Promesa Cumplida
Promesa cumplida
-
¡Ya sé que siempre me tardo bastante!, pero ¿Qué quieres que haga? Ya no tengo
la misma flexibilidad de antes… además procuro estar lo más presentable para ti
mujer…, sí, sí,… ¡Ya sé también que siempre digo lo mismo!, sólo dame unos
minutos más y te veo allá… -
La
música del vals “Recuerdo” acompañó de fondo a Leonardo mientras se colocó un
poco de cera para el cabello , sintió de nuevo la pesadez en las manos y se detuvo un minuto a
respirar, tomó un par de segundos sentado en su cama y se miró al espejo, se vio a través de los
años; hace tiempo que los brazos no le responden muy bien, que no puede andar
tan rápido como antes, que olvida detalles y lugares, que confunde los viernes
con los miércoles y que acude a más funerales que fiestas. Es un tema al que no
le ha tomado importancia, la edad avanzada lo limitó en lo físico y en lo
mental, pero su ímpetu y hambre de cosas imposibles siguieron intactos hasta el
último respiro. Se levantó muy despacio de la cama y continuó con su arreglo
personal al tiempo que el ruido de utensilios caer en la cocina le interrumpió
la calma acostumbrada:
- ¡Si
te vas a molestar lo dejamos para otro día! Ya sabes que no me gusta que me
estés presionando, ¡Ves lo que has hecho! Me puse un par de calcetines
diferentes… ¡Caray! Con lo que me cuesta cambiarlos…, ok, ok, no me enojo…,
pero si ya habíamos quedado en algo, no veo por qué te fallaría; dime ¿Cuándo
te he quedado mal? -
Leonardo
caminó sigilosamente hacia su cocina y observó todo en orden, negó con la
cabeza y regresó lánguidamente a su habitación, marchó lentamente bajo la
armonía tenue de recuerdos instalados en cada minuto, cada espacio y cada movimiento de su domicilio. La añoranza
se apoderó a tal grado de aquel lugar que la memoria llegó a ser un habitante
más entre los objetos guardados, mezclado en la quietud de los libros
apelmazados, suspendido en el polvo arrinconado y efímero en la medicina
almacenada.
El
viejo detuvo su andar antes de entrar al dormitorio para contemplar su foto de
bodas, esa imagen donde esta abrazado a
su esposa, esa captura que con el correr de los años se tornó sepia y que perdió su brillo exterior, pero que nunca
dejó de ser su objeto favorito, la miró inquieto y luego prosiguió. Se acercó a
la cómoda y sacó un par de calcetines nuevos, con esfuerzo se agachó y retiró
los equivocados, con otro más se estiró y se puso el nuevo par, metió los pies
en sus mocasines y escuchó en el patio a Camba ladrar emocionada; supo
perfectamente el motivo, procedió a perfumarse y abrochó el suéter, se miró
nuevamente al espejo de pies a cabeza y sin darle relevancia a las arrugas le
pareció estar listo, tomó su sombrero “Pork pie” y caminó hacia la sala:
-
¡Estoy listo!, ¿Los tulipanes están bien? No sé ¿Por qué te gusta que camine
sosteniendo esas flores en la calle? A mí me da mucha pena que me vean con
ellas…, pero está bien, no lo tomes a mal, las llevare conmigo… ¿Dónde está mi
bastón y mis llaves? Sí…, quedamos a las
once…, no…, no llegaré tarde; es cuestión de encontrar estas canijas llaves -
Leonardo
se demoró un poco mas buscando las llaves y luego olvidando lo que estaba buscando
entró y salió varias veces de su estancia, de su cuarto, de la cocina, del baño
y de la biblioteca, por casualidad metió la mano a la bolsa del pantalón y las
halló dentro; el coraje le provocó una sensación de urgencia y tuvo que pasar
al sanitario para orinar, en ocasiones le sucedía quedarse dormido al interior
del baño antes de poder miccionar, esta vez no fue así. En la entrada principal
un portazo irrumpió el silencio de la casa por segunda ocasión:
- ¡Ah,
tu ansiedad no va hacer que me apresure más!, ya estoy acostumbrando a
sentirla, además, tus arrebatos de chiquilla tampoco recuperaran mi memoria y
mis fuerzas, así que mejor espérame o adelántate tú… -
El
viejo caminó hasta la entrada principal de su domicilio y salió al patio de la
casa, Camba lo recibió feliz, puso llave a la puerta y ordenó a su mascota
quietud, atravesó el patio que año tras año le parecía aumentar de tamaño; no
aceptó nunca que sus pasos fueran más cortos y en cambio se convenció de que al
llegar a cierta edad los caminos son más largos e inclinados, salió a la calle
y recorrió su barrio Coyoacanero.
