La Mujer del Rebozo Negro

 

La Mujer del Rebozo Negro

                 ¡Le voy a contar como es que sucedió esto! Pero primero hágame el favor de pasar y sentarse, ¿Le ofrezco algo de beber? Póngase usted cómodo, verá; ¿Por dónde empiezo? La verdad  es que no había notado lo macabro de aquellos pequeños eventos y los pasaba por alto a diario, la primera vez que me percaté fue escuchando un suspiro apenas audible en medio del callejón, fíjese que lo escuché mientras estaba caminando desde el centro del pueblo hacia la casa de mis abuelos donde yo vivía desde los trece años. Llegué a vivir con ellos cuando mis padres murieron en un accidente carretero, gracias, aprecio sus condolecías, bueno, le contaba; esa caminata la hacía a diario al regresar de mi trabajo, ¡Qué época! En ese entonces mi pueblo lucia construcciones  a medio levantar, milpas a medio cosechar, ranchos a medio funcionar, una iglesia del siglo XIX y calles de terracería.

¡Pero claro que sí!, el pueblo era un lugar apacible que en su pasado colonial se dedicó a la extracción de sal, un pueblo en donde uno se podía bañar en las aguas claras de sus arroyos, un rinconcito que poco a poco se fue transformando por el desarrollo urbano y el crecimiento demográfico dictado por las grandes empresas e intereses que llegaron a establecerse en él. En fin, el punto es que aquella primera vez que lo noté me encontraba caminando en la cerrada que conduce hasta la casa de mis abuelos y justo a la mitad del callejón oscuro, largo y lodoso  escuché el mentado suspiro que le cuento; la verdad sí me distrajo un poco pero no me asustó, y es que créamelo o no, le di  poca relevancia en esa ocasión y en ocasiones posteriores, vaya cosa…  

Estaba tan acostumbrando a la rutina diaria del trabajo a la casa, que sólo me ocupaba de bajar del camión en el centro, seguir mi paso por unas cuadras, doblar en la cerrada, llegar a casa, saludar a mis abuelos, cenar  y encender el televisor de mi cuarto, escuchar el noticiero nocturno, fumar, ordenar la habitación y luego dormir. Como le digo,  eso era todo lo que hacía después de regresar del trabajo en la fábrica textiles de la Aurora.

Pero deje que prosiga. Esto le resultara interesante; cierta ocasión me encontraba ya listo para descansar  y me disponía a acostarme, de pronto escuché los ladridos desesperados de perros en  la calle, me acerqué a la ventana y no vi nada extraño, sólo quietud, nubes cargadas y una que otra luz encendida a la entrada de los domicilios cercanos, me fui a dormir tranquilo, pero por la madrugada me despertaron de nuevo los ladridos incontrolables, sentí una necesidad inmensa de mirar por la ventana, me levanté despacio y asomé un ojo a través de la cortina, barrí el lugar con la mirada y alcancé a ver una extraña sombra doblando la esquina hacia la avenida principal, no pude conciliar el sueño a partir de esa hora y sudé intensamente el resto de la noche.

Al siguiente día me levanté cansado y resfriado, sin embargo me alisté para acudir a trabajar, preparé mi ropa,  me duché y al salir de la regadera encontré escrito en el espejo del baño la frase “Búscame”, la relacioné al tiro con mi pequeño sobrino, quien gustaba de hacerme bromas cuando nos visitaba; me sequé y me vestí, terminé mi arreglo y bajé al comedor, encontré a mi abuelo leyendo el periódico y a mi abuela terminando el desayuno, les pregunté sobre los ladridos nocturnos y ninguno los había escuchado, les pregunté también por mi sobrino y me respondieron que no teníamos visitas. Me sorprendí  y enseguida mi abuela me pidió que le alcanzara una pieza de chocolate de la alacena, que por cierto,  era un hueco enorme en la pared que más que alacena, bien parecía un refugio para la guerra; me di la vuelta y retiré las cortinas tras las que estaban los víveres, metí la mano y sentí como algo me rasguñó el dorso, enseguida asomé la cabeza y no encontré nada ni nadie, un poco agitado le di el chocolate a mi abuela, ella con su sentido maternal colocó su mano sobre mi frente y me recomendó un té de cítricos y una friega de alcohol para el resfriado, terminé el desayuno y sorbí media taza de chocolate. Le dije que al regresar del trabajo tomaría su consejo y salí de prisa. Al estar en la calle noté a lo lejos un par de ancianos entrando a una casa abandonada que se encontraba al principio del callejón  y que hacia esquina con la avenida principal del pueblo, me pareció demasiado extraño; sabía que aquella vivienda permanecía deshabitada desde tiempos revolucionarios, apresuré el paso para alcanzarles y preguntar si necesitaban algo. Al llegar a la puerta de aquella vivienda de adobe maltrecho, de arquitectura humilde y provinciana la encontré cerrada y tapiada, grité en varias ocasiones pero no obtuve respuesta, entonces me di por vencido más por el tiempo que me quedaba para llegar a mi trabajo que por estar satisfecho de curiosidad; caminé por el pueblo, crucé el atrio de la iglesia y salí por el extremo sur del pequeño poblado, tomé un camión de los llamados “Melchores” y este me llevó hasta la fábrica de textiles. Mí día de trabajo fue bastante normal y el resfriado mejoró con la rutina, comí con los compañeros de trabajo y al finalizar la jornada tomé de nuevo el camión de vuelta a mi pueblo.

