Una Tarde de Recuerdos
Una Tarde de Recuerdos
Casi de forma autista el doctor Eduardo Rivera escucha a su séptimo paciente del día, la hija de un importante diputado federal le cuenta cómo es que la vida ha sido tan injusta con ella y de los males que a toda hora le aquejan; el doctor Rivera sabe reconocer los síntomas de la ansiedad y a las personas que por falta de metas deciden quejarse para justificarse. La omite por momentos, se distrae y alcanza a escuchar en la radio recomendaciones sobre una marcha que avanza a la altura de Reforma y del circuito interior:
- Tome rutas alternas y salga con tiempo -
Dice el locutor mientras en la
calle el sonido irreverente de bocinas vehiculares se va apoderando de la
acústica metropolitana; el médico recuerda su compromiso vespertino:
- ¡Carajo! -
Piensa en voz baja, debía recoger
a su hija en la glorieta de Colón para la hora de la comida y la manifestación le impedirá llegar a tiempo.
Los problemas educativos del país
han traído a la ciudad a un grupo numeroso de maestros, dirigidos por un líder
sindical corrupto en busca de beneficio personal; pasarán meses en campamentos
improvisados del monumento a la Revolución bajo la bandera de una falsa lucha
social.
El doctor finge poner atención a su paciente
mientras se levanta de la silla para mirar a través de la ventana y ver a los
manifestantes avanzar sobre el circuito interior, siente lastima por ellos. Inmediatamente devuelve
la atención a su paciente, la explora, revisa paraclínicos y descarta
enfermedad orgánica, prescribe algunos medicamentos y le recomienda realizar
alguna actividad recreativa; la cita de nuevo en un mes y se despiden.
Vuelve a mirar por la ventana, suspira
y niega con la cabeza, saca su teléfono celular del cajón y busca en los contactos,
René Rivera, marca y se disculpa con su hija, ella no le reprocha nada, también
está atrapada por los estragos de la manifestación, reprograman su encuentro
para el día siguiente.
A lo lejos los manifestantes hacen
pintas, queman una patrulla, golpean civiles, abandonan su estado racional. El
médico decide aprovechar que está atrapado en su consultorio para tomarse un
momento que terminará por transformarse en horas, contempla el horizonte
citadino y pierde la mirada. Son las 14:23 horas de una Ciudad de México en
constante movimiento y suplicio, enfoca su atención en una pareja tomada de la
mano, le recuerdan tiempos; apaga la radio y en su ordenador personal activa “Breathe”,
sube ligeramente el volumen y vuelve varios años en el tiempo.
-o-
La primera vez que Eduardo la vio trató de ser lo suficientemente
cauteloso para que ella no lo notara, era el primer día de universidad. La
imagen se retrató para Eduardo por el transito incesante de estudiantes en
busca de salones, revisando listas, preguntando direcciones, anotando horarios.
El incipiente "médicoblasto" tras haber encontrando su salón esperó en silencio
en el mismo, levantó por momentos la mirada y la desvió disimuladamente cuando
se creyó observado por ella. El aula estuvo en calma por un rato, todos los
presentes habían logrado superar en un examen de selección a miles de jóvenes más que tendrían
que esperar o crearse una nueva oportunidad:
- Con lugares insuficientes en las facultades
del país, estudiar es un lujo -
Pensó Eduardo al tiempo que
descuidó la cautela y fue descubierto
por ella; se miraron, se sonrieron tímidamente y se encontraron en un punto
inevitable de sus vidas, la universidad.
En la puerta de aquel salón apareció
por primera vez la doctora Regina Mora, coordinadora del curso que interrumpió aquel encuentro de miradas fugaces;
se presentó con una breve introducción sobre la materia y sus antecedentes como
profesora de la universidad, entre sus comentarios; señaló que la institución
fue fundada en mil novecientos setenta y cuatro sobre parajes que antes habían servido
para la agricultura, luego pidió a cada uno de los alumnos que también se
presentara.
