Lucidez Homicida

 

Lucidez Homicida

 

Ella, treinta y cinco años, originaria de la ciudad de México, aficionada a la lectura de novelas de misterio, enemiga de la medicina tradicional, lucida en ocasiones, pocas en realidad, hija de un matrimonio católico, educada en colegios Josefinos. Resuelta a todo, aprovecharía que él se iba todas las tardes a trabajar para finalmente hacerlo, llevaba años planeándolo, repasándolo en su mente, o por lo menos así lo sentía, segura de que llegado el momento lo haría sin remordimiento y sin censura, lo lastimaría hasta la muerte, lo disfrutaría y luego huiría. No lo permitiría más.

El, treinta y seis años, originario de Guadalajara, desertor de la carrera de psicología, callado, reservado, apasionado de todo y nada, coleccionista de vinilos de rock clásico, resignado desde el día en que les confirmaron el diagnóstico, día en que guardó sus inquietudes y metas en un frasco que etiquetó con la frase “Mis decisiones”.

Nunca hubo niños, ni mascotas, tan solo lo necesario y lo que el costo de seguir vivos les permitía tener.

El departamento, ubicado en la calle de Felipe Villanueva no. 18, espacio lúgubre, de luces parpadeantes, de tazas de café sin beber, de cenas apenas terminadas, de una radio balbuceante y de un teléfono muerto, cocina oxidada, supuestas vidas apenas vividas, cortinas destruidas por el sol y la humedad, baño frio y habitado por moho, un sofá jubilado, una cama o lo quedaba de ella, una colección de silencios, cuentas por pagar, un montón de tardes de miedo, varios volúmenes inéditos de la soledad, olvido tapizando las paredes, ilusiones y esperanza almacenadas en la alacena de lo cotidiano, cajas de medicamento a “penas” y apenas consumido, lo único que abundaba en ese espacio era la ausencia absurda de lo remediable.

Jueves 24 de mayo, el día, su día, ella aguardó en el comedor, paciente a que él terminara de cenar y se despidiera, lo vio levantarse de la silla y salir de su campo visual, finalmente el momento había llegado, tomo las tijeras y segura de que nadie la observaba no titubeo, fue a su encuentro, y ahí, en la mitad de la recamara, la vida se fue al demonio en ese preciso instante, todo dejo de tener sentido (de nuevo), actuó conforme al plan y lo hizo pedazos, le gritó con todas sus fuerzas, lo arrastró contra el suelo, le clavó las uñas, lo insultó hasta el cansancio, lo contempló como al más repugnante de los enemigos, lo apartó y abrió el closet, sacó una maleta y guardó los restos con sangre fría.

Fernanda salió de prisa, exactamente a las 19:20 horas, no llevaba más que la maleta y la sensación de haberse liberado, aunque no estaba segura de que aquello fuera suficiente para seguir adelante, tampoco estaba segura de quedarse a esperar lo inevitable. Lo inevitable lo observó todo.

Al salir, la calzada de los misterios impactó a Fernanda de lleno en la mirada, los destellos amenazantes de los automóviles le recordaron que llevaba años aguantando y esperando, o por lo menos eso creía, dio un par de pasos débiles buscando un taxi, como quien busca irremediablemente lo perdido, se secó las lágrimas y apretó fuerte la maleta. Avanzo dos cuadras, cuando el anochecer y su destino llegaron en forma de Volkswagen amarillo del año ochenta y cuatro, Fernanda abordo y de manera fría le indico al conductor dirigirse hacia la calzada de Tlalpan, - por su puesto - respondió amable la figura gris y borrosa sentada al volante.

Avanzaron en el tráfico detestable mientras ella se adelantaba a los siguientes eventos: la policía tardaría varios días en buscarla y darse cuenta de lo ocurrido, para ese entonces ella ya estaría lejos, en otro estado, en otro país, en el infierno o en el SEMEFO, eso aun no lo había decidido. El trayecto fue silencioso, hasta que German, el conductor, le prestó un pañuelo para limpiarse las manos ensangrentadas, ella lo tomo nerviosa - estas cosas pasan de cuando en cuando - le dijo German y volvió la atención al volante y al tráfico, Fernanda respondió apenas con un leve gesto en el rostro, ambos se miraron por el retrovisor.

Para él, nada nuevo, para Fernanda, el fin de su crónica de muerte anunciada.

Al llegar, German ayudo a su pasajera a salir del Volkswagen amarillo, inmediatamente la entregó, luego volvió, como quien vuelve a un mal recuerdo de la infancia, contempló el desastre, se abrió una cerveza y  se sentó, luego, resignado, se dispuso a levantar los restos del vestido de novia que su esposa había destrozado a las 19:00 horas del mismo día, tras un nuevo episodio de esquizofrenia y por el que nuevamente la había tenido que internar. Pasarían unos meses hasta poder verla de nuevo.

Ella, en el reencuentro, no recordaría nada.

Él, German, volvería a tomar del frasco de sus decisiones, para contemplar nuevamente, desde la entrada de la cocina, a su esposa destrozar el departamento ubicado en la calle de Felipe Villanueva no. 18.

 

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