Un año
más había pasado y Leonardo estaba dispuesto a acudir nuevamente a su
encuentro. En las primeras cuadras saludó a un par de amigos de la infancia,
los reconoció más por costumbre que por recuerdo; miró la tienda a medio
derrumbarse, la panadería y su olor intenso saturando la cuadra entera, la
zapatería y a su dueño dormido, la entrada del mercado que se fue extinguiendo
a causa de los nuevos comercios de conveniencia; comercios donde las personas
van comprando su muerte industrializada, observó también la peluquería y a sus
jugadores perpetuos de ajedrez y domino, la carnicería, la pulquería, el jardín
central, la vieja iglesia, los puestos ambulantes que poco a poco saturaron el
ambiente con carentes melodías musicales.
Del barrio de su juventud quedó
muy poco, la modernidad se llevó las tradiciones y dejó una ciudad que en
ciertos días no se soporta ni ella misma. Siguió su camino y pronto un calor familiar lo sorprendió en
la mano derecha, sonrió ligeramente:
-
Sabía que tus berrinches nunca duran… Siempre has sido así y para ser honesto
me da gusto que nuestras diferencias nunca hayan significado más que breves
momentos para poder extrañarnos. ¡Mira ese es el parque donde te pedí que te
quedaras conmigo para siempre! ¿Te acuerdas?, lo van a cerrar, un particular lo
derribara y construirá sobre su espacio una plaza comercial horrible, de esas
donde las personas creen satisfacer su felicidad gastando el poco dinero que no
tienen, sí… ¡Ya sé que soy un cascarrabias!…-
Leonardo
continuó avanzando lentamente hasta la parada del transporte, lo esperó y
abordó con menos paciencia que la que su rostro reflejó; tomó asiento y sintió
las miradas del resto de usuarios sobre el ramo de tulipanes que llevaba
consigo, se sonrojó y maldijo senilmente, desvió la mirada y una presión sobre
su hombro izquierdo le alivió al momento:
-
Tienes una manera de reconfortarme tan especial, tu compañía siempre ha sido el
motor de mis proyectos, el descanso de mi desvelo, el sueño de mi inquietud y
el horizonte de mi camino; estoy seguro de que a pesar de todo nunca hemos
dejado de estar juntos, aún me cubro mis delgadas piernas para que no las veas,
todavía me perfumo para llamar tu atención, sigo escribiendo para ti, guardo
todos nuestros hábitos intactos, respeto tu lugar en la mesa, me abrazo a ti
durante las noches, te extraño cuando estas ausente, preparo tu comida
favorita, voy a los sitios que prefieres, escucho tu música, lavo tu ropa,
acomodo tu espacio. Es una necesidad y una forma de hacerle trampa a la vida -
Correspondiendo
Leonardo también recargó la cabeza y el trayecto lo tranquilizó un poco,
lentamente comenzó a dormitar y durante su breve concilio onírico se vio sin
arrugas, tomando la mano de su compañera y viajando de nuevo a conocer el
mundo, corriendo con sus mascotas, subiendo alto y riendo incansablemente,
lamentablemente un tope le interrumpió su fantasía de juventud. Maldijo de
nuevo con la senilidad tierna que lo caracterizaba, miró el tráfico detenido a
un lado del transporte, se acomodó el sombrero y reconfortó de nuevo para
dejarse llevar por los caminos de asfalto urbano:
- Ya
casi llegamos, falta poco, sólo unas cuantas cuadras más, ¡No seas impaciente!,
ya sabes que no me gusta que me hagan cosquillas y mucho menos en público;
hemos preparado mucho este día y nada va a salir mal, te lo prometo -
Notó
que debía levantarse para anunciar al chofer su descenso, lo intentó en varias
ocasiones y hasta la cuarta lo logró, le pidió a un estudiante que le alcanzara
el timbre y este lo ayudó amablemente, el trasporte paró y Leonardo bajó en la
esquina de División del Norte y avenida del Rastro, alcanzó la banqueta y
continuó su andar; miró la entrada principal de su destino y se sintió un poco
nervioso, echó un vistazo a su reloj y notó que tenía tiempo de sobra, se arregló el saco, revisó el moño y verificó
que sus zapatos permanecerían impecables, ordenó los tulipanes y caminó hasta
el acceso, sorteó los diversos obstáculos que se interponían en su camino con
una falta de agilidad que casi lo llevan al suelo en varias ocasiones, se
perdió entre tantos senderos, se detuvo a preguntar en varias ocasiones y tras
corregir la ruta en definitiva lo logró, llegó a su cita anhelada y vio a su
esposa que ya estaba allí esperándolo:
- Es
temprano, sólo cinco minutos de retraso, no me pongas esa cara mujer, yo