Enseguida, y de uno en uno conocieron
a Dante, Omar, Roberto, Ada, Jorge, Alejandra, todos pronunciaron su nombre y
algún agregado personal; Eduardo fue breve, su atención estaba fija en ella y en saber su
nombre, continuaron presentándose hasta que por fin se levantó:
- Sofía -
Dijo para alivio de Eduardo
mientras se rompía el silencio de aquella aula y en general de toda la casa
abierta al tiempo. Se había dado inicio a una nueva era de estudiantes y con
ellos nuevos sueños sembrados en el lugar dónde años atrás, el doctor Ramón
Villareal Pérez y su equipo de trabajo dieron inicio a un sistema modular de
educación profesional.
-o-
Las constantes injurias y
demandas pronunciadas por los
manifestantes sacan al doctor Rivera de su meditación; vuelve su curiosidad a la calle, toma la foto
de un par de manifestantes robando un comercio y piensa que el gobierno ha
sobajado a la ciudadanía hasta dónde esta misma lo ha permitido. Es interrumpido
por la voz de su secretaria que le avisa que la última cita se canceló, el empresario
Jacobo Yáñez no podrá llegar a la consulta, se encuentra bloqueado por las
afectaciones viales que la marcha ha creado; tres meses después el empresario será
secuestrado, asesinado y olvidado en una fosa clandestina del estado de Morelos,
dejando sobre su historia la marca innegable de la impunidad del país.
El doctor Rivera le responde a su secretaria que todo
está perfecto y que se puede retirar, cierra la puerta y el médico se recarga
sobre la mesa de exploración. Tiene varios proyectos inconclusos, recuerda que
en pocos días su visita al secretario de salud será inevitable, que deberá
volar a España para iniciar su segundo doctorado, que no ha tenido oportunidad
de revisar la tesis de Lucia y que la
idea de vender su vehículo para moverse en trasporte público, sólo por el
placer de volver a ser peatón es cada vez más insistente en sus pensamientos, está
convencido que pasar más de quince minutos en un automóvil es para los sedentarios
y para los que la necesidad de mostrase exitosos se mide en kilómetros o en cilindraje.
Sube el volumen a “Us and them” y se lleva las manos a los bolsillos.
-o-
La doctora Regina les pidió
formar grupos inmediatamente después del ritual de presentación, se enumeraron,
cambiaron de asiento y Sofía quedó sentada
al lado de Eduardo que no pudo esconder su ansiedad, las manos le sudaban profusamente,
le dirigió un saludo tímido, ella le respondió con una sonrisa también tímida.
Al momento el resto del equipo se unió a la charla, pasaron unos minutos de
platica, de pronto se escucho la voz de la doctora Regina planteando el
objetivo de aquel ejercicio, aquellos equipos serían para el resto del curso; Eduardo
no pudo estar más satisfecho, se propusieron temas de investigación y para el
equipo de Eduardo el tema seleccionado fue la semiología pulmonar.
La investigación fue desde el
inicio una de las piedras angulares del método educativo de la universidad,
buscar el conocimiento a través del trabajo propuesto por el propio alumno; no
se trataba jamás de sentarse a escuchar el monólogo hipnótico de un
especialista, se debía tener iniciativa.
- Quince minutos para descansar-
Dijo la doctora Regina.
Eduardo salió al pasillo,
encendió un cigarrillo y para su sorpresa Sofía se paró a su lado, sin decir
una palabra observaron el jardín principal
por unos instantes, tomaron en un respiro la esencia total de aquel lugar, intercambiaron
un saludo menos formal, se compartieron un poco acerca de metas y procedencia. Eduardo
le invitó un caramelo y Sofía lo tomó, ambos sonrieron mucho menos nerviosos.
