Vendaval
Para una inmersión más profunda, recomiendo al lector poner de fondo la siguiente pista de audio:
https://music.youtube.com/watch?v=1QJLBWuiqn0&si=nnUUa5VxAN2M2g_1
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El espacio que ahora aparece frente a su mirada le resulta familiarmente desconocido. Una contradicción peculiar de tiempo, personas y lugares que, en conjunto, lo hacen sentir incómodo. A lo lejos, alcanza a distinguir lo que parece ser una mezcla de la facultad y su jardÃn principal, un hangar y las oficinas centrales de su antiguo trabajo. Simplemente no puede ser. Dichos lugares han quedado fuera de su vida bastantes años atrás. Se ve rodeado por individuos que no corresponden a su presente y a las circunstancias actuales. Aunque los conoce a todos, tiene bien claro que cada uno de ellos, pertenece a un momento diferente de su existencia, por lo que la fusión de miradas que parecen reconocerle y el murmullo de la multitud, terminan por fastidiarlo. Decide alejarse del tumulto.
Al ir avanzando, lo que inicialmente parecÃa ser
su alma mater, se va transformando en una carretera solitaria, semejante a los
caminos de terracerÃa de cualquier zona serrana. De pronto, se encuentra en lo
que parece ser una parada rural de transporte. La gente a su alrededor y el
sonido de sus voces han ido disminuyendo. La sensación de estar perdido le
provoca una ansiedad extrañamente satisfactoria. No reconoce el lugar, pero advierte
la esencia del olvido en cada rincón. Piensa que por aquel sitio, la vida habÃa
decidido pasar sin dejar rastro alguno de que asà lo hubiera hecho.
Ahora, el único sonido perceptible es el del
viento, impactándose contra los arboles y contra la nada. Patea una roca
mientras avanza y trata de ubicarse temporal y espacialmente. No lo
consigue. Su pensamiento es interrumpido
por una extraña mujer, que le invita a subir a un camión de pasajeros. Le
sorprende el hecho de no haber escuchado la aproximación del motor o el sonido
de los pasos de aquella misteriosa figura. Duda de su existencia por primera
vez en el dÃa, pero no le queda más remedio que interactuar con aquella mujer. Hablan
por un par de minutos, sin que él, logre recordar a ciencia cierta sus palabras.
El lenguaje flota en el aire en formas indescriptibles, que se desvanecen
mientras acepta abordar el transporte.
Una vez arriba, la unidad le parece un modelo
viejo. Según su experiencia, debe ser un autobús de la época de los 90. No ve a
nadie sentado, no hay pasajeros, tampoco un conductor, pero esto no le incomoda
y se dirige a tomar asiento. El déjà vu sobreviene. En su mente aparecen
flashazos de lumbreras a la orilla de una carretera nocturna. No le da
importancia y se acomoda en el asiento. Clava la mirada en la ventanilla a
medio abrir y espera sin saber exactamente qué. El olor a viejo le es familiar,
de hecho, le evoca su infancia. Su pensamiento se dirige hacia la oscuridad y
el misterio de un ropero grande, pero de nuevo es interrumpido por la voz de
una pequeña no mayor de siete años, que le avisa sobre la inmediatez del inicio
de su viaje. Él se vuelve a sorprender, porque tampoco fue capaz de advertirla
en medio del silencio de aquel momento. Alza la mirada para observar a la niña,
que tampoco puede reconocer o asociar con alguna idea fijada en su mente. La
situación le causa miedo, pero no tiene el valor de bajar de la unidad, por el
contrario, le da las gracias a la infante y se acomoda de nuevo en su asiento.
Duda por segunda vez de su existencia y repara sutilmente en la vibración del
encendido del motor. Le parece extraño que solo algunas de las leyes de la
fÃsica se mantengan vigentes.
La unidad comienza a moverse, mientras en el
exterior, la resonancia del aire se torna incómoda e intensa. Los árboles del camino
se mueven de manera catastróficamente armónica. Ahora la impresión de
movimiento es franca y extraña. Se siente vulnerable y estúpido al mismo tiempo.
Baja la mirada y observa sus manos. Puede ver la sangre fluir entre los
capilares. Todo le parece absurdo y cierra los ojos para descansar. Trata de
hacer conciencia de lo que está ocurriendo y repasa lo sucedido:
- - ¿Dónde
chingados me metÃ? –
- - ¿Quién
carajo son estas dos mujeres? –
- - ¿A
dónde me llevan? -
Las preguntas empiezan a pasar de unas cuantas,
a saturarle el pensamiento. Su pierna
derecha se mueve de manera frenética y la mente le repasa una y otra vez los
hechos, que cada vez tienen menos sentido. La frecuencia cardiaca se acelera y el
sistema nervioso simpático está a punto de colapsarle. El grado de ansiedad llega a al clÃmax cuando
una voz lo revienta emocionalmente, con la última palabra que él le habÃa
escuchado decir:
- - Autista
-
Tiembla para inmediatamente dudar por tercera
vez de su permanencia en el plano conocido. Reconoce la voz y abre despavorido
los ojos para verla. Se queda inmóvil, el hecho de tenerla frente a él, pasados
casi veinte años, lo perturba profundamente. Busca una vÃa de escape de aquel
disparate de tiempo y espacio, pero no logra despertar o convencerse de que se
trata de un delirio onÃrico. Se palpa los labios, como esperando encontrar en
su tibieza, la respuesta a una pregunta que ya no alcanza a formularse.
La aparición repentina de Reygadas no podÃa
corresponder más que a un mal sueño, pero él no lo podÃa saber con certeza. Su imagen
es demasiado real para ser una quimera originada desde la corteza cerebral, y al
mismo tiempo, abismalmente lejana para encajar con el contexto en turno. La
observa pausadamente con el rigor cientÃfico de quien anda en busca del detalle
delator. Fija su atención en ella, percibe el olor de su piel, el tono de su
cabello, el color de sus ojos y la tesitura de su voz. Nada la descubre, todo
es macabramente idéntico a como él lo recuerda.
Él la habÃa amado, era cierto, con todas sus
fuerzas, pero la habÃa amado en tiempo pasado, y también la habÃa dejado de
amar en tiempo presente. Es por eso que la súbita presencia de ella le resulta
sospechosa. Le parece sobre todo, un arquetipo rarÃsimo de la necesidad de
volver a sus inicios, más que un sÃmbolo de la nostalgia en especÃfico.
- El amor es infinito en su momento –
Se dice en su mente, lo cual le
provoca un estado de máxima duda. No recuerda ningún otro sueño en que haya
sido capaz de hablar consigo mismo.
Mientras avanzan por el camino, decide dejar de
escuchar a Reygadas y poner a prueba las circunstancias en las que se
encuentra. Recuerda que en los sueños es imposible oler, por lo que la anterior
percepción del aroma de su piel, es un punto en contra del sueño, pero no
concluye nada todavÃa. Entonces se asoma a la ventana, para descubrir que puede
leer los letreros colocados sobre la carretera. El hecho lo hace torcer la
boca, porque es un segundo aviso sobre lo real de su entorno.
- - Chingada
madre –
La zozobra se vuelve a apoderar de él y sin
pensarlo, se levanta con rapidez de su asiento y empieza la huida. Sin embargo,
tras unos segundos del inicio de su feroz escape, voltea hacia atrás para
descubrir con tranquilidad que no se ha alejado ni dos filas de ella. Por fin,
una señal de neurobiologÃa consciente.
La imposibilidad de correr deprisa, le parece
suficiente para demostrar que está soñando, aunque todavÃa no es capaz de
asegurarlo. Teme estar muerto, pero, por lo pronto, no indaga más en esa posibilidad.
Y ante lo inútil del acto, detiene su
intento de huida, recupera levemente la calma y vuelve a su lugar. Reygadas ya
se ha callado y se limita a verlo.
- - Más
me vale estar soñando –
Mira su reloj, las manecillas marcan media hora
pasadas de las seis de la tarde, lo cual no encaja con el sol naciente que
aparece en el horizonte. Ya no le sorprende. Busca el celular y digita el
número de su esposa. El timbrar de la llamada le es terrorÃficamente conocido. La
espera evoca dÃas de soledad y pensamientos de suicidio. Ella le contesta con una
serie de reclamaciones que lo aturden. No tiene lógica. Su estómago resiente el
vacÃo de la memoria y vomita.
Para esta altura del dÃa, ignora si han pasado
horas o un par de minutos, le da igual. Finalmente llegan de noche al casco de lo
que parece ser una hacienda en ruinas. La primera mujer que lo habÃa invitado a
subir, le muestra desde una azotea, la escalera por la que debe descender hasta
un patio solitario. El ambiente es frio y lleno de retumbos que recorren
frenéticamente el vacÃo, como efemérides furiosas de su vida que no terminan de
encajar.
Una vez habiendo bajado todos, la mujer les
pide que esperen. Las paredes son
blancas en exceso, hay varias ventanas derrumbadas y protegidas con los restos
de herrerÃa antigua. El suelo es de una tierra agreste y seca, que se levanta
en cada paso y deja entrever figuras de otros tiempos. Él no las conoce. Lo que
más le resulta notorio del sitio, es una puerta cerrada, que deja escapar por
debajo, destellos de una iluminación verdosa, profunda e hipnotizante. De algún
lugar, proviene música suave, acordes de guitarra eléctrica lúgubre que le recuerdan
a Arnal. Camina sobre lo terregoso del patio y se recarga en una columna,
observa con sospecha su entorno e inhala la bruma frÃa del ambiente. Finge
fumarla. Al cabo de un momento, la puerta se abre. De su interior aparece otra
mujer bajita, de rostro desfigurado, pelo corto, encrespado, evidentes
problemas de sobrepeso y de ropas sucias y decoloradas. Es la tercera persona
que desconoce en el dÃa. Le provoca náusea. La horrible mujer le toma la mano a
la niña, quien, sin mayor pregunta, entra en la habitación. Él se acerca para
averiguar, pero Reygadas lo detiene, le pone la mano en el pecho y hace un ademán
de silencio. Se acerca a su oÃdo y en voz muy baja le pide que espere. Ella se
nota tranquila. Para él, en cambio, todo carece de sentido. Su talón de Aquiles.
Ambos se apartan de la puerta. Reygadas le
explica que el proceso será fugaz, alÃfero y liberador. Pero para entonces, él ya
no está dispuesto a continuar con las suposiciones. La toma por los hombros de
manera enérgica y la recarga contra la pared para preguntarle detalles;
- - Quién,
dónde, por y para qué -
No obtiene respuesta verbal alguna, tan solo
una mueca discreta y mordaz. TÃpica de ella. Luego Reygadas se acerca a él,
para colocarle su oÃdo sobre el pecho y escuchar el crujido de su corazón por
algunos segundos. Después, levanta la mirada y le vuelve a repetir la palabra
con la que lo habÃa abordado.
- - Autista
–
Sin ser capaz de entender y harto de no
encontrar respuestas, se resigna momentáneamente y la abraza, sabiendo que, en
realidad, abraza a la nada.
El silencio y la quietud se apoderan del lugar,
donde ambos permanecen ceñidos y expectantes. La lúgubre guitarra ha cesado sus
acordes y lo único perceptible es el sonido de la noche. De pronto, la puerta
vuelve a abrirse. Un olor nauseabundo le satura el olfato y lo hace arquear. En
el impulso, suelta a Reygadas y se aleja para aliviarse del asco producido por
el hedor. El tufo le resulta insoportable, coloca su mano derecha sobre la
pared y la izquierda en el abdomen, para luego escupir un lÃquido verdoso que
se evapora al contacto con la tierra. Al recuperarse, vuelve la mirada hacia el
patio, pero es sorprendido por la repugnante figura de la mujer, que ahora se
yergue frente a él. Busca a Reygadas y su atención se dirige hacia la puerta,
desde donde ella lo observa flotando en el quicio. Él intenta acercarse, pero
es imposible. Antes de entrar, Reygadas le alcanza a balbucear algunas
palabras, su voz es ambigua. Luego, su
imagen se pierde en la oscuridad del interior de la habitación.
Al verse solitario, en aquel patio desconocido,
le irrumpen el temor y el pesimismo. Dos viejos conocidos. Su cuerpo es capaz
de sentir el vendaval cayendo sobre su persona. La inquietud lo vence y se
desploma de rodillas, aprieta la tierra y golpea repetidamente, hasta llenar de
sangre su puño. La mujer de rostro desfigurado lo toma de la mano herida y bebe
su plasma. Su imagen lo aterra. Forcejea con ella sin éxito, hasta que otra
fuerza de mayor intensidad lo levanta del piso y se lo lleva a la temida habitación,
para luego recostarlo en una cama vieja. No puede hablar, sus labios están
pegados y el resto de su fuerza no es suficiente para escapar. Es inútil. Le
acercan un trapo impregnado de un aroma parecido al formol y le ungen con un lÃquido
viscoso, que le quema la piel. Ambas figuras misteriosas lo sueltan. Él intenta
levantarse, pero rápidamente sobreviene un intenso mareo que lo vuelve a vencer.
Sin saber cuánto tiempo ha pasado, su mente lucha
por regresar. Ahora escucha voces por doquier y percibe movimiento errático. Todo
es caos, vendaval, confusión, ojos de huracán, vendaval. Abre los ojos de
manera pesada y en la escena nebulosa aparece su hermano, que lo reta a una
pelea. Él se niega y se aparta confundido, mientras le explica balbuceante sus
razones para no pelear. Tambalea y se arrastra en busca de un rincón de la
habitación. Su cuerpo transpira profusamente. Un aliento metálico y pegajoso,
le impide respirar de manera correcta. Boquea, tiembla, se mira de nuevo las manos
trémulas y acaba por perder la conciencia. Sus restos diaforéticos yacen en el
suelo. Él no lo sabe, pero ahora, todo es calma.
Al recuperar el estado de alerta, el entorno ha
cambiado de iluminación. La mujer deforme ya no está presente y en su lugar le
habla la primera de ellas que lo invitó a subir al autobús. Él trata de
entenderla, pero no acierta a escuchar más que sÃlabas inciertas, aunque por el
volumen y la forma de hablar, supone que no son malas noticias. Se incorpora y
sale caminando de la habitación. La pequeña ahora va vestida de blanco, lo
mismo que Reygadas, ellas deciden verlo sin mencionar palabra alguna. Por un
momento se da por muerto, le parece que eso lo explica todo. No hay otra
respuesta, solamente la muerte puede darle lógica a todo este disparate. Esa
posibilidad que se venÃa tratando de negar, se apodera de su razonamiento. Avanza
hacia el camión y lo aborda de nuevo. La gravedad es distinta y distante. Le
parece flotar. Piensa que es un buen momento para un trago y anhela el sabor del
whisky transitando lentamente su garganta.
Le preocupan sus hijos, es lo único en lo que
puede pensar ahora. Siente frio. No tiene manera de arroparse y busca con la
mirada a sus acompañantes. Se acerca a ellas y le pregunta su nombre a la
pequeña, que solo le regala una sonrisa amable y pacÃfica.
- - ¿A dónde vamos a ir? -
Le pregunta a Reygadas.
- - ¿De
dónde venimos? –
Contesta ella. Su réplica lo exaspera y decide
no permanecer más. Baja de la unidad para iniciar su regreso a pie. No sabe a
cuánto tiempo ni a qué distancia se encuentra de los suyos. Ya no le importa si
está vivo, muerto o soñando. Jura volver. Entonces comienza a caminar. Si es
necesario, irá hasta el fin del mundo y del tiempo.
De la nada despierta. Ellos están ahÃ, habitando
una dimensión que le parece no haberse modificado. Pero él lo tiene claro, todo
es disÃmil.
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