprensible.
Ricardo Cáceres siempre se levantó a la misma
hora desde que abandonó el domicilio de su infancia. Mismo que había habitado durante
dieciocho años, allá, por el rumbo de la Portales. Los recuerdos de su mocedad,
eran un archivo que de cuando en cuando, lo hacían sentirse triste, sobre todo,
aquellas tardes dominicales sigilosas y plomizas.
A las seis de la mañana dejaba la cama, encendía
el primer cigarrillo y luego tomaba un desayuno breve. Dos vasos de agua, una
taza de café negro, arroz y un par de huevos revueltos. Enseguida se daba una
ducha y se vestía para salir a la universidad. Así lo hizo durante más de
veinte años, hasta que la solubilidad de la vida, lo alcanzó.
Nunca formó parte de movimientos estudiantiles,
siempre los consideró inútiles. En cambio, por aquella época en que estaba finalizando
sus estudios de licenciatura, el enfoque que le dio a sus días, fue el de
entender la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales en un marco
matemático consistente. Evidentemente y en consecuencia, Ricardo Cáceres siempre estuvo alejado
de la sociedad.
Su compromiso con la física fue
total, y una vez que ingresó a las filas del Politécnico Nacional, ya nunca las
abandonó. Sentía la necesidad de continuar la obra inconclusa de su padre. Su
mayor interés hacia el mundo exterior, fue el de explicarlo matemáticamente. La
vieja pizarra de 1.2 por 3 metros, así lo pudo constatar. Todas las tardes,
derrochaba una cantidad inverosímil de ecuaciones y soluciones para las mismas.
En la mayoría de los casos, tales asaltos matemáticos terminaban por borrarse,
salvando de vez en cuando, unas cuantas que acababan anotadas en su bitácora personal.
La tiza, el borrador y su cajetilla de cigarros, por mucho tiempo fueron la única
compañía consistente.
Después de terminar su
licenciatura y posteriores estudios de especialización, se adjuntó como
profesor versado de su campo. La fama de gran sabio rápidamente le llegó, y las
materias que el profesor Cáceres impartía, muy pronto se distinguieron por ser
el punto de inflexión para muchos de sus estudiantes.
Una vez terminado su quehacer académico,
la rutina se extendía más allá del aula. Guardaba papeles y tareas en un portafolio de
cuero café, que llevó al hombro por una buena cantidad consecutiva de años. Luego
salía del salón, caminaba a paso rápido hasta su automóvil. Una Datsun Guayín color
crema. Conducía por el circuito interior hasta encontrar Marina Nacional, donde
se desviaba para adentrarse en la colonia Pensil y la calle de Lago Alberto.
Esa fue su ruta por mucho tiempo. Trayecto casi litúrgico, que se vio
interrumpido pocas veces, como la tarde del 19 de enero de 1980, cuando le
informaron de la muerte de su madre. Este evento más que entristecerlo, lo
alivió. Ya no la vería sufrir en su lucha contra la leucemia linfocítica crónica,
que la aquejó por casi una década.
El tiempo pasó para el profesor Cáceres,
sin que este fuera consciente de la velocidad, con la que estaba transitando la
vida. Dar cátedra, regresar a casa, preparar café, encender tabaco, beber
brandy.
Fue once años después de su gran
pérdida, que el primer aviso apareció, sin que el físico le diera relevancia
alguna. Ocurrió en una tarde agonizante del mes de noviembre de 1991. La cátedra
había dado un giro interesante hacia explicar el efecto Hall. Sus alumnos
guardaban silencio, mientras Ricardo, de espaldas a ellos, anotaba números de
memoria sobre la antigua pizarra verde. Una escena típica de las clases del
profesor, que, en un momento dado, se detuvo de forma abrupta y corrió a buscar
el borrador en el cajón superior de su escritorio metálico. Nada fuera de lo
normal para sus discípulos, que lo miraron hacer lo suyo. Al introducir la mano, Cáceres halló los
restos húmedos de papeles que ahí guardaba, como si alguien hubiera derramado algún
líquido sobre ellos. Su cólera fue total. Lo interpretó como una mala pasada de
sus estudiantes y decidió dar por terminada la clase. Salió furioso del salón maldiciendo
improperios, se dirigió hasta la oficina de decanos, donde encendió un cigarro
y dejó que el humo lo dominara. Después volvió a su casa, abrió una botella de
brandy Fundador y encendió el tocadiscos, desde donde un viejo acetato,
reprodujo la voz de Julio Jaramillo.
