Mil Novecientos Noventa y Nueve
Mil Novecientos Noventa y Nueve
Hoy es el día en el que Sergio debe presentar
su examen de admisión a la preparatoria y en que abrimos un paréntesis entre el
inicio y el penúltimo párrafo de este cuento, un proceso que le ha resultado viciosamente
tedioso.
De acuerdo a las pláticas que ha
tenido con su padre, es muy probable que su profesión se decida en los próximos
tres años de formación educativa, es por esto que Sergio está indeciso sobre qué
área escoger, en realidad está indeciso de todo y seguro de tomar la decisión
incorrecta. En general no le gustan las matemáticas, ni la biología, mucho
menos la física, él es más bien del tipo artístico y le cuesta trabajo entender
los términos del folleto informativo:
-
¿Físico Matemáticas?
-
¿Ciencias Biológicas y de la Salud?
-
¿Ciencias Sociales?
-
¿Humanidades?
Le gusta
tocar la guitarra, una Paracho negra comprada en Bolívar, a la que le añadió calcomanías
de grupos de rock, The Doors, Pink Floyd, Queen. Vicioso de jugar en la
computadora, Age of Empires es su juego favorito, chatear por Messenger mata
los malos ratos, practica fútbol desde los cinco años, cuando formó parte de
los Pumitas, le resulta placentero caminar por el antiguo barrio universitario,
estar en el patio de la academia de San Carlos y desde hace dos años, disfruta
también de la compañía de Regina, su novia, a la que conoció en segundo año de
secundaria. Lástima, muy pronto todo esto cambiara, pues su padre no ha dado
pie a la argumentación:
-
No más distracciones -
Sergio ya lo
ve venir, adiós a la vida de trotamundos y bienvenida la etapa adulta, adiós al
sueño de vivir y bienvenida la supervivencia demencial. No está asustado, pero
si incierto, pues apenas unas semanas atrás, antes de iniciar los exámenes finales y entrarle
de lleno al periodo vacacional, salía de la escuela secundaria técnica No. 6
"Sor Juana Inés de la Cruz" a la una de la tarde, de ahí a la Ciudadela
con Vladimir y Marco en compañía de sus nenas.
La pasaban
“chévere” sentados en una banca, con el monumento a Morelos de testigo, suéter
verde, estirado de las mangas como manda la etiqueta del uniforme, camisa
blanca mal fajada, pantalón gris a cuadros, mochila con la clásica regla T asomándose
a la vida. Platicaban de todo, excepto del porvenir, aprendían a fumar,
exageraban anécdotas o quizás anecdotaban exageraciones, claro, si usted
lector, me permite tal conjugación, luego sacaban la lira del estuche moribundo:
- échate la última del Tri -
- ¡no! esa
no, esa es de ñeros -
- seguro,
mejor cántate la de Polvo en el viento –
“I close my eyes
Only for a moment
And the moment's gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity…”
Sergio los complacía.
Después de un
rato y para matar el hambre, compraban chicharrones en bolsita, por su puesto,
con mucha salsa valentina, mejor dicho, compraban medio litro de salsa
valentina y le ponían algunos chicharrones, amarraban la bolsita y procedían a
morderla de abajo para irlos saboreando (¿existe otra forma?), un esquimo o un
angelito salado para bajarse la enchilada.
Para terminar,
las parejitas caminaban entre puestos de libros de viejo, viniles, cd´s,
pulseras tejidas a mano, posters y una gran cantidad de gente que entraba y
salía del metro Balderas. Así, hasta las cinco de la tarde, hora en que cada
quien se marchaba hacia su respectivo domicilio:
-
¡Camarón! -
-
¡Ahí te ves! -
-
¡Te lo lavas! -
Beso de
despedida y hasta mañana, ya que a pesar de que llevaban dos años de noviazgo, Sergio
nunca pudo acompañar a Regina hasta la calle de articulo 123, porqué el hermano
de ella se la tenía bien sentenciada, pleito antiguo de inicios de la
secundaria.
-
Chinga tu madre y no te vuelvas a parar por aquí
–
Fue lo último
que le dijo aquel día su cuñado.
En fin, la rutina
terminaba en la calle de la Soledad, donde Sergio ayudaba unas horas en la bonetería
familiar, sin embargo, las últimas dos semanas de exámenes finales fueron
distintas, ya no hubo tarde de Ciudadela, ni canciones, ni chicharrones. Un
preámbulo que anunciaba el final de aquellos tiempos fresas.
Los exámenes finales
terminaron con el ciclo escolar y con un 8.2 de promedio, las vacaciones fueron
mediocres y llenas de platicas vocacionales, que lo llevaron sin darse cuenta
al último día en que Sergio se reuniría con Regina y sus amigos en la Ciudadela,
la reunión fue breve, todos contaron su decisión, Regina a Ciencias Biológicas,
el camarada Vladimir y su amigo del alma, Marco, a Físico Matemáticas. Sergio se
quedó callado para que los días, las horas y los recuerdos se consumieran.
-
Que complicada decisión -
Pensó nuestro
protagonista, mientras se lavaba los dientes de aquella noche que precedió al
día del examen. Noche larga e insomne, en la que se dejó llevar sin
arrepentimiento por la ansiedad, dio vueltas en la cama, se paró a deambular
por la habitación, se asomó por el balcón y se sentó en la orilla para hacerse varias
preguntas sin respuesta, mientras los recuerdos de su infancia se fueron
mezclando en un ejercicio filosófico delirante.
Que lejos la
calle en la que jugaba con sus primos, que distante su cuarto y su bolsa de
juguetes, que inimaginable la dimensión en la que se perdieron sus hielocos y
tazos dentro del sofá, que necesidad tenia de volver a lanzar un tamagochi por el
retrete, de prender su gameboy, de sentarse a ver super campeones, de levantar
las manos para hacer una Genki-dama o de jugarse unas maquinitas en la tienda
de la esquina.
Cerrando paréntesis,
las campanas de catedral repican, Sergio se prepara y camina en dirección a su destino,
llena los formatos de inscripción en el módulo asignado, por cuestiones
geográficas escoge la vocacional cinco, ciencias sociales y técnico en
informática, contesta por contestar el examen de su vida, hasta que un día, en
el epilogo fatalista de los años transcurridos de trimebutina y omeprazol,
suena el teléfono ¿Eres tú? no te creo, han pasado mil años, claro ahí te veo.
Dust in the wind, everything is dust
in the wind…
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