también he estado impaciente por el día de hoy; ven vamos a sentarnos, estoy un
poco fatigado, mira, te traje tus flores preferidas y además me he puesto el
perfume que tanto te gusta; ¿Cómo has estado? Cuéntame todo… no te creo… ¿Cómo
que me puse otra vez un par de calcetines diferentes? ¡Ah que la jodida! Pero
si los revise dos veces… bueno pues… ¿Volviste a platicar con él?... ¿Cómo es
allá? Me da mucho gusto por ti… ¿Es cierto eso?... ¿También es mi tiempo? No me
preocupa, sólo déjame regresar a casa para encargarla -
Leonardo
se agachó sobre la tumba de su esposa y le dejó los tulipanes que había
comprado, habían pasado diez años desde la muerte de ella y nunca faltó a su
aniversario de bodas; se contaron todo lo que había pasado en el año y se
plantearon nuevos proyectos para el futuro, se dieron un abrazo largo,
disfrutaron de encontrarse de nuevo y tras dos horas de una conversación que a
los ojos del común denominador hubiera sido un soliloquio disparatado, se
despidieron:
-
Estoy en calma y sé que vendrás esta noche, mi andar y mi cansancio están
listos para tomar tu mano de nuevo -
Los
dos viejos se dieron un beso en la mejilla y se alejaron a pasos cortos pero
seguros, Leonardo volteó la cabeza y la
vio perderse entre las tumbas mientras
ella le decía hasta pronto agitando un pañuelo blanco. El viejo volvió a casa
por la misma ruta que lo había llevado hasta el panteón de los Reyes; esta vez
el trayecto fue menos amable, sobre todo por sus ganas de regresar lo más
pronto posible al hogar. Al volver a su barrio se fue despidiendo de cada
rincón que tuvo significado en su vida y agradeció al tiempo por permitirle
realizar cada uno de sus planes, se sintió conforme con su paso terrenal,
abrazó por última vez a su antiguos cómplices de juerga, fumó un último
cigarrillo a pesar de haberlo abandonado treinta y cinco años atrás, se paró en
la entrada de su domicilio y al girar la cabeza para ambos lados vio su
contexto proyectado como en una película vieja que había llegado a su final,
por lo menos en este plano; entró muy despacio y Camba lo recibió melancólica,
se echó a sus pies, él le acaricio con suavidad y le prometió también reunirse
pronto, llamó a su hijo por teléfono y le pidió que pasara por su mascota con
el pretexto de falta de fuerzas para seguirla cuidando, su hijo accedió y pasó
por la canina compañera; notó a su padre muy contento, Leonardo se despidió con
el único consejo que dio en su vida:
- Haz
todos los días lo que te apasione y no lo que tengas que hacer –
Leonardo
Encendió la radio y el bolero “En el mas allá” en versión del trió las sombras
le pareció adecuado para el instante que se disponía a vivir, casi como si
alguien más lo hubiera elegido a modo de última canción. Dejó cada objeto en su
lugar, siempre fue un obseso del orden; obseso hasta perder los estribos, lavó
los trastes sucios, desempolvó los muebles, acomodó documentos importantes y
los dejó a la mano, preparó café y la noche lo alcanzó guardando su ropa, bebió
una segunda taza con una pieza de pan dulce
y se quedó dormido en el sillón de la sala principal...:
-
¿Eres tú? -
Un
beso tierno lo despertó con afecto:
- Si
Leonardo, Soy yo -
- Qué
bueno que llegaste, hace años que esperó impaciente por estos segundos que me
quedan -
-
¿Estás listo Leo?-
- ¿Qué
pregunta es esa mujer? Estoy más listo
que nunca -
- Me
da gusto, ven levántate, ponte de pie -
-
Ayúdame pues… -
Leonardo
reconoció la mano que lo levantó del sillón y al instante todo fue mejor que
nunca en su vida, ya no tuvo dolor en
los brazos ni en las rodillas, sus malestares se habían marchado y sus fuerzas
estuvieron plenas; miró a su esposa joven, radiante, se miró lleno de vida
también:
-
Vamos Leonardo, debemos continuar -
- Sí
mujer, vamos; ahora de forma literal muero por estar junto a ti…-
-
Promesa cumplida viejito -
-
Promesa cumplida viejita -
-
Vámonos, ya no puedes cambiarte los calcetines y otra vez lo llevas diferentes
-
- Oh…,
que caray -
Al día
siguiente, el hijo de Leonardo encontró a su padre recostado en el sillón
abrazando la foto de bodas que tanto le gustaba, lo encontró sin vida pero con
un semblante tranquilo. Un par de semanas después Camba también se echó al
sueño perenne. Al hijo de Leonardo no le pareció nada extraño.
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