Fue curioso, le cuento; pasaron varios días y no volví a ver a la pareja de ancianos que entraron  en la casa abandonada, les pregunté a mis abuelos por ellos y no supieron darme razón alguna, aunque si noté que se miraron el uno al otro y me pidieron que les describiera mejor a esa pareja, luego transcurrió una semana entera sin eventos que llamaran mi atención y el sábado lo dediqué a jugar fútbol con los camaradas, por la tarde bebimos cerveza y pasadas las ocho de la noche caminé con Horacio, mi mejor amigo,  de regreso a casa. Él vivía en una comunidad cercana al tajo de Nochistongo, por lo que el sábado se quedaría conmigo y partiría a su hogar al día siguiente. Caminamos sobre las vías del ferrocarril alumbrados sólo por la luna y el destello de las estrellas, entramos al pueblo por un terreno baldío, pasamos por detrás de la iglesia y llegamos hasta la avenida principal, encontramos todavía movimiento de sábado por la noche: el puesto de tacos a la entrada del rancho con  música de Pedro Infante y los chicos del billar interrumpían la calma pueblerina de aquella localidad de casas de sal. Seguimos de frente hasta encontrar mi cerrada y doblamos la calle; a la distancia vi el foco de la entrada de la casa parpadeando intensamente, como si estuviera por fundirse.

Nos dirigimos sin mayor preocupación a través del callejón pues ya me había acostumbrado a los suspiros que me sorprendían a mitad de la calle, sin embargo esa vez fue diferente; al estar caminando con Horacio un quejido lastimero nos detuvo bruscamente y heló la piel, algo o alguien se había lamentado de manera muy cercana a nosotros y de forma muy agónica; rápido nos volteamos y revisamos el entorno, todo en calma, teníamos la piel fría y estábamos pálidos, era claro que no había sido producto de la imaginación, apuramos el paso y por fin entramos al domicilio,  en silencio subimos a mi cuarto, comentamos el hecho y no lo pudimos explicar; recuerdo bien que esa noche estuvo plagada de ladridos que tampoco fueron escuchados por mis abuelos ni por Horacio, que durmieron tranquilamente mientras yo rondaba el cuarto y la ventana tratando de ahuyentar los perros.

Al amanecer me despedí de mi amigo y quedamos de vernos para el siguiente fin de semana. El domingo lo pasé en casa ayudando en labores domesticas y acompañé a mi abuela al mercado, el día de muertos se acercaba y quería tener sus cosas listas para la ofrenda, mi abuelo me pidió también ayuda para reparar una de las bardas perimetrales, cuando terminamos con la barda volvimos al interior y encontramos que mi abuela ya casi había colocado su ofrenda, me pidió que le ayudara a poner las fotos de su hermano, de mis padres y de un señor que yo desconocía, no pregunté y me acerqué para acomodar las fotos; aproveché una veladora para prender un cigarro, y al momento de darle la espalda a la ofrenda, una de las frutas salió volando directamente hacia mí y me golpeó en la nuca, mi abuelo sonrió y comentó que dejara en paz las cosas de los difuntos, imagínese nada más.