Al término de la clase, Eduardo
se despidió de su nuevo equipo y optó por dirigirse hacia la calzada del Hueso,
abordó el trasporte público que lo llevaría hasta el metro Taxqueña, se colocó
los audífonos y comenzó a escuchar “Young Lust”, perdió su mirada en la fachada
principal de la universidad omitiendo el bullicio taladrante del ambiente, se impaciento
unos minutos y cuando el transporte estaba por iniciar su marcha vio a Sofía abordar, se miraron de extremo a
extremo sorprendidos y tomaron asiento juntos; fue tan agradable la experiencia
que desde aquel día buscarían sentarse de forma contigua en cualquier
circunstancia.
Eduardo tartamudeó unas palabras
para iniciar la conversación, recorrieron la calzada del Hueso hasta Canal de
Miramontes; se conocieron un poco más, se sintieron conformes de tener la misma
ruta de regreso. Hablaron de sus gustos, de sus disgustos y de todo y nada a la
vez. Eduardo centró su atención por un instante en un letrero que delimitaba la
delegación Coyoacán, pensó entonces que el corazón geográfico de la ciudad de México
le tenía preparadas varias sorpresas, nada fue igual desde ese momento,
finalmente llegaron al cruce con Taxqueña donde Sofía se despidió por primera
vez, un beso en la mejilla y descendió del trasporte, Eduardo la vio perderse
entre las calles de la colonia Campestre Churubusco, él siguió hasta la terminal,
ingresó a la línea dos del metro y se internó en las profundidades de la ciudad, cruzó el centro histórico de
forma subterránea y llegó a su domicilio
ubicado en la colonia Clavería de la delegación Azcapotzalco, subió a la azotea,
vislumbró el horizonte por un largo rato y contempló desde las alturas la
metrópoli anochecer.
El curso tomó forma y pronto Eduardo se sintió cómodo con su nueva vida
universitaria, exploró un par de
habilidades personales que no se conocía; la primera fue obteniendo las mejores
calificaciones de la clase, la segunda; teniendo una opinión que el resto del grupo
respetaba. Le incomodaba la segunda, pero no podía evitar mostrarse ante Sofía
como un líder, una persona segura del rumbo, aunque este no existiera.
Así, los rincones de la facultad fueron
convirtiéndose poco a poco en un hogar para Eduardo, la biblioteca, la
cafetería y su fila interminable, el campo de fútbol, el edificio central, las
salas isopticas, las aulas de cómputo, los peculiares salones de clases y los
pasillos con su ambulantaje de cigarrillos y dulces. Todo el ambiente
universitario complementado perfectamente por la compañía de Sofía, de quién
Eduardo disfrutaba al máximo hasta lo más mínimo; desde su inevitable sonreír,
hasta su imprudente inocencia; desde su andar, hasta su forma de recordarle a Fermina
Daza.
Una de las cosas que más
disfrutaba Eduardo era la manera de manejar el tiempo que pasaban juntos y que terminó
por crearles la necesidad mutua de la risa que se procuraban hasta cuando callaban,
de la cercanía con la que se sentaban, de compartir la comida, de quedarse en
el pasto recostados hablando del futuro o simplemente atestiguando la vida
estudiantil en su apogeo. Se construyeron atmosferas fotográficas para la posteridad
que Eduardo definió como versos de métrica perfecta escritos a la mitad de una
prosa en movimiento.
En la rutina intelectual repartían
el tiempo entre cátedras y discusiones científicas, documentación casi
arqueológica en los anaqueles de la biblioteca, citas de fuentes
bibliográficas, atardeceres de averiguación y redacción, conciertos y eventos
culturales en los auditorios universitarios, reuniones con líderes de opinión
pública y visitas a museos.
Cuando tenían un momento libre
partían a galerías Coapa o las tardes de billar en “Las carambolas”, igual les
atardecía caminando en el centro de la ciudad que en la colonia Roma, donde Alejandra;
una de las integrantes del equipo de investigación, prestaba su departamento
para avanzar en los temas académicos. Formaron una especie de hermandad ideológica
que compartía opiniones, música, libros, miedos y ambiciones:
– La única traición verdadera es
la ideológica - Dijo Eduardo para su equipo en una tarde nublada metidos en el
departamento de Alejandra, todos estuvieron de acuerdo; Sofía guardo silencio.