“No le digas a nadie como te
quiero, Hazle creer al mundo que no es así…”
Después del primer encuentro con
el agua, ocurrieron otros tantos a los que no les dio jerarquía alguna,
principalmente, por lo insignificantes que estos habían sido.
Luego ocurrió lo inesperado, en una
ocasión se encontraba deambulando sobre la calle de Donceles, tentando a la
suerte en las librerías de viejo. Cáceres trataba de encontrar alguna edición,
por vieja que fuera, del libro de problemas de física matemática, del profesor
Budak. Llevaba siete colecciones ya revisadas, pero el destino aun no le era
favorable. Salió de la última librería
frustrado, caminó hasta la esquina con republica de Brasil y se detuvo para
esperar al tránsito vehicular. De manera inconsciente, metió su mano al
bolsillo interno del saco de lana café, donde encontró de nuevo el exceso de humedad.
Una sacudida a la realidad, fría, extraña, ajena y forastera, que de inmediato
le hizo apartar la mano del bolsillo, como si algo en el interior le hubiera
quemado la piel. Luego se quitó el saco para revisarlo. Las personas a su
alrededor lo miraron desconcertadas, como observando la conducta errática de un
animal durante un eclipse total. El profesor trató de recordar en qué momento
había podido ocurrir tal incidente, pero su mente no fue capaz de conducirlo
por los caminos lógicos de siempre. Entonces sobrevino una sed asquerosa, que
ya no lo dejaría en los próximos días y que tampoco sería saciada, hasta el
momento de la disolución total.
Irascible y sin haber encontrado
el anhelado texto, emprendió el regreso a su refugio. Las calles del centro le
provocaban una añoranza enigmática. Siempre supo que la vuelta al pasado era viable,
por lo menos bioquímicamente, a través de los recuerdos, pero altamente
innecesaria. Para este punto de su existencia, muchas de las cosas que había vivido
y poseído, ya no estaban a su disposición. Tal era el caso de la Guayín, que había
terminado sus días en un taller de la colonia Anáhuac, en donde, ni todos sus
cálculos matemáticos, ni toda la lógica o capacidad analítica, la pudieron
salvar del paso del tiempo. En total frustración caminó hasta la estación
Allende, donde abordó la línea 2 en dirección a Cuatro Caminos. Descendió en la
estación Popotla y desde ahí transitó hasta la colonia Pensil. De la nada tuvo la necesidad de andar a pie,
como si la vida tratara de ralentizarle la velocidad de su fluir.
Esa misma semana, al retomar sus
actividades en el aula, decidió cobrar venganza por la afrenta que le habían
realizado días atrás. La reacción de sus alumnos ante el anuncio de examen
sorpresa, fue la victoria total y definitiva sobre quienes, desde su
conclusión, se habían atrevido a jugarle aquel chasco. Fueron días en que
disfrutó de un poder que antes se había negado a ejercer. En ese aspecto, se
encontraba satisfecho, pero la sed se intensificó, al punto de obligarle a
beber en cada clase, hasta dos litros de agua.
A medida que el año llegaba a su
fin, los contactos inexplicables con el líquido vital se tornaron frecuentes.