Pero ahora escuche esto: el lunes por la mañana salí con tiempo para el trabajo, salí pensando en todos los deberes que tenía pendientes y casi distraído;  a la mitad del callejón  la sensación de tener muy cerca a una persona me hizo detenerme, volví rápido la cabeza a mi alrededor  pero no encontré a nadie, llegué a la esquina y escuché ruidos al interior de la casa abandonada, coloqué un par de piedras, me levanté sobre la barda y miré a través de una rendija hacia el patio de aquella construcción, alcancé a distinguir maleza y el implacable paso del tiempo; todo estaba tan viejo que se podía oler la melancolía, había un pozo, un corredor con dos entradas y varios árboles secos.  Estaba bastante concentrado  en mi inspección del lugar cuando  en una de las esquinas advertí el movimiento de un rebozo negro que se metió en una de las puertas de la casa; un fuerte olor a descomposición me saturó el olfato de inmediato, le grité y le pedí que se mostrara, no recibí respuesta alguna, me quedé observando por un largo rato pero ya no advertí movimiento; fue hasta que el dueño de la tienda del pueblo me tocó por sorpresa en un pie y me preguntó sobre mi intención para mirar en esa casa, le mentí sobre mis razones; pero me llamó la atención verlo  vestido todo de blanco y muy alegre. Nos despedimos y continúe mi camino hacia el trabajo, fue una jornada dura en la planta de textiles.

Le veo un poco intrigado, ¿Quiere que continúe?, con mucho gusto. Pues le decía, al volver a mi pueblo esa noche descendí del trasporte en la esquina del rancho y traté de pasar a la tienda a comprar algunos víveres pero encontré el comercio cerrado, me pareció extraño así que seguí caminando y  un tumulto de gente en la casa del dueño de la tienda llamó mi atención, entre los asistentes alcancé a distinguir a mis abuelos; me acerqué y me contaron que Don Margarito, el propietario de la tienda, había fallecido la noche anterior. Les comenté que eso no era posible ya que yo había hablado con él por la mañana y que incluso lo había saludado de mano, todo era cierto; me perturbó bastante la idea de haber saludado a un difunto, traté de explicarlo de forma lógica bajo el argumento de haber confundido a Don Margarito con alguien más. Estuvimos un rato en el velorio y me arrimé al ataúd para confirmar los hechos, lo vi con su traje blanco, idéntico al que usaba por la mañana cuando lo saludé. Entonces no me lo va a creer, pero en el momento en que me asomé al féretro la luz de la casa se apagó y sentí un fuerte apretón en todo el cuerpo, quise gritar pero me fue imposible, experimente una enorme ansiedad y tras unos breves segundos volvió la luz; todos me pudieron observar agitado y me preguntaron si estaba bien, bastante asustado respondí que sí y salí al patio de la casa, me fumé un “Delicado” y me dieron un poco de café con anís, lo bebí y el susto se me fue pasando.

Mis abuelos me pidieron que los acompañara de regreso a casa y me dispuse a hacerlo, cruzamos un patio largo alumbrado por veladoras, casi al llegar a la puerta de la calle vi pasar una sombra en la que reconocí el rebozo negro que había visto en la casa abandonada; traté de apresurar el paso pero al llevar de la mano a mi abuela me fue imposible, al llegar a la esquina de la cerrada tuve un escalofrió que me caló bastante hondo. Llegamos a nuestro domicilio sin mayor contratiempo y nos dispusimos a cenar, mi abuela me cuestionó si había sido cierto lo que conté sobre  Don Margarito, le respondí que sí; se persignó y se fue orando hacia la cocina. Después todos nos fuimos a dormir y durante la noche  los ladridos lastimeros  en la oscuridad me levantaron de nuevo, aproveché para ir al baño, miccione y al estar lavando mis manos vi en el espejo escrito sobre vapor “Domingo Morlan”; me asusté bastante, volví a mi cuarto y no pude conciliar más el sueño.