Esa misma tarde, en la ventana que
daba a la calle de Monterrey, Eduardo deseó que el tiempo dejara de avanzar mientras
observaba con Sofía el río de peatones que alimentaba la voracidad capitalina,
este hábito de ver la ciudad a través de las ventanas acompañaría a Eduardo por
siempre y más de una vez le valdría el regaño de sus profesores o acompañantes.
-o-
El doctor Rivera observa la
pantalla de su celular vibrando, es su esposa;
una brillante empresaria que terminó por dar más importancia al dinero y a los negocios
que a su relación marital. Prefiere no contestar, hacerlo significaría dar
respuesta a cuestiones de una rutina desgastada; desvía la llamada y se afloja
la corbata, abre la ventana y enciende un habano de la casa Partagas, de
momento decide no estar para nadie.
El día de mañana volverá a sus obligaciones
de padre y esposo, entonces cambia de opinión acerca de la manifestación, sin
la cual ahora estaría metido en un restaurante de gente falsa escuchando a su
hija, cuya opinión sobre la educación pública le parece infantil. Agradece a
toda esa gente que decidió colapsar la ciudad
por regalarle un momento a solas con sus recuerdos, da una bocanada al habano
y recapacita al instante:
- Es una pena que para tener un
momento a solas, la ciudad tenga que colapsar - Dice en voz alta, como hablando
para la multitud enardecida de asfalto y cemento.
Recuerda sus días de estudiante
como los más felices que pudo haber vivido; y ahora, parado en el balcón de su
consultorio ubicado en la calle de Río
Nilo, piensa que la magia de ser joven, estudiante y estar enamorado es todo lo que un hombre
necesita para levantarse todos los días, cruzar la ciudad y vivirla con la serenidad
abstracta de sueños por cumplir. El experimentado médico se relaja y cierra los
ojos un instante mientras suena “Any Colour you like”.
-o-
Debió ser a mitad del curso
cuando Eduardo decidió esperar a Sofía afuera de su domicilio, quería llegar
con ella a la facultad, estuvo esperando por veinte minutos en el número dos de
la calle Cerro Libertad hasta que la vio
aparecer, Sofía lo miró con sorpresa y
emoción al mismo tiempo, ella apuró a secarse una lagrima que Eduardo no
percibió, se saludaron con un beso y un abrazo, un abrazo diferente del resto;
fue un abrazo de adiós por parte de Sofía, Eduardo no comprendió aquella
sensación, esa pausa larga antes de separarse era desconocida para él, la
entendió años después; cuando su padre agónico le dio un abrazo idéntico anunciando
la despedida.
Un poco nervioso y confundido
Eduardo le comentó que necesitaba hablar con ella, que al terminar la clase le gustaría caminar
por el campus para poder expresarse mejor, Sofía asintió con la cabeza y con
una sonrisa le puso una condición:
- Está bien, pero tienes que
dejar de ver al horizonte de forma autista -
El aceptó, pero jamás lo cumplió;
siempre pensó que las promesas eran un contrato y que los contratos no deberían
existir.
Eduardo había decidido contar lo
que Sofía ya conocía, lo que la clase ya sabía y lo que la ciudad también había
atestiguado y que sin embargo para Eduardo, un tímido lector andante de
historias ajenas no era fácil explicar. Caminaron hasta Canal de Miramontes, tomaron
el trasporte que los llevaría hasta la universidad; el acceso en esta ocasión lo
hicieron por calzada de las Bombas, mostraron sus credenciales, atravesaron el
pasillo hasta la cafetería sorteando al resto de universitarios que apuraban el
paso, que llevaban maquetas, que vestían bata blanca, que abarrotaban los
espacios, que se besaban a la sombra de los
edificios y que se amparaban de la ignorancia.