Su aparición se hizo tan cotidiana, que ya le fue imposible no recapacitar
sobre tales sucesos. Un punto de quiebre fue la noche del primer sábado de
diciembre, en que se despertó con una urgencia vesical insoportable a la mitad
de la madrugada. Abrió los ojos con desesperación y fue consciente de la posibilidad
inmediata de mojar la cama, hecho que lo apresuró a levantarse, pero al hacerlo,
encontró un charco de agua a los pies de su cama. De inmediato pensó que se
había orinado, pero al revisarse con el tacto, descubrió que el líquido no
provenía del interior de su cuerpo. Después corrió hasta el sanitario y se
alivió. La sensación de tener los pies
mojados a esa hora de la noche, le robó todo intento posterior de conciliar el
sueño. Fue hasta la cocina por una jerga, secó el piso de la habitación y miró
en la ventana gotas. Gotas de una lluvia inexistente.
El fantasma que habitó al
profesor por mucho tiempo, empezó a cuestionarse situaciones que escapaban a las
creencias acostumbradas. Su mente fue incapaz de volver a la cama. Divagó por
la penumbra del cuarto, sacó de nuevo la botella de brandy, y en su tocadiscos
colocó de nuevo, el viejo acetato de Julio Jaramillo. Todo fue quietud. Las
manecillas del reloj de pared, el palpitar del refrigerador, el crujir de la
madera de los muebles, los pocos autos en la calle, la soledad de sus libros.
Con la resaca de la noche
anterior, el profesor intentó retomar sus actividades cotidianas, pero la falta
de sueño, la sed en aumento y la humedad recorriendo su cuerpo, lo obligaron a cancelar
su cátedra. Procedió a desanudar el nudo de la corbata y con una seña les pidió
a sus alumnos, que dejaran el salón. El festejo fue total. Sus discípulos se
levantaron apresuradamente de los pupitres y se marcharon. Solamente su alumna más
avanzada se acercó para ofrecerle ayuda, pero él la despidió de forma abrupta. Ella
se marchó preocupada.
Una vez en solitario y con la franca
decadencia de no saber lo que le estaba sucediendo, el profesor Ricardo Cáceres
dejó caer su humanidad sobre la silla, y recargó la cabeza sobre el escritorio.
Estuvo así por un tiempo incierto, hasta que el conserje entró intempestivamente
al aula, creyendo que no había nadie en su interior. Ambos se miraron con
sorpresa, tras descubrir que la frente del profesor, estaba totalmente empapada
con un sudor frenético, de quien ha caminado sin descanso bajo el rayo del sol.
Con sus pocas fuerzas, sacó del portafolio un pañuelo, se disculpó con el conserje
y salió a toda prisa por los pasillos del Casco. Para las siete de la tarde,
estos lucían deshabitados, lúgubres, blancos e iluminados por una cantidad,
evidentemente inadecuada de luxes. El andar de sus pasos, dejó un rastro de
gotas de agua que humedecieron escalones y pasajes por los que fue avanzando.
Una vez que llegó a la entrada principal del Casco, Georgina, su alumna, lo
observó alejarse y perderse en la penumbra de la avenida Manuel Carpio. El olor
a humedad que para ese momento desprendía su cuerpo, era ya muy evidente.
No pudo volver a las clases y procedió
a reportarse enfermo. La idea de tomar unos días libres lo alivió. Pensó que el
descanso le vendría bien, pero la suerte ya se había echado, pues todo lo contrario
ocurrió. Los sudores no cesaron y las apariciones inexplicables de agua se volvieron
frenéticas. Sus días se habían transformado en un delirio acuoso, del cual
empezó a dudar que hubiera retorno alguno. Optó por encerrase en su domicilio, y
se habituó a plagar de trapos y jergas cada rincón del mismo. Conservar un
estado medianamente sólido, ya no le fue posible.