Sé que es poco creíble lo que relato, pero déjeme continuar que todo tiene su porqué. Verá usted, durante el desayuno les conté a mis abuelos sobre lo ocurrido en el baño; ambos se miraron y me pidieron que los escuchara, me contaron sobre el tal “Domingo Morlan” y mi abuela sacó una foto donde ella estaba en brazos; me confesó que el hombre que la cargaba era su padre y que durante el paso de los soldados federales en la revolución mexicana, él y varios habitantes más del pueblo fueron asesinados por no entregar a las fuerzas del gobierno la cantidad de dinero que les exigía la patria. Mi abuela refirió  que una tarde de mil novecientos catorce los “Pelones” azotaron el pueblo en busca de revolucionarios; narró con los ojos llenos de lagrimas como mis bisabuelos solo tuvieron tiempo de esconderlos en el pozo a ella y a sus dos hermanos, ya dentro del pozo escucharon disparos, gritos y agitación en el patio de la casa, dos días pasaron de humedad, hambre y oscuridad hasta que su madre los rescató; mi bisabuela se había escondido en la fosa séptica de la casa y así evitó ser masacrada, luego se llevó a vivir a sus hijos por un tiempo  al centro de Cuautitlán. También me contó que en ese mismo año las fuerzas revolucionarias atacaron la fabrica de la Aurora, tomando preso a su director y matándolo; mi abuela continuó su relato detallándome que aquella casa abandonada al principio del callejón donde yo había visto entrar a la pareja de ancianos le pertenecía a su familia y había sido su hogar en la infancia. Sus hermanos y ella conservaron la casa como recuerdo de mis bisabuelos; me suplicó que no resultara ser una broma lo que yo había contado, le dije que no sería capaz de eso y que yo desconocía hasta hace unos momentos el nombre y la historia de mi bisabuelo. Finalmente detalló que el cuerpo de su padre nunca fue encontrado, contó que al pasar el tiempo volvieron a vivir junto con mi bisabuela en la casa del pueblo y muy triste me refirió que años después de lo ocurrido su madre se colgó del árbol del patio, pues nunca pudo superar la pérdida de su esposo.

Espere un momento. Le enseñare un par de fotografías para poder seguir con mi narración. ¿En qué me quede? Oh sí, esa misma mañana partí al trabajo y los siguientes días reflexioné sobre todo lo que me venía ocurriendo y sobre lo que me había relatado mi abuela, con excepción del entierro de Don Margarito nada ocurrió fuera de la rutina habitual. El fin de semana llegó de nuevo y volví a la práctica del fútbol, después invité a Horacio a comer al centro del pueblo, nos sentamos en un puesto de barbacoa y le conté lo que me estaba pasando, él escuchó un poco escéptico y me aconsejó en tono burlón visitar la tumba de mi bisabuela para dejarle alguna oración u ofrenda, le dije que me parecía buena idea a pesar de su sarcasmo, también me retó a entrar a la vieja casa de mi bisabuela; al principio me negué pero la curiosidad pudo más en mí y accedí, acordamos entrar para el siguiente sábado después de visitar la tumba.

La semana avanzó muy despacio y pasé largos ratos pensando en lo que podría encontrar en el panteón y en la casa abandonada. En el trabajo platiqué con el director en turno de la fábrica, uno de los bisnietos del primer directivo de aquella empresa y con el que yo tenía una relación cercana por haberle realizado trabajos de mantenimiento en su domicilio particular; fue intrigante, ya que durante la plática me comenzó a describir cosas extrañas que le habían estado sucediendo en sus caminatas, en su oficina, en su habitación, durante las noches, durante el día y que había encontrado el nombre de su bisabuelo escrito en el espejo del baño, no le hice reseña alguna de lo que a mí me estaba sucediendo, pero me dejó muy nervioso la coincidencia; quedaba claro las victimas de mil novecientos catorce estaban tratando de dejar un mensaje.

La semana se terminó y el viernes por la noche decidí relajarme, encendí el televisor en la sala principal de la casa y me quedé a solas viendo “El Ángel exterminador” de  Luis Buñuel; mis abuelos se retiraron a su habitación y todo se encontraba en calma hasta que en el patio de la casa se escucharon varios gritos de mujer, me apresuré a investigar y asomé de inmediato por el ventanal. La luz tenue del foco alumbraba una oscuridad bastante lúgubre pero no percibí nada fuera de lo normal, continúe viendo el televisor y una par de minutos después los gritos de mujer de nuevo estremecieron al pueblo, esta vez escuché a los muchachos del billar cerrar su cortina de golpe y arrancar un automóvil a toda prisa; los perros ladraron a más no poder y logré ver como varias casas encendieron sus luces a la vez, en las escaleras escuché un quejido y me dirigí a descubrir lo que pasaba, prendí la luz y todo se encontraba en calma, mis abuelos incluso dormían y parecían no haberse percatado de nada, decidí tranquilizarme y subí a mi habitación, me alisté para dormir y me metí en la cama, pasaron unas horas y abrí los ojos asustado, no podía mover el cuerpo, sólo mi vista estaba al tanto del entorno; de entre la oscuridad pude distinguir como el ropero se abrió y dejó salir una sombra que caminó despacio hacia mi cama; se colocó por detrás y se acercó a mi oído con una voz ronca que me dijo “Ya casi”, luego me tomó de la espalda y presionó fuerte mi columna, yo permanecía inmóvil mientras la sombra se retiró de mi habitación, la vi salir por la puerta principal y volví a reconocer el rebozo negro volando detrás de la figura fantasmagórica, de forma instantánea recupere la movilidad y muy alterado prendí la luz de la habitación, créalo usted.

¿Otro tequilita? Ande, anímese, que viene la mejor parte del cuento; para el día sábado Horacio se presentó puntual en mi domicilio al amanecer y tomamos el desayuno, le conté sobre mi experiencia nocturna y se quedó sin palabras; procuré ser cauteloso para que mi abuela no escuchara sobre nuestro plan de visitar la tumba de su madre. Al terminar, nos fuimos a jugar fútbol, estuvimos conviviendo con los amigos para luego ir a despacharnos un caldo de gallina; cerramos los últimos detalles del plan y  después  salimos con dirección al panteón viejo alrededor de las cuatro de la tarde,  pasamos con el párroco de la iglesia para preguntarle sobre la tumba de mi bisabuela y  nos dio los pormenores de cómo llegar a ella.

Cruzamos todo el pueblo a pie y durante el recorrido la tarde se fue tornando densamente nublada, apresuramos el paso y al llegar al panteón viejo notamos que había poca gente en los alrededores, esta parte del panteón se encontraba clausurada por mantener los restos de las defunciones provocadas por el cólera y la viruela en épocas de principio de siglo. Entramos saltando la reja cerrada y  comenzamos a buscar la tumba señalada, primero dimos con varias lapidas marcadas con la fecha de muerte en el año mil novecientos catorce; también encontramos la tumba del “Marrana” un personaje conocido en el pueblo por ser el sepulturero de las víctimas de  las pestes que le comenté y que azotaron al pueblo por allá de mil novecientos diez.

Después de buscar por aproximadamente veinte minutos hallamos la tumba marcada con el nombre de “Celestina de Morlan: 1889 - 1928”, la lápida estaba rota y la tumba había sido profanada; en ese momento una fuerte lluvia comenzó a caer con tal estrago que tuvimos que correr para resguardarnos y aunque eran aproximadamente las cinco y media de la tarde, el cielo se oscureció tanto que costaba ver entre la maleza del panteón y las tumbas antiguas. Nos refugiamos en un tapanco lejano de la sepultura, al volver la vista observé que una figura femenina estaba parada en el sitio del sepulcro de mi bisabuela, le grité que me dejara en paz, la figura femenina volteó y se perdió rápidamente entre las tumbas, no nos quedó más que salir del panteón a  toda prisa para evitar quedar atrapados entre el lodo y los pedazos de arboles desbaratados; al momento de salir descubrí en mi camisa un pedazo de tela negro que se había quedado pegado a ella, lo tomé y decidí entrar a la casa abandonada  para resolver el misterio a cualquier costo.

Volvimos al centro del pueblo mientras seguía lloviendo a cantaros, la cantidad de agua que caía provocó que nadie saliera de sus hogares y el panorama lucia desolador. Éramos las únicas dos personas en el exterior cuando corrimos hasta la entrada de la casona y saltamos la barda, la casa nos recibió de inmediato pues un fuerte portazo se escuchó desde el interior y la temperatura bajó drásticamente, podría jurar que una guitarra entonó acordes revolucionarios desde el fondo de las habitaciones. Comenzamos a explorar, primero revisamos el patio; un espacio cuadrado con varios árboles secos, un pozo casi al centro y una fachada de arcos con dos entradas: una de ellas parecía conducir a una habitación vacía y otra aparentaba dar acceso a una cocina de leña. La intensidad de la lluvia aumento y tuvimos que ingresar al interior de los cuartos, en el suelo estaba tirada una fotografía donde aparecía el mismo hombre que coloqué en la ofrenda de mi abuela, la habitación aún tenía algunos muebles muy viejos y carcomidos; sillas de madera apolilladas, una cama de metal, pequeños juguetes artesanales y una gran cantidad de polvo que se levantaba mientras estábamos husmeando por los rincones de aquella desolada morada. Un ladrido en el patio nos alertó, asomamos y en efecto había un perro negro ladrando con desesperación a la base de uno de los árboles, el animal percibió nuestra presencia y salió corriendo por un agujero que daba a la parte posterior de la casa, salimos de nuevo al patio y nos acercamos al árbol. Horacio me sugirió que caváramos y así lo hicimos con la ayuda de dos palas oxidadas que encontramos a la entrada de lo que fue la letrina de aquel lugar, cavamos alrededor de un metro cuando dimos con una olla de barro que se quebró al instante, en su interior descubrimos el esqueleto de un adulto del cual sobresalió de forma brillante una medalla colgada de su cuello, la tomé entre mis manos y esto hizo aumentar la intensidad de la lluvia o por lo menos eso me pareció. Horacio y yo nos percatamos de la presencia de una silueta femenina a la entrada de la cocina de aquel lugar, la miramos y no lo pudimos creer, esta empezó a avanzar hacia nosotros mientras la cabellera larga que le cubría el rostro iba descubriendo un semblante cadavérico de ojos penetrantes; reconocí el rebozo negro con el que se tapaba y me armé de valor, entonces caminé también hacia ella.

Horacio se quedó parado  mientras los arboles, las puertas, las ventanas y en general toda la casa se sacudían de manera violenta al tiempo que la lluvia impedía la visibilidad correcta. Al estar frente a frente, el espectro me tomó de la mano y me arrebató la medalla, luego con una voz que no podría describirle exclamó que lo llevara junto a ella para poder descansar en paz, se dio la vuelta y entró a la cocina, detrás de ella el perro negro,  un fuerte alarido me dejó sordo por unos instantes. Regresé con Horacio para verificar que se encontrara a salvo y  me comentó que mientras yo me afrontaba a la mujer, él no pudo mover una sola parte de su cuerpo; lo animé y  la casa se empezó a quedar en calma, la lluvia comenzó a escampar y entendí que era mi trabajo llevar el cuerpo de mi bisabuelo a la tumba que habíamos encontrado profanada. Metimos todos los huesos en un costal y Horacio me ayudó a cargarlos hasta el panteón viejo, depositamos los restos en la tumba aun abierta mientras a lo lejos pude percibir a la mujer del rebozo negro mirándonos parada en la entrada principal del panteón,  contemplándonos atenta y lúgubremente; cubrimos los restos y nos alejamos respetuosamente.

Al llegar a la salida y mirar hacia la tumba de mi bisabuela volví a observar a la espectral mujer arrodillándose ante la tierra para desaparecer completamente entre un quejido afligido que permaneció en la memoria de los vecinos durante muchos años. Volvimos al centro alrededor de las nueve de la noche y todo parecía tan normal como siempre, el olor a pastel impregnaba la calle contigua a la iglesia, los puestos de comida ofrecían sus productos en la plazoleta principal y el desfile de personas nocturnas invadía las calles de mi pueblo. Nunca mencioné nada a mis abuelos; pero si invité a mi abuela a visitar la tumba de su madre, ella accedió extrañamente, ya que siempre se había negado a acudir a los panteones bajo el pretexto de que los muertos no están en un camposanto, sino en todas las enseñanzas y recuerdos que te dejaron en vida. Acudimos un par de días después y tuvimos que convencer al enterrador para que nos dejara ingresar cinco minutos en la parte clausurada del cementerio, dejamos un par de flores en la tumba de mi bisabuela y nos retiramos para no volver.

¿Qué le ha parecido?, ¿Increíble verdad? Para terminar le cuento que volví al trabajo sólo para perderlo, pues en mil novecientos sesenta y uno  la fábrica de textiles de la Aurora cerró sus puertas para siempre; al parecer el nieto del director vendió la empresa y se retiró a un hospital psiquiátrico en busca de paz. Ya desempleado conocí a un tal Félix Candela al que ayudé a cambiar una llanta de su automóvil averiado por los rumbos de Tepotzotlán, en agradecimiento me recomendó con un empresario y así entré a laborar a una planta embotelladora del municipio de Tultitlan en mil novecientos sesenta y dos.

Hoy vivo en un apartamento de interés social a las orillas de la autopista México-Querétaro, conservo la casa de mis abuelos en donde ahora estamos y vengo de cuando en cuando, añoro la época en que mi pueblo era un lugar de gente tranquila y amable, a Horacio lo veo a menudo para jugar fútbol, tomarnos un par de cervezas y platicar de aquella mañana posterior a mi relato en que nos despedimos frente a la casa abandonada; mis abuelos murieron en los años setenta y mi ofrenda del mes de noviembre siempre tiene un espacio para ellos, coloco sus fotos y las de mis padres junto a la comida que les gustaba, siempre envuelta en el pedazo de tela negro que aún conservo.

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