Finalmente llegaron al jardín
Zapata y se reunieron con los demás compañeros, luego se dirigieron al salón,
tomaron su clase, dieron avances del proyecto de investigación, participaron de
un debate elevado de tono sobre la existencia de Dios; aunque para Eduardo el
tiempo se tornó más lento y difuso que nunca, consiguió llegar al final de la
clase sin haber puesto un solo momento de atención sincera y sin haber notado
que su opinión acerca de Dios era la primera con la que el grupo discrepaba;
peor aún, sin encontrar las palabras correctas para hablar con Sofía.
La doctora Regina dio por
terminada la sesión, los alumnos lo celebraron y empezaron a salir del aula; Eduardo
estuvo más autista que nunca, Sofía le interrumpió el ejercicio involuntario de
meditación con una broma y Roberto propuso
ir a comer. El futuro médico tomo la iniciativa y se disculpó por él y
por Sofía con el pretexto ya bien conocido por sus compañeros, ambos se
despidieron y caminaron juntos por los pasillos de la universidad sin decirse una
sola palabra en varios minutos; disfrutaron el momento, dejaron la esencia de
su recuerdo y su paso en cada rincón de la facultad, cuestión con la que
Eduardo tuvo que lidiar durante cinco años más.
Sofía habló primero; sus padres
preferían que cambiara de escuela, la explicación se fundamentaba en pretender
una institución de mayor “Prestigio” para la educación universitaria de su hija;
Eduardo no estuvo de acuerdo, sabía que
las escuelas no hacen al alumno pero no lo expresó, sintió correr en su
interior el presagio de un final adelantado, preguntó a Sofía sobre su opinión,
ella no estaba segura:
- Pero quería que lo supieras - Comentó Sofía
mientras desviaba la mirada.
Entonces Eduardo desistió de su confesión
sentimental, no hubo necesidad de explicarlo, Sofía entendió y no hizo comentario
alguno; ella recordó aquella tarde en la Roma y la observación de Eduardo sobre
la importancia de mantenerse fiel a la ideología, siguieron caminando por un
rato bastante gris, luego se marcharon.
Algo se había perdido, Eduardo no
respetó la opinión de los padres de Sofía, pero no intentó cambiarla y desde
aquel momento los días se tornaron mutua e inmaduramente serios, situación que
se vio reflejada en el trabajo de equipo; hubo desacuerdos, ausencias, autismo
voluntario y recíproco, frases a medias y silencios irrelevantes.
-o-
- Se aprende más del fracaso que
del éxito –
Piensa el doctor Rivera al
momento de retirar el exceso de ceniza del habano que sostiene recargado en el
barandal de su balcón, siente su celular vibrar de nuevo, mensaje de su esposa:
“Recuerda pagar la colegiatura de René”; levanta la ceja izquierda y no
contesta el mensaje, reflexiona profundamente sobre ese momento, cambiaria las
casas, los coches, la ropa, los viajes, el prestigio, todo por una tarde más en
su alma máter y con Sofía. Acto seguido se burla de él mismo.
Entra al consultorio mientras “Brain
Damage” suena; la situación de la ciudad no parece mejorar, varias avenidas
principales están bloqueadas y con ellas la economía se paraliza; la
contaminación asfixia a los capitalinos y se hace más tarde que nunca para
millones de personas que a diario dejan parte de su existencia en las calles,
transporte, oficinas y negocios de la
capital. El doctor continúa su habano y remembranza.