Para cuando la Nochebuena de ese
año lo encontró, Cáceres llevaba ya un par de días en su encierro y tirado bajo
la regadera del cuarto de baño de su habitación. Un espacio mediano, de paredes
azules, donde su único contacto con el exterior, era una pequeña ventana que
daba hacia la calle. El cansancio era extremo, la sensación de sed lo agobiaba,
su cuerpo tañía y respirar se convirtió en un acto de suplicio. Los estertores resonaron
más allá de las paredes de su letargo, pero nadie los escuchó.
La hora final llegó acompañada de
un sentimiento de liberación inverosímil. El profesor supo que habría de morir.
Que ese era su momento, y que los cimientos sobre los que había construido la
totalidad de su existencia, estaban llenos de simulaciones. Está idea no le
molestó, por el contrario, se entregó sin mayor oposición, al instante que nos
vuelve eternos.
Entonces la disolución total ocurrió.
Ante los restos de su mirada agónica, el profesor Ricardo Cáceres, hombre de
alto raciocinio y disciplina inquebrantable, se acercó al espejo destruido de
su baño, para ser testigo de cómo las yemas de sus dedos comenzaron a gotear,
transformándose en hilos cristalinos que cayeron irremediablemente al suelo. La
piel, antes cálida y firme, se volvió translúcida, revelando un torrente
líquido que lo recorrió de dentro hacia fuera. El pánico inicial dio paso a una
extraña calma; fue como si cada partícula suya recordara que alguna vez fue
agua. A medida que su cuerpo se deshacía, sintió una libertad indescriptible,
como si el peso de la carne y los huesos se disolviera junto con sus miedos. Al
final, siendo agua, se sintió infinito, fluyendo sin fin en un mundo al que nunca
había pertenecido. Su mente liquida y ahora transparente, evocó la primera vez
que sus padres lo llevaron al mar. El recuerdo de las olas tocando sus pies,
fue la mejor manera de entender su nuevo estado, que le permitió evaporar cualquier
malestar físico, y que acabó por completo con la sensación de sed que lo
agobiaba. Ya sin fuerzas, el profesor se permitió fluir hacia la oscuridad del
drenaje, donde permaneció estancado, en la acumulación de cabellos y polvo,
mezclados consigo mismo.
El calendario siguió con su
andar, y ante la desaparición del profesor, varios de sus alumnos decidieron dar
parte a las autoridades. Estas hicieron lo suyo, primero la burocracia, después
los trámites inútiles. No fue hasta que, ante la insistencia de las denuncias, entraron
al domicilio de Cáceres. Al ingresar, no vieron nada sospechoso. En el lugar
reinaba el orden como de costumbre. La lámpara de vidrio teñido reposaba en el
viejo escritorio de madera, sus libros aguardaban apacibles en cada uno de los estantes
en que habían sido minuciosamente colocados. Un periódico del día 24 de
diciembre, agitaba sus páginas con la corriente de aire que ingresaba desde la
ventana principal de la sala. Lo único raro, fue que, en la cocina el grifo
derramaba su contenido de manera atroz. Georgina se acercó para cerrarlo,
temiendo lo peor. Cuando ingresaron a la habitación del profesor, este los
escuchó recorrer el lugar desde su nuevo estado líquido. Esperó paciente unos
segundos más. Después abrieron la puerta del baño y accedieron. La escena fue grotesca.
Georgina abrazó con fuerza al oficial que la acompañaba. Cáceres los había estado
esperando, posponiendo su último viaje, para que este no pasara desapercibido. El
físico los llamó desde el drenaje. Todos escucharon el eco de su voz, sin ser
capaces de adivinar la procedencia. Él se despidió solemnemente, les dirigió algunas
palabras breves, que trataron sobre todo, de lo inútil que resulta aferrarse a
la vida. Luego se dejó ir hacia las aguas residuales de su futura existencia.
Todo el mundo lo recuerda en el
aula. Su memoria es una leyenda. Pero nadie sabe que vuelve de vez en cuando, a
manera de aguacero atípico, que se deja caer en las tardes de diciembre, y que
quiebra el follaje del casco de Santo Tomás.
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