-o-
Tras varias semanas de insulso
comportamiento, sucedió de la nada: Sofía se acercó a Eduardo y sin prólogos innecesarios le dijo:
– No hemos podido hablar, tenemos
una plática inconclusa –
Ambos sonrieron igual que aquella
primera vez, se tomaron de la mano, se alejaron del grupo y se apartaron a un
jardín del campus, se sentaron y Eduardo tomando la iniciativa contó fuera de
todo guión preestablecido cada una de las cosas increíbles que Sofía le hacía
sentir y vivir, Sofía escuchó mirándolo detenidamente a los ojos hasta que
Eduardo dejó de hablar, fue entonces que comenzaron a acercarse muy despacio; millones
de vidas a su alrededor interactuaron ajenas a los nuevos futuros que Eduardo y
Sofía abrieron a cada centímetro acortado entre sus labios para finalmente
dejar que ocurriera. El tiempo los detuvo inevitablemente, los atrapó en aquel
beso que cambió su universo y que impregnó los segundos de eternidad, ambos se recordarían
para el resto de sus días y se abrazaron por varios minutos. Al final y de
todos los posibles futuros:
- Me tengo que ir -
Dijo Sofía, tras un largo rato.
- Y no solo hoy, no por ti, lo
más seguro es que tras el fin de curso nos volvamos a ver muy pocas veces –
Ambos se levantaron y partieron a
terminar su día; Eduardo pasó el resto de la tarde sentado en una banca de la
plaza de la Santa Veracruz, con una cajetilla de cigarrillos y viendo el atardecer
sin prisa alguna; la vida se movía de forma diferente y se dispuso a ver el
espectáculo, esta vez no lo hizo desde la ventana, sino mezclado en el fluir.
-o-
Al tiempo que suena “Eclipse” el
doctor Rivera mira su reloj, han transcurrido un par de horas desde que empezó
a recordar y sin darse cuenta dejó correr
el mismo álbum una y otra vez, además se saltó sus alimentos. Llama a un restaurante
cercano y se pide algo de comer, mientras espera acomoda su instrumental,
devuelve libros a su lugar, arregla el escritorio y manda un par de correos; al
poco rato suena el timbre del consultorio:
- Ahora bajo -
Abre la puerta del edificio y
recibe su comida, vuelve al estudio, se remanga la camisa y toma sus alimentos;
advierte mucha nostalgia alrededor, no es la primera vez que le ocurre. En el
horizonte el final de la manifestación ya es visible. Son las 18:10 horas y el
grupo de granaderos que había acompañado a los manifestantes comienza a replegarse.
El tráfico atrapado varios kilómetros atrás comienza a moverse de forma lenta, aun es posible andar más rápido a
pie que cualquier vehículo; el doctor Rivera decide esperar más tiempo para
emprender su camino a casa.
-o-
Esa misma nostalgia que ahora inunda
el consultorio del médico, fue la misma que invadió el final del primer ciclo universitario;
el último día de clases inició con una flor que Sofía recibió sorprendida, ella
objetó que no era el estilo de Eduardo y que prefería aquel pedazo de papel donde le había escrito “Tú me liberas”. Sonrieron
y se dieron la razón. Hubo éxito en lo intelectual, abrazos de despedida para
el grupo, deseos de tiempos mejores, felicitaciones, fotografías y aliento
universitario.
Eduardo y Sofía se despidieron de
los amigos y se dirigieron a la calzada del Hueso juntos por última vez. Tomaron
el transporte juntos como aquel primer día, el trayecto fue silencioso, Eduardo
recargó la cabeza sobre el hombro de Sofía durante todo el camino, ambos
descendieron en el cruce de Miramontes y Taxqueña, fueron los últimos momentos
de una historia que no se volvería a repetir para ninguno de los dos.
Sin mayor drama se miraron a los
ojos, se despidieron cordialmente, se desearon lo mejor, se abrazaron; un hasta siempre y cada uno se dio la media
vuelta, Eduardo caminó hasta la estación terminal del metro, se colocó los
audífonos, abordó el transporte y este lo llevó de nuevo al sistema
circulatorio de la ciudad, una vez más formaba parte del líquido vital de la
metrópoli. Se fue observando en cámara
lenta, escuchando “Every year is getting shorter, never seem to find the time”,
canción que duró mucho más tiempo del normal. Eduardo y Sofía nunca se
volvieron a